17-HERMENEUTICA – SUEÑOS Y ÉXTASIS PROFÉTICOS – 17/28

SUEÑOS Y ÉXTASIS PROFÉTICOS

En una exposición inteligente de las porciones proféticas de las Santas Escrituras, son asuntos de fundamental importancia los métodos y las formas mediante los cuales Dios comunicó revelaciones sobrenaturales a los hombres.

Como formas y condiciones bajo las cuales los hombres recibieron tales revelaciones, se mencionan los ensueños, las visiones de la noche y los estados de éxtasis espiritual. En Números 12:16, leemos: “Si tuviereis profeta, yo, Jehová, le apareceré en visión, en sueños hablaré con él”. Luego, en los vs. 7 y 8, la manera abierta y visible en que Dios se reveló a Moisés se pone en contraste con las visiones ordinarias, demostrando que Moisés fue honrado más que ningún otro profeta en la intimidad de su comunión con Dios. La “apariencia” (temunah, forma, similitud, v. 8) de Jehová que a Moisés se permitió contemplar, fué algo inmensamente superior a lo que otros santos videntes contemplaron ( Comp. Deut. 34:12 ) . Esta apariencia “no era la naturaleza, esencial de Dios, su gloria descubierta, porque esto no puede verlo ningún mortal (Éxodo 33:20) sino una forma que manifestaba al ojo del hombre el Dios invisible, de una manera discernible y que era esencialmente distinta no sólo de la con­templación visual de Dios en la forma de hombre (Ezeq. 1:26; Dan. 7: 9‑13 ) sino, también, de las apariciones de Dios en el mundo externo de los sentidos en la persona y forma del ángel de Jehová: y estaba en la misma relación estas dos formas de revelación, en lo que toca a exactitud y claridad, en aquélla que está la visión de una persona misma. Dios habló con Moisés sin figura, en la plena claridad de una comunicación espiritual, en tanto que a los profetas sólo se reveló por medio de éxtasis o de ensueños”.

El ensueño se destaca notablemente entre las formas primitivas de recibir revelaciones pero se hace menos frecuente en épocas posteriores. Los casos más notables de ensueños relatados en las Escrituras son el de Abimelech (Gen. 20:3‑7); el de Jacob en Bethel (28:12) ; el de Laban en el Monte de Galaad (31: 24); el de José respecto a las gavillas y a los luminares (37:5‑10) ; el del copero y el panadero (40:5‑19); el del faraón (4,1:1‑32); el de los madianitas (Juec. 7:13‑15); el de Salomón (1 Rey. 3:5; 9: 2); el de Nabucodonosor (Dan. II y IV); el de Daniel (Dan. 7:1); el de José (Mat. 1:20; 2:13, 19) y el de los magos del Oriente (Mat. 2:12). La “visión nocturna” parece haber sido, esencialmente, de la misma naturaleza que el ensueño (compar. Dan. 2:19; 7:1; Act. 16:9; 18:9; 27:23).

Es evidente que en la naturaleza interna del hombre existen facultades y posibilidades latentes que sólo las ocasiones extraordinarias o ciertas condiciones peculiares llegan a desplegar. Y es deber del intérprete notar estos hechos. Estas facultades latentes se ven ocasionalmente en los casos de trastornos mentales y de locura. Los fenómenos de sonambulismo y de clarividencia, también las exhiben. Y los ensueños ordinarios, considerados como operaciones anormales de las facultades perceptivas sin control del juicio y de la voluntad, a menudo son de un carácter notable e impresionante. Los sueños de José, del copero y del panadero, y el de los madianitas, no se nos presentan como divinos o como revelaciones sobrenaturales. Innumerables ejemplos igualmente notables han ocurrido a otros hombres. Pero al mismo tiempo, todos los ensueños así impresionantes sacan parcialmente a luz potencias latentes del alma humana que bien pueden haber servido en la comunicación de revelaciones divinas a los hombres. Dice Delitzch: “Lo profundo de la naturaleza interna del hombre, a la que en el sueño regresa, oculta mucho más de lo que es manifiesto a sí misma. Ha sido un error fundamental de la mayoría de los psicólogos el hacer al alma extenderse sólo hasta donde se extiende su conciencia; ella abarca, como hoy siempre se reconoce, mucha mayor abundancia de potencias y relaciones que las que generalmente pueden aparecer en su conciencia. A esta abundancia pertenece, además, la fa­cultad de pronosticar, que guía y amonesta al hombre sin motivo consciente y anticipa el futuro, facultad que en el. estado de sueño, cuando los sentidos externos se hallan encadenados, frecuentemente se desata y se asoma a las lejanías del futuro”.

