11-HERMENEUTICA – INTERPRETACIÓN DE PARÁBOLAS – 11/28

INTERPRETACIÓN DE PARÁBOLAS

Entre las formas figuradas del lenguaje bíblico la parábola ocupa un sitio preeminente.

La parábola es especialmente digna de estudio por constituir revelaciones de su reino celestial. También las empleaban los grandes rabinos contemporáneos de Jesús y frecuentemente tropezamos con ellas en el Talmud y otros libros judíos. Entre todos los pueblos orientales parece haber sido una forma favorita de transmitir instrucción moral y la encontramos en la literatura de la mayoría de las naciones.

El término “parábola” se deriva del griego parábola, que significa arrojar, o colocar al lado de, y lleva a la idea de colocar una cosa al lado de otra con el objeto de comparar. Es, esencialmente, una comparación o símil y, sin embargo, todos los símiles no son parábolas. El símil puede apropiarse una comparación de cualquier género o clase de objetos, ora reales o imaginarios. La parábola está limitada en su radio y reducida a las cosas reales. Sus imágenes siempre incorporan una narración que responde con verdad a los hechos y experiencias de la vida humana. No emplea, como la fábula, aves parlantes y fieras o árboles reunidos en concilios. Como el acertijo y el enigma, la parábola puede servir para ocultar alguna verdad de la vista de los que no poseen penetración espiritual para percibirla bajo su forma figurada; pero su estilo narrativo y la comparación formal, siempre anunciada o supuesta, la diferencian claramente de toda clase de dichos intrincados que tienen por fin principal el confundir o causar perplejidad. La parábola, una vez entendida, revela e ilustra los misterios del reino de los cielos. El enigma puede incorporar profundas verdades y hacer mucho uso de la metáfora, pero nunca, cual la parábola, forma una narración o pretende hacer una comparación formal. Entre la parábola y la alegoría hay mayor analogía. Tan es así que las parábolas han sido de­finidas como “alegorías históricas” pero difieren entre sí en la misma forma, substancialmente, en que el símil difiere de la metáfora. La parábola es, esencialmente, una comparación formal y obliga al intérprete, a fin de hallar su significado, a ir más allá de 1<9 narración que ella hace; en tanto que la alegoría es una metáfora extendida y den­tro de sí misma contiene su interpretación. Por consiguiente, la parábola se destaca y distingue como una modalidad y estilo del lenguaje figurado. Actúa en un elemento de sobria vehemencia sin que sus imágenes traspasen jamás los límites de lo posible, es decir, de lo que pudieran ser hechos reales. Puede, tácitamente, contener elementos de enigma, de tipo, de símbolo y de alegoría, pero difiere de todos ellos y en su propia esfera, escogida de la vida real y diaria, se adapta muy peculiarmente a presentar ense­ñanzas especiales de Aquél que es “el Verax, no menos que el Verus y la Veritas”.

El intento general de la parábola, como de todo lenguaje figurado, es el de embellecer y presentar las ideas y las enseñanzas morales en forma atractiva e impresionante. Presentadas en lenguaje ordinario, literal, muchas verdades se olvidarían apenas se escucharan; pero adornadas con la vestimenta parabólica despiertan la aten­ción y se aferran a la memoria. Revestidas del ornato parabólico, las amonestaciones y censuras resultan menos hirientes y, sin embargo, producen mejor efecto que el que se lograría usando el lenguaje ordinario. La parábola de Nathan (2 Samuel 12:1‑14) preparó el corazón de David para recibir provechosamente la tremenda represión que iba a administrarle el profeta. Algunas de las parábolas más punzantes con que el Señor zahiriera a los judíos, y que aquellos percibieron que iban dirigidas directamente contra ellos contenían reprensión, censura y amonestación y, sin embargo, a causa de su forma y adorno fueron un medio de escudarle contra la violencia (Mat. 21:45; Marc. 12:12; Luc. 20:19). También es fácil ver que una parábola puede encerrar una profunda verdad o un misterio que los que la escuchan no perciben al principio, pero que, a causa de su forma notable o memorable, se arraiga mejor en la mente y, permaneciendo allí, al fin rinde su profundo y precioso significado.

El motivo y objeto especial de las parábolas del Señor lo hallamos declarado en Mat. 13:10‑17. Hasta esa fecha de su ministerio parece que el Señor no había hablado en parábolas. Cuando se reunieron multitudes, cerca del mar de Galilea, para escucharle, y “les habló muchas cosas por parábolas” (Mat. 13:3) los discípulos, inmediatamente, se dieron cuenta de que ya no estaba usando el lenguaje ordinario que acostumbraba y le preguntaron: “¿Por qué les hablas por parábolas?” Su respuesta fue muy notable por su mezcla de metáfora, proverbio y enigma, tan combinada con una profecía de Isaías 6:9­10 ), que se convierte en uno de los discursos más profundos del Señor:

“Porque a vosotros es concedido saber los misterios del reino de los cielos más a ellos no. Porque a cualquiera que tiene, se le dará y tendrá más, pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Por eso les hablo por parábolas; porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden. De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: “De oído oiréis y no entenderéis y viendo veréis y no miraréis. Porque el corazón de este pueblo está engrosado y de los oídos oyen pesadamente y de sus ojos guiñan; para que no vean de los ojos y oigan de los oídos y del corazón entiendan y se conviertan y yo los sane”. (Mat. 13:11‑15).

