Yo te envío, para que abras sus ojos

13 de Abril de 2008 | por John Piper

Por tanto, puesto que tenemos este ministerio, según hemos recibido misericordia, no desfallecemos; 2 sino que hemos renunciado a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino que, mediante la manifestación de la verdad, nos recomendamos a la conciencia de todo hombre en la presencia de Dios. 3 Y si todavía nuestro evangelio está velado, para los que se pierden está velado, 4 en los cuales el dios de este mundo ha cegado el entendimiento de los incrédulos, para que no vean el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios. 5 Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús. 6 Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandecerá la luz, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. 7 Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros.

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El discipulado según las Escrituras

Por Garrett Kell IMPRIMIR

Mis recuerdos más tempranos giran en torno a viajes de pesca con mi padre. Él me enseñó cómo poner el cebo en el anzuelo, lanzar el hilo y capturar un pez gato sin morir en el intento. Pero pescar no fue todo lo que aprendí. Aprendí acerca de mi padre. Aprendí cómo caminaba, cómo hablaba, cómo contaba chistes, cómo oraba, cómo hablaba a las otras personas y cómo siempre pensaba en mi madre cuando íbamos de vuelta a casa en el automóvil.

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