El significado profundo y de grandes alcances de al­gunos ensueños proféticos puede verse en el de Jacob en Bethel (Gén. 28:10‑22). Este hijo de Isaac era culpable de gravísimas faltas pero en su alma tranquila y reflexiva se ocultaba una potencia, una susceptibilidad para las cosas divinas, una percepción y anhelo espiritual que le constituía en persona más apta que Esaú para ser guía en el desarrollo de la nación escogida. Parece haber pasado la noche en el campo abierto cerca de la ciudad de Luz (v. 19) . Antes que la oscuridad le envolviese, indudable­mente, como hiciera Abraham en el mismo sitio largo tiempo antes, (Gén. 13:14) dirigió la vista hacia todos los puntos al rededor y vio a lo lejos las colinas y montañas elevándose escalonadas hacia el cielo, y esa vista pudo ser, en parte, una preparación psicológica para su sueño, pues cayendo dormido vio una escalera, quizá una gigantesca escalinata compuesta de montañas apiladas unas sobre otras formando un maravilloso camino al cielo. Los cuatro puntos princío; i’ l••s de su sueño caen bajo cuatro “hé aquí”, tres de visión, “hé aquí, una escala”, “hé aquí, ángeles”, “he aquí, Jehová” (vs. 12, 13) y uno de promesa, “hé aquí, yo soy contigo” (v. 15) . Estas palabras implican una seria impresión en toda la revelación que tuvo Jacob. Fué. una visión de la noche por medio de la cual se reveló en símbolo y en promesa el gran porvenir de Jacob y de su simiente, pues Jacob al pie de la escalinata, Jehová en la parte superior, y los ángeles subiendo y bajando, forman en conjunto un símbolo complejo lleno de profundas sugestiones. Indicaba, por lo menos, cuatro cosas: (1) Hay un camino abierto entre el cielo y la tierra por el cual los espíritus pueden ascender a Dios. (2) El ministerio de ángeles. (3) El ministerio de la encarnación, pues la escalera era un símbolo del Hijo del Hombre, el camino de todos, Juan 14:4‑6; Hebr. 9: 8) al más santo cielo, el Mediador sobre quien, como único fundamento y base de toda posibilidad de gracia, los ángeles de Dios ascienden y descienden a ministrar a los herederos de salvación (Juan 1:52). En ese misterio de la gracia Jehová mismo se revela, desde el tope de la escala, agachándose para asir a este hijo de Abraham y su simiente espiritual y elevándolos al cielo. (4) La promesa, relacionada con la visión, (vs. 13‑15) hizo resaltar la maravillosa providencia de Dios, quien estuvo mirando (v. 13) desde lo alto a este hombre solitario, impotente y haciendo una bendita provisión para él y su posteridad.

No hay para qué suponer que Jacob entendiera el le­jano alcance de aquel sueño. Sin embargo, él le indujo a formular un voto solemne y sin duda alguna por todo el resto de su vida con frecuencia meditaría en ello. No pudo dejar de impresionarle la convicción de que su persona era objeto de especial cuidado de parte de Jehová y del ministerio de ángeles.

Es digno de notarse que el registro de los ensueños proféticos de los paganos, como, por ej., los del Faraón, su copero y su panadero, el del madianita y el de Nabucodonosor, están acompañados de amplia explicación. Obser­vamos, asimismo, que los ensueños de José y los de Faraón fueron dobles, o repetidos bajo diversas formas. Los dos sueños de José (Gén. 37:5‑11) producían un mismo pronóstico y sus hermanos y su padre los entendían tan bien que excitaron la envidia de aquellos y llamaron seriamente la atención del padre. José explicó los dos ensueños del Faraón como uno solo (Gén. 41:21) y declaró que la repetición del ensueño al Faraón indicaba que era cosa determinada por Dios, quien estaba apresurando su cumplimiento (v. 32). En esto tenemos una indicación para la interpretación de otros ensueños y visiones. La visión‑ensueño de Daniel, de las cuatro bestias que subían del mar (Dan. VII) es, en sustancia, una repetición del ensueño de Nabucodonosor, de la gran imagen; y las visiones de los capítulos octavo y undécimo cubren nuevamente en parte, el mismo campo. De esa manera Dios repite sus revelaciones bajo varias formas denotando así la certidumbre de las mismas como propósitos determinados ,de su voluntad. Muchas visiones del Apocalipsis son también, aparentemente, símbolos de los mismos acontecimientos o si no, se mueven tan extensamente en el mismo campo que dan lugar a la creencia de que, también ellas son repeticiones, bajo la forma diversa, de cosas que pronto debían acontecer, y la certidumbre de las cuales estaba fijada en los propósitos de Dios.