El pensamiento predominante de esta respuesta parece enseñar que el Señor tenía un doble propósito al usar estas parábolas, a saber, a un mismo tiempo revelar y ocultar grandes verdades. Había, en primer término, aquel círculo interno de adeptos que recibían su palabra con gozo y quienes, como los que participan en los concejos secretos de otras reinos, tenían el privilegio de conocer los misterios del Reino Mesiánico, tan largo tiempo escondidos pero que ahora estaban por revelarse (compar. Rom. 11:25; 16:25; Col. 1:26) . Estos realizarían la ver­dad del proverbio “al que tuviere, se le dará, etc.”. Este proverbio expresa de una manera enigmática una ley importante y maravillosa de la experiencia en las cosas de Dios. Quien está dotado con un deseo de conocer a Dios y de apropiarse rectamente las provisiones de su gracia, crecerá más y más en conocimientos y sabiduría por las múltiples revelaciones de la verdad divina, pero el de carácter opuesto, que tiene corazón, alma y mente con qué amar a Dios pero carece de voluntad para emplear sus facultades en la investigación seria de la verdad, perderá aun lo que parece poseer. Sus facultades se debilitarán y se harán de menos valor a causa de la inactividad; y, como en el caso del siervo perezoso de la parábola de los talentos, perderá aquello que hubiese debido ser su gloria.

De manera que el empleo de parábolas en la enseñanza de nuestro Señor llegó a ser una prueba del carácter. Con los que estaban dispuestos a conocer y aceptar la verdad, los términos de la parábola servirían para despertar la atención y excitar el significado, se acercarían como discípulos que se allegan a su Maestro (Mat. 13:36; Marc. 4:10) e inquirían de él, asegurados en su ánimo de que el que pide, busca o llama (Mat. 7: 7) a las puertas de la Sabiduría Divina, ciertamente hallará lo que anhela. Aun aquellos que en un principio son tardos para entender pueden ser atraídos y cautivados por la forma exterior de la parábola y mediante una investigación sincera llegar a dominar las leyes de la interpretación hasta poder “enten­der todas las parábolas” (Marc. 4:13) . Pero la mente perversa y carnal manifiesta su verdadero carácter al no averiguar nada ni manifestar deseos de entender los misterios del reino de Dios. Tales mentes tratan esos misterios como si fuesen locura (1 Cor. 1:18).

Las parábolas de la Biblia son notables por su belleza, variedad, concisión y plenitud de significado. Hay una propiedad muy notable en las parábolas del Señor y su adaptación a la época y lugar en que se pronunciaron. La parábola del sembrador fué pronunciada a la orilla del mar (Mat. 13:1‑2) desde donde era fácil ver, a no gran distancia, a un sembrador entregado a su trabajo. La parábola de la red, en el mismo capítulo, vs. 47‑50, puede haberse originado a la vista de una red cercana. La del noble que parte para un país lejano a hacerse cargo de un reino (Luc. 19:12) probablemente la sugirió el caso de Arquelao, que hizo un viaje de Judá a Roma para ale­gar su derecho al reino de Herodes, su padre. Como el Señor acababa de pasar por Jericó y se estaba aproximando a Jerusalén, quizá la vista del palacio real que Arquelao acababa de edificar en Jericó le sugirió la alusión a su via­je. Hasta la narración literal de algunas de las parábolas es hermosa e impresionante en el mayor grado. La parábola del Buen Samaritano, probablemente se basó en un hecho real. El camino de Jerusalén a Jericó esta muy infestado de ladrones y, sin embargo, como llevaba de Perea a la ciudad santa, era frecuentado por sacerdotes y levitas. La frialdad y negligencia de los ministros de la ley y la tierna compasión del samaritano están llenos de interés y abundan en sugestiones. La narración del Hijo Pródigo ha sido titulada “la. perla y corona de todas las parábolas de la Biblia” y también “un evangelio dentro del Evangelio”. Nunca nos fatigan sus declaraciones literales porque están tan llenas de naturalidad y de belleza como de lecciones acerca del pecado y de la redención. Nuestro Señor mismo nos ha dado dos ejemplos de interpretación de parábolas; y frecuentemente el objeto y aplicación de la parábola están establecidos formalmente en el contexto; de modo que, con pocas excepciones, las parábolas de las Escrituras no son difíciles de explicar.

Los principios hermenéuticos que debieran guiarnos para entender todas las parábolas son, principalmente, tres. En primer lugar, debe determinarse la ocasión histórica y el propósito de la parábola; en segundo lugar debe hacerse un análisis muy cuidadoso del asunto de que trata y observar la naturaleza y propiedades de las cosas empleadas como imágenes en la similitud; y en tercer lugar, debemos interpretar las varias partes con estricta referencia al objeto y designio general del conjunto, de manera que se conserve una armonía de proporciones, se mantenga la unidad de todas las partes y se haga prominente la verdad central. Estos principios sólo pueden alcanzar valor práctico mediante su aplicación e ilustración en la interpretación de una variedad de parábolas.

Como nuestro Señor nos ha dejado una explicación formal de lo que, probablemente, fueron las dos primeras parábolas que pronunció, haremos bien, ante todo, en observar los principios de interpretación tales como aparecen ilustrados en sus ejemplos. En la parábola del sembrador hallamos fácil el concebir la posición y la situación que rodeaba al Señor cuando comenzó su discurso parabólico. Había salido a la orilla del mar y sentándose allí, pero cuando las multitudes le oprimían” entró en un barco y se sentó allí y toda la gente estaba en la ribera”. (Mat. 13:2) . Muy natural y muy puesto en su lugar era que él, allí y en ese instante, pensase en las varias disposiciones de ánimo y variados caracteres de las personas que tenía delante. ¡Cuán semejantes a diversas clases de tierra eran sus corazones! Y su predicación de “la palabra del reino” (v. 19) como la siembra de semilla se lo sugirió quizá, la vista de un sembrador o de un campo sembrado, en la vecina costa. Aún más, su propia venida al mundo era una salida a sembrar.

Pasando ahora a observar la similitud misma, notamos que nuestro Señor asignó significado a la semilla sem­brada, al camino, a las aves, a los sitios pedregosos, a las espinas y a la tierra buena. Cada uno de estas partes tiene una relación con el conjunto. En aquel campo en que el sembrador esparció su grano había todas estas clases de suelo y la naturaleza y las propiedades de la semilla y del suelo están en perfecta armonía con los resultados de aquella siembra, tal como se presenta en la parábola. El suelo, en cada caso, es un corazón humano. Las aves representan al Diablo, siempre opuesto a la obra del sembrador y velando para arrancar lo. que se siembra en el corazón “para que no crean y se salven”. (Luc. 8:12) . El que oye la Palabra y no la entiende, en quien la verdad celestial no hace impresión, bien puede ser comparado a una senda hollada por los transeúntes. “El se ha colocado en esa condición; él ha expuesto su corazón, como un camino público, a toda mala influencia mundana hasta que se ha puesto tan duro como un empedrado, hasta que ha convertido en estéril el terreno mismo en que debió arraigar la Palabra de Dios; y no lo ha sometido al arado de la ley que lo habría roto; ley que si se les hubiese permitido hacer la obra para que Dios la designó habría ido adelante, preparando aquel terreno para recibir la semilla del Evangelio”. Con igual fuerza y propiedad los sitios pedregosos, las espinas y la tierra buena representan otras tantas variedades de oyentes de la Palabra. La aplicación de la parábola, terminando con las significativas palabras: “¡El que tiene oídos para oír, oigan” (v. 8) podía, con seguridad, dejarse a la mente y a la conciencia de las multitudes que la oyeron. Entre esas multitudes, indudablemente, había muchos representantes de todas las clases designadas.

La parábola de la cizaña tuvo la misma ocasión histórica que la del sembrador y es un importante suplemento a la misma. En la interpretación de la parábola precedente no se dio prominencia al sembrador. Se declaró que, la semilla era “la palabra del reino” y se dan varias indicaciones de su carácter y valor, pero no se dio explicación acerca del sembrador.

En esta segunda parábola se da al sembrador un lugar prominente, como el Hijo del hombre, el sembrador de la buena semilla; e igualmente se hace destacar la obra de su gran enemigo, el Diablo. Pero no debemos suponer que esta parábola arrastra consigo todas las imágenes e implicaciones de la que la precede. Más al tratar de descubrir la ocasión y conexión de todas las parábolas que aparecen en Mat. 13, debe notarse el hecho de que una procede de la otra en sucesión lógica. Tres de ellas se dirigieron, en privado, a los discípulos, pero todas las siete eran apropiadas para la ribera pues de la semilla de mostaza, la del tesoro escondido en un campo y de la red, no menos que la del sembrador y la cizaña del campo, pudieron sugerírsele a Jesús por las escenas que le rodeaban; y las de la levadura y del mercader de perlas no eran más que contrapartes, respectivamente, de la de la semilla de mostaza y del tesoro escondido. También es importante la sugestión de Stier, de que la parábola de la cizaña corresponde con la primera clase de terreno mencionado en la parábola del sembrador y ayuda a contestar la pregunta, ¿De dónde y cómo vino aquel terreno a ser tan propicio para los fines del Diablo? La parábola de la planta de mostaza, cuyo crecimiento fue tan grande, forma un noble contraste con la segunda clase de terreno en el cual no hubo ningún crecimiento real. La parábola de la levadura sugiere lo contrario del corazón engrosado por la mundanalidad, a saber, un corazón permeado y purificado por las operaciones internas de la gracia; en tanto que las parábolas quinta y sexta, las del tesoro y de la .perla, representan las varias experiencias del corazón bueno (representado por la buena tierra) al asir y apropiarse las cosas preciosas de la Palabra del reino. La séptima parábola, la de la red, pone término a todas, apropiadamente, con la doctrina del juicio reparador que se efectuará “al fin del siglo” (v. 4.9). Será conveniente buscar tal relación interna y conexión; y las sugestiones así obtenidas pueden ser especialmente valiosas para objetos homiléticos. Sirven para instrucción, pero no debiera insistirse en ellas como esenciales a una interpretación correcta de las varias parábolas.

En la interpretación de la segunda parábola, el Señor da especial significado al sembrador, el campo, la buena semilla, la cizaña, el enemigo, la cosecha y los segadores, como, también, a la quema final de la cizaña y el al­macenamiento del trigo. Pero debemos observar que él no atribuye significado alguno a los hombres que se durmieron, ni al hecho de dormirse, ni al brotar de los tallos de trigo y su rendición de fruto, ni a los siervos del amo y las preguntas que hicieron. Estas cosas no son más que, partes incidentales de la parábola, necesarias para la buena presentación del relato. El esforzarse en hallar algún significado especial en todas ellas, tenderán a obscurecer y confundir las lecciones principales. De manera que si queremos saber cómo interpretar todas las parábolas debemos notar lo que el Señor omitió, así como aquello a lo que dio énfasis en esas exposiciones que nos son dadas como modelos; y no debiéramos estar ansiosos por hallar un significado oculto en cada palabra y alusión.

Al mismo tiempo, no hay por qué negar que esas dos parábolas contenían algunas otras lecciones que Jesús no presentó en su interpretación. No tenía necesidad de declarar el motivo de sus parábolas o que fuese lo que sugirió a su mente las imágenes que usó, o cual fuese la conexión lógica que mantenían entre sí. Estas eran cosas que podían confiarse al escriba docto que se hiciese discípulo del reino de los cielos (Mat. 13:52) . En su explicación de la primera parábola el Señor indicó suficiente. mente que ciertas palabras y alusiones particulares, tales como el no tener raíz (Mat. 13:6) y ahogaron (v, 7) pueden sugerir pensamientos importantes; y así, las palabras incidentales de la segunda parábola, “porque cogiendo la cizaña, no arranquéis también con ella el trigo” (v. 29) aunque no mencionadas después en la explicación, pueden también suministrar lecciones dignas de que las consideremos. Asimismo puede servir un propósito útil en la interpretación el mostrar la propiedad y belleza de cualquier imagen o alusión particular. No esperaríamos que nuestro Señor llamara la atención de sus oyentes a tales cosas, pero sus bien disciplinados discípulos no deben dejar de notar lo apropiado y sugestivo de comparar la Palabra de Dios con la buena semilla y a los hijos del Malo con la cizaña. La senda hollada, los lugares peligrosos y el terreno espinoso tienen adaptación peculiar para representar los varios estados del corazón por ellos representados. Aun la observación incidental “durmiendo los hombres” (Mat. 13:25) es una insinuación muy sugestiva de que el enemigo realizó su obra perversa en las tinieblas y en secreto, cuando no era probable que nadie estuviese presente para interrumpirle; pero quebrantaría la unidad de la parábola el interpretar estas palabras, como lo han hecho algunos, como el sueño del pecado (Calovius) o como la torpe tardanza del desarrollo espiritual del hombre y de la debilidad humana en general (Lange) o como la negligencia de los maestros religiosos (Crisóstomo).

Hay que admitir, también, que algunas palabras incidentales, no designadas para ser prominentes en la inter­pretación, pueden, no obstante, merecer atención y comentario. No poco placer y sí mucha instrucción puede derivarse de las partes incidentales de algunas parábolas. El crecimiento de ciento por ciento, sesenta por ciento y treinta por ciento, mencionado en la parábola del sembrador y en su interpretación, puede compararse provechosamente con el crecimiento de los cinco talentos a diez y los dos o cuatro (en Mat. 25:16‑22) y también con el aumento en la parábola de las minas (Luc. 19:16‑19) . Las expresiones peculiares “el que fue sembrado junto al camino”, “el que fue sembrado en pedregales”, no son, como bien lo observa Alford, “una confusión de semejanzas, no una interpretación primaria y secundaria de sporos (semilla), sino la profunda verdad tanto de la naturaleza como de la gracia. La semilla sembrada, brotando en la tierra, conviértese en planta y lleva el fruto, o falla en producirlo; es, pues, la representante, una vez sembrada, de los individuos acerca de quienes se habla. Notamos especialmente que la semilla que en la primera parábola se dice ser “la palabra de Dios” (Luc. 8:11) se define en la segunda como “los hijos del reino” (Mat. 13: 38) . Se supone, tácitamente, un punto distinto de progreso y pensamos en la palabra de Dios como habiéndose desarrollado en el buen corazón en que fue arrojada hasta que ha tomado ese corazón dentro de sí y convertídolo en una nueva creación.

De los ejemplos precedentes podemos derivar los principios generales que deben observarse en la interpreta­ción de las parábolas. No pueden formarse reglas especiales que se apliquen a cada caso y mostrar qué partes de una parábola están designadas para ser consideradas como significativas, y cuáles son de mera forma y ador­no. Debe cultivarse un criterio sano y un discernimiento delicado por medio de extensos estudios de todas las parábolas y por cuidadosas confrontaciones y comparaciones. Los ejemplos de interpretación de nuestro Señor demuestran que la mayor parte de los detalles de sus parábolas tienen significado; pero a pesar de eso, hay palabras y alusiones incidentales a las que no debe tratarse de exprimírseles un significado. Por consiguiente, es necesario proponernos estudiosamente evitar, por una parte‑, los extremos de ingenuidad que buscan significados ocul­tos en cada palabra y, por otra parte, la disposición de pasar por alto muchos detalles como meras figuras retóricas. En general, debe decirse que la mayoría de los detalles de una parábola tienen. un significado y los que no tienen significado especial en la interpretación, sirven, no obstante, para aumentar la fuerza y belleza del resto.

La parábola de nuestro Señor acerca de los labradores malos registrada por Mateo (21:33‑44), Marcos (12:1­12) y Lucas (20:9‑18) aunque pronunciada en oídos del “pueblo” (Luc. 20: 9) los sacerdotes, los escribas y los fariseos comprendieron que iba dirigida contra ellos (Mat. 21:45; Luc. 20:19). Así mismo nos informa el contexto (Mat. 21:43) que la viña representa “el reino de Dios”. En la parábola de Isaías, toda la casa de Israel es culpable y se le amenaza con completa destrucción. Aquí la falta es de los labradores a quienes fue arrendada la viña y cuya perversidad aparece de la manera más flagrante; y, por consiguiente, aquí la amenaza no es de destruir la viña sino a los labradores. Las grandes cuestiones, pues, en la interpretación de la parábola de nuestro Señor, son: (1) ¿Qué se quería decir con la viña? (2) ¿Quiénes son los labradores, los siervos y el hijo? (3) ¿Qué acontecimientos se contemplan en la destrucción de los labradores y el dar la viña a otros? Estas preguntas no son difíciles de contestar: (1) En Isaías, la viña es el pueblo israelita, considerado no meramente como la Iglesia del Antiguo Testamento, sino, también, como la nación escogida, establecida en la tierra de Canaán. Aquí se trata de la idea más. espiritual del reino de Dios considerado como una herencia de gracia y de verdad divinas, a poseerse y utilizarse, para honra y gloria de Dios, en forma tal que los labradores, los siervos y el Hijo puedan ser coherederos y partícipes de sus beneficios. (2) Los labradores son los guías y maestros del pueblo comisionados divinamente, cuya ocupación y deber era guiar e instruir en el verdadero conocimiento y amor de Dios a los confiados a su cuidado. Eran los príncipes de los sacerdotes y los escribas que escucharon esta parábola y entendieron que se dirigía contra ellos. Por los siervos, en distinción de los labradores, debe entenderse los profetas, que fueron enviados como mensajeros especiales de Dios y cuya mi­sión habitualmente se dirigía a los guías del pueblo, pero ellos habían sido despreciados, escarnecidos y maltratados en muchas formas (2 Crón. 36:16); Jeremías fue aprisionado (Jer. 32: 3) y Zacarías lapidado (2 Crón. 24: 21; comp. Mat. 23:24‑37 y Act.’7:52). El hijo, el amado, es, naturalmente, el Hijo del hombre, quien “a los suyos vino y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11) . (3) La destrucción de los malos labradores se realizó en la com­pleta destrucción y la miserable ruina de los guías judíos en la caída de Jerusalén. En esa ocasión la venganza de “toda la sangre justa” de los profetas cayó sobre aquella generación (Mat. 23:35‑36) y fue entonces, también, cuando la viña del reino de Dios, reparada y restaurada como la Iglesia del Nuevo Testamento, fue transferida a los gentiles.

Hay muchas lecciones de menor importancia e insinuaciones sugestivas en el lenguaje de esta parábola pero en una exposición no debe dárseles tal importancia que acarreen confusión a los pensamientos principales. Aquí, lo mismo que en Isaías, no debemos buscar significados especiales en el cerco, el lagar y la torre ni dar importancia a la fruta especial que el dueño tenía derecho de esperar, ni tratar de identificar con alguno de los profetas a cada uno de los siervos enviados. Menos aún debe pensarse en hallar significados especiales en formas de expresión usadas por un evangelista y no por otro. Algunos de estos puntos menores pueden ser ricos en sugestiones y abundantemente dignos de comentario pero en vista del exceso de presión ejercido sobre ellos por algunos intérpretes conviene que recordemos constantemente que, a lo sumo, son cosas incidentales y sin mayor importancia.

La parábola de la higuera estéril (Luc. 13:6‑9) tuvo su aplicación especial en el desechamiento de Israel pero no está, obligadamente, limitada a aquel acontecimiento. Tiene lecciones de aplicación universal ilustrando la paciencia y longanimidad de Dios, como, también la certi­dumbre del juicio destructor sobre todo el que no sólo no produce fruto sino que “estorba en el terreno que ocupa” (Kai ten gen leategri). Su ocasión histórica surge del contexto precedente (vs. 1‑5) pero la conexión lógica no es tan clara. Sin embargo, en busca de ella hay que llegar hasta el carácter de aquellos informantes que le hablaron del ultraje inferido por Pilato a los galileos, porque la amonestación, dos veces pronunciada “Si no os arrepintie­reis, todos pereceréis igualmente” (vs. 3 y 5) implica que las personas a quienes se dirigía eran pecadores que merecían un castigo terrible. Probablemente eran de Jeru­salén y representantes de la secta farisaica que tenían muy poco respeto por los galileos y quienes; quizá, con sus noticias querían burlarse de Jesús y de sus adeptos galileos.

Los medios para entender la ocasión y el propósito de la parábola de Nathan (2 Sam. 12:1‑4) están provistos abundantemente en el contexto. Lo misma pasa con la parábola de Tecoa (2 Sam. 144‑7) y la del profeta herido (1 Rey. 20:‑38‑40).

Todas las parábolas de nuestro Señor se hallan en los tres primeros evangelios. Los de la puerta, el buen pastor, y la vid, que aparecen en Juan no son parábolas pro­piamente dichas, sino alegorías. En la mayor parte de los casos hallamos en el contexto inmediato una clave para la interpretación correcta. Así vemos que el motivo de la parábola del siervo malvado (Mat. 18:23‑34) está declarado en los vs. 21 y 22; y su aplicación se halla en el verso 35.

El contexto de la parábola del rico que quería edificar alfolíes de mayor capacidad (Luc. 12:16‑20) nos muestra que fue pronunciada como una amonestación contra la codicia. La parábola del amigo a media noche (Luc. 11: 5‑8) no es más que parte de un discurso acerca de la oración. Las del juez injusto, la viuda importuna y la del fariseo y el publicano en oración (Luc. 18:1‑14) están explicadas por el evangelio que las relata. La del Buen Samaritano (Luc. 10:30‑37) se debió a la pregunta del doctor que quería justificarse a sí mismo.

La parábola de los jornaleros en la viña, (Mat. 20: 1‑16) aunque el contexto da su motivo y aplicación, ha sido considerada como difícil de interpretar. Fue originada por el espíritu mercenario de la pregunta de Pedro (cap. 19:27 “¿Qué, pues, tendremos?” y, evidentemente, tiene por principal objeto condenar semejante espíritu. Las dificultades de los intérpretes han surgido principalmente del hecho de haberse dado indebida importancia a los puntos menores de la parábola, tales como lo de un denario al día y lo de las diversas horas en que fueron contratados los jornaleros. Stier insiste en que el denario, o jornal diario, (misdos) es el asunto principal y la fase más importante de la parábola. Otros quieren que las varias horas mencionadas representen diferentes períodos de la vida en los cuales los hombres son llamados al reino de Dios, ‑tales como la niñez, la juventud, la edad viril y la ancianidad. Otros han supuesto que con los primeros contratados se denota a los judíos, y con los posteriores, a los gentiles. Orígenes sostenía que las diversas horas representan las diversas épocas de la historia humana, tales como la anterior al Diluvio, la de Abraham o Moisés, la de Moisés a Cristo, etc. Pero todo esto tiende a apartar la mente del pensamiento magno en el objeto de la parábola, a saber: la condenación del espíritu mercenario y la indicación de que los premios del cielo son asunto de gracia y no de deuda. Y debiéramos dar mucho énfasis a la observación del Bengel, de que la parábola no es tanto de predicción, como de amonestación.

Vamos ahora a aplicar cuidadosamente a esta intrincada parábola los tres principios de interpretación a que nos hemos referido antes. En primer lugar, la ocasión histórica y el objeto. Jesús había dicho al joven que tenía muchas posesiones: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme”. (Mat. 19:21) . El joven se fue triste porque tenía grandes posesiones (ktemata polla) y entonces, el Señor habló de la dificultad de que el rico entre en el reino de los cielos (vs. 23‑26) . “Entonces, respondiendo Pedro, le dijo: He aquí, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué, pues, tendremos?” (Tiara esta¡ emin); ¿qué, entonces, será, a nosotros? es decir, en forma de compensación y de recompensa. ¿Cuál será nuestro desauros en ouranois, tesoro en el cielo? Esta pregunta, sin ser precisamente reprensible, respiraba cierto mal espíritu de presuntuosa confianza y estima propia por su evidente comparación con el joven: Todo lo que le dijiste a él que hiciera nosotros lo hemos hecho; hemos abandonado todo lo que teníamos. ¿Qué tesoro tendremos en el cielo? Jesús no censuró inmediatamente lo que ha­bía de malo en la pregunta sino que, lleno de gracia, contestó a lo que de bueno tenía. Los discípulos que, realmente, abandonaron todo y le siguieron, no dejarán de alcanzar bendita recompensa. “De cierto os digo que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando se sentará el Hijo del hombre en el trono de su gloria, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel”.

Esto era, virtualmente, hacerles una promesa y entrar en un compromiso de lo que tendrían en el futuro, pero añadió: “Y cualquiera que dejare casas o hermanos o pa­dre o madre o mujer o hijos o tierras por mi nombre, recibirá cien veces tanto y heredará la vida eterna”. Aquí tenemos una herencia común y una bendición prometida a todos los que cumplan las condiciones nombradas, pero, además de esta gran recompensa, común a todo ser humano, habrá distinciones y diferencias y por eso se añade inmediatamente: “Pero muchos primeros serán postreros y postreros primeros”. Y a partir de esta última declaración, sigue inmediatamente la parábola: “Porque (gar) el reino de los cielos es como”, etc.

Stier reconoce esta conexión diciendo: “Porqué Pedro ha averiguado acerca de premios y recompensas, Cristo dice, ante todo, lo que leemos en los vs. 28‑29; pero porque hay en su pregunta una culpable ansiedad de recompensa, sigue de inmediato la parábola tocante a los pri­meros y los postreros, con su seria amonestación y censura”. Pero decir, en vista de tal conexión y contexto, que el premio contemplado en el denario no tiene referencia a la vida eterna sino que debe entendérselo únicamente de bienes temporales que pueden conducir a la condenación, es, realmente, desconocer y desafiar el contexto e introducir un pensamiento enteramente extraño. Es indudable que la parábola tiene por objeto amonestar a Pedro y a los demás contra el espíritu mercenario y la presunción que saltaba a la vista en su pregunta; pero ella ter­mina, como lo hace observar Meyer, “y eso muy apropiadamente, con lenguaje que, fuera de duda, permite a los apóstoles contemplar la perspectiva de recibir premios de un carácter peculiarmente distinguido, (19:28.) pero no constituye una garantía de la absoluta certidumbre de ello ni reconoce la existencia de tal cosa como pretendidos derechos válidos”.

Habiéndonos asegurado de la ocasión histórica y del objeto, e1 próximo paso consiste en analizar el asunto que tenemos en la mano y no lo que parezca tener especial importancia. Apenas se disputará el hecho de que el convenio particular del padre de familia con los jornaleros contratados por la mañana temprano sea un punto demasiado prominente para que se le desconozca en la exposición. Notable también es el hecho de que la clase segunda (contratados a la hora tercera) entran al trabajo sin convenio alguno, confiando en las palabras “os daré lo que fuere justo”. Y lo mismo con las llamados a las horas sexta y nona, pero los llamados a la hora undécima no recibieron (según el verdadero texto del versículo 71 promesa alguna y nada se les dijo, acerca de recompensa. Habían estado esperando trabajo, parecían estar ansiosos por él y se hallaban ociosos porque nadie los había tomado, pero tan pronto como les llegó el pedido fueron a trabajar sin detenerse ni siquiera a preguntar acerca de salario. En todo esto no parece que las diversas horas tuvieron algún significado especial, sino que, más bien, debemos notar el espíritu y disposición de los diversos jornaleros, particularmente los primeros y los últimos contratados. En el relato del ajuste de cuentas, al fin del día, sólo estos últimos y los primeros se mencionaban con algún grado de distinción. Los últimos son los primeros recompensados, y esto con tales marcas de favor, que la presunción y el espíritu mercenario de los que por la mañana temprano se habían ajustado al precio de un denario al día al instante estallaron en quejas, dando lugar a la censura del padre de familias y a su aserción de su absoluto derecho de disponer de lo suyo a su placer.

Si, pues, interpretamos estas partes con estricta referencia a la ocasión y objeto de la parábola, tenemos que pensar en los apóstoles como aquellos a quienes se dirigió la amonestación. Lo que había de malo en la pregunta de Pedro atrajo la oportuna censura y amonestación. Jesús le asegura a él y a los demás que a nadie que se haga su discípulo, le faltará gloriosa recompensa; y en una forma algo por el estilo del ajuste con los primeros jornaleros contratados, trata con los doce, conviniendo en dar un trono a cada uno de ellos. Pero, añade, (pues tal es la sencilla aplicación del proverbio “Muchos primeros serán postreros”, etc.) : No os imaginéis, engañados por vuestra vanidad, que porque fuisteis los primeros en dejarlo todo y seguirme es de imprescindible obligación que se os dé más honra que a otros que más tarde han de entrar a mi servicio. No es el más elevado de los espíritus el que pregunta: “¿Qué me darán a mí?”, mejor es preguntar, ¿Qué haré yo? Quien sigue a Cristo y por él se sacrifica en toda forma, confiando que todo irá bien, es más noble que el que se detiene a hacer convenios. Aún más, quien ingresa a trabajar en la viña de su Señor, sin hacer preguntas tocante a salarios, es todavía más noble y de espíritu más elevad. Su espíritu y labor, aunque ésta no continúe más que por una hora, pueden tener cualidades tan hermosas y raras que induzcan a aquél cuyas recompensas celestiales son dádivas de gracia y no pagos de deuda; a colocarle en un trono aún más conspicuo que el que pueda alcanzar cualquiera de los apóstoles: La murmuración y la respuesta. que a ella dio el padre de familia no han de tomarse como profecía de lo que debe esperarse que tenga lugar en el juicio final, sino, más bien una insinuación sugestiva y una amonestación para que Pedro y los demás examinaran el espíritu en que seguían a Jesús.

Si tal es la verdadera intención de la parábola, cuán erróneas son aquellas interpretaciones que hacen del “un denario al día” el punto principal. ¡Cuán innecesario e inaplicable es considerar las palabras del padre de familia (en los vs. 13‑16) como equivalentes a la sentencia o con­denación final, o el asignar significado especial a lo de estar ociosos! ¡Cuán sin importancia lo de las diversas horas en qué fueron contratados los jornaleros y el saber si el padre de familia representa a Dios o a Cristo! La interpretación que tienda a mantener la unidad de toda la narración y a hacer destacar la gran verdad central verá en esta parábola una tierna advertencia y una amonestación sugestiva contra el espíritu incorrecto manifestado en las palabras de Pedro.

La parábola del Mayordomo Injusto (Luc. 16:1‑13) ha sido considerada, más que ninguna otra, como una cruz para los intérpretes. Parece no tener tal conexión lógica o histórica con lo que la precede y que pueda servir de alguna manera material para ayudar en su interpretación. Sigue inmediatamente después de las tres parábolas de la oveja perdida, la dracma perdida y el hijo pródigo, que fueron dirigidas a los fariseos y los escribas que murmuraban porque Jesús recibía a los pecadores y comía con ellos (cap. 15:2) . Habiendo pronunciado esas parábolas para beneficio especial de ellos, también pronunció otra dirigida “a sus discípulos” (kai pros tous madetas, 16:1) . Por estos discípulos, probablemente, debe entenderse aquel círculo más amplio que incluía a otros además de los doce (Compar. Luc. 10:1) y entre los cuales, sin duda, había muchos publicanos, como Mateo y Zaqueo, que necesitaban la lección que aquí se da. Hoy se reconoce ge­neralmente que esa lección era de usar con sabiduría los bienes de este mundo. Porque la sagacidad, la astuta previsión y cuidado para desenvolverse que el mayordomo demostró en su acción precipitada, se dicen haber sido aplaudidos aun por su amo.

La parábola, ante todo, exige que nos demos correcta cuenta del intento literal de su narración y que evitemos querer hacerla decir cualquiera cosa que no diga.

Además, hemos de notar que Jesús mismo aplicó la parábola a los discípulos por sus palabras de consejo y de exhortación (v. 9) y que hace comentarios adicionales acerca de ello en los versículos 10 al 13. Estos comentarios del autor de la parábola deben estudiarse como conteniendo la mejor clave posible de su significado. La lección principal se halla en el versículo 9, donde se insta a los discípulos a imitar la prudencia y sabiduría del mayordomo malo, haciéndose ellos de amigos mediante las riquezas de maldad (ek ton, k. t. l.; “de” los recursos y oportunidades suministrados por las riquezas o bienes mundanos bajo su contralor). El mayordomo, con su plan astuto, exhibió toda la rapidez y sagacidad, con que un mundano sabe obrar para congraciarse con los de su propia especie y generación. En este respecto se dice que los hijos de este mundo son más sabios que los hijos de la luz; por lo tanto, nuestro Señor nos aconsejaría imitarlos en este particular. En una forma análoga, en otra ocasión, al enviar a sus discípulos en medio del mundo hostil, les dijo que fuesen prudentes como serpientes y sencillos como palomas (Mat. 10:16).

Los detalles de la parábola, pues, deben considerarse como incidentales, meramente designados para exponer la astucia del mayordomo y no debe tratar de exprimirse de ellos otras analogías. Se insta a los discípulos a ser discretos y a ser fieles a Dios en el uso del mammón de injusticia y, mediante ello, asegurarse la amistad de Dios, Cristo, los ángeles y sus prójimos, quienes, cuando fallen los bienes de este mundo, puedan por ese medio estar dispuestos a recibirles.

Existe una profunda conexión interna entre la parábola del mayordomo malo y la del rico y Lázaro, narrada en el mismo capítulo (Luc. 16:19‑31) . La fidelidad sabia hacia Dios en el uso del mammón de injusticia nos dará amigos que nos reciban en las moradas eternas. Pero quien, como el rico de la parábola, se convierte en un mundano lleno de sensualidad y de amor al lujo y los placeres, tan bueno y fiel para con los intereses de Mammón que él mismo se transforma en personificación y representante del dios de las riquezas, en el mundo venidero alzará sus ojos, estando en los tormentos y allí demasiado tarde aprenderá que con una conducta distinta pudo haber hallado amigos en los ángeles, Abraham y Lázaro, que le hubiesen admitido á los festines del paraíso.

Los principios y métodos de interpretación de las parábolas, tales como se hallan ilustrados en las páginas precedentes, serán guía suficiente para la interpretación de todas las parábolas bíblicas.

Hermenéutica por M. S. Terry

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