Pero, como lo hemos observado, los ensueños fueron, más bien, las formas primitivas e inferiores de revelación divina. Una forma más elevada fue la del éxtasis profético, en la que el espíritu del vidente era poseído por el Espíritu de Dios y, aunque reteniendo su conciencia humana y siendo susceptible de emociones humanas, era arrebatado en visiones del Todopoderoso y hecho conocedor de palabras y cosas que ningún mortal podía percibir por medios naturales. En II Samuel 74‑17 se registra una “palabra de Jehová” que vino a Nathan en una visión nocturna (véase ver. 17) y fue comunicada a David. Contenía la profecía y promesa de que su trono se establecería para siempre. Para David fue un oráculo muy impresionante y él fue y “púsose delante de Jehová” (v. 18) maravillándose y adorando. Tal maravilla y adoración fueron, probablemente, en ese momento o en algún otro, un medio de inducción a la condición psicológica y el éxtasis espiritual en qué fue compuesto el Salmo II. David se transforma en vidente y profeta. “El espíritu de Jehová ha hablado por mí y su palabra ha sido en mi lengua” (II Sam. 23:2) . Es elevado en éxtasis de visión, en la cual la sustancia de la profecía de Nathan toma una forma nueva y más elevada, trascendiendo toda realeza y poder terrenos. Ve a Jehová entronizando su Ungid (su Mesías) sobre Sión, monte de su santidad (Salmo 2: 2‑6) . Las naciones se enfurecen contra él y luchan por desprenderse de su autoridad pero son enteramente vencidas por Aquél que “mora en los cielos” y a quien son dadas las gentes por heredad. Así vemos que el Salmo II no es una mera oda histórica compuesta en ocasión del ascenso al trono, de David o Salomón o algún otro príncipe terreno. Uno mayor que David y que Salomón surgió en visión del salmista pues se le llama el Mesías, el Hijo de Jehová; se aconseja a los reyes y jueces de la tierra que lo besen para no perecer y se declara bienaventurados a los que en él confían. Y es únicamente en la medida en que el intérprete alcanza una percepción vívida del poder de tal éxtasis como le es dado, de una manera apropiada, percibir o explicar el significado de cualquiera pro­fecía mesiánica.

Otra ilustración del éxtasis profético la hallamos en las declaraciones de Ezequiel. Al comienzo de sus profecías emplea cuatro expresiones distintas para indicar la forma y poder en que recibía revelaciones (Ezeq. 1:1‑3). Los cielos se abrían, veíanse visiones de Dios, la palabra del Señor vino con gran fuerza (viniendo, vino) y la ma­no de Jehová fue sobre él. Admitiendo lo que se quiera de elemento poético en estas expresiones, aun es evidente que el profeta experimentaba una poderosa acción doble de potencias humanas y sobrehumanas que obraban en él. Las visiones de Dios le hacían caer sobre su rostro (v. 28) y al instante el Espíritu lo levantaba sobre sus pies 2:1‑2. En otra ocasión la forma de una mano se extendió y le tomó por las guedejas de su cabeza y llevóle en visiones de Dios a Jerusalén (8: 3) . De aquí se desprendería que para que un hombre mortal reciba conscientemente una revelación del Espíritu Infinito son esenciales dos cosas. El es­píritu humano tiene que exaltarse divinamente o arre­batarse de su vida y operaciones ordinarias, y el Espíritu Divino de tal manera debe tomar posesión de las energías del hombre y vivificarlas a una percepción supersensual que, por el momento, se conviertan en órganos del Infi­nito. Todo el proceso es, manifiestamente, una operación divino‑humana. Y sin embargo, al través de toda ella el espíritu retiene la conciencia normal del ser humano y sabe que la visión es divina.

La misma cosa aparece también en las visiones de Daniel. El contempla los símbolos proféticos, oye las palabras del ángel intérprete y, también él cae sobre su ros­tro abrumado por el profundo sueño que adormece los poderes activos de la mente y la coloca enteramente en manos del ángel revelador (Dan. 8: 17‑18) . El toque del ángel lo eleva al éxtasis en el que se ve y oye la palabra celestial. Esta forma especial de éxtasis profético parece haber diferido del “sueño y visiones de su cabeza en su cama” (Dan. 7:1) en que esto último le sobrecogía du­rante los cabeceos de la noche, en tanto que lo otro le sobrevenía durante su estado de vigilia consciente y, probablemente, durante el acto de la oración (comp. 9:21) . El éxtasis que sobrevino a Pedro en la azotea de la casa ocurrió en conexión con el acto de la oración y con una sensación de gran apetito (Act. 9:10). El acto de oración fue una preparación espiritual y el hambre suministró una condición psíquica, mediante la cual la forma de vi­sión y el mandato de matar y comer se hizo tanto más impresionante. El éxtasis análogo de Pablo en el templo, en Jerusalén, fue precedido por oración (Act. 22:17) y su experiencia de estas “visiones y revelaciones” de Dios, narradas en II Cor. 12:14, fué en tan trascendental rapto del alma que él no sabía si estaba en su cuerpo o fuera de él. Es decir, no sabía si toda su persona había sido transportada en visiones de Dios, como Ezequiel (8: 3) o si, meramente, el espíritu había sido elevado en éxtasis de visión. Su conciencia en este asunto parece haber sido sobrepujada por la excesiva grandeza (uperbole) de las revelaciones (v. 7) . Y es probable que si a Ezequiel se le hubiese preguntado si su arrebato a Jerusalén ocurrió en el cuerpo o fuera de él, habría contestado con tanta incertidumbre como Pablo.

El éxtasis profético, del cual son notables ejemplos los recién citados, era, evidentemente, el ver algo espiritualmente, una iluminación sobrenatural en la cual el ojo natural estaba, o bien cerrado, (comp. Núm. 24:34) o bien, se suspendían sus funciones ordinarias y los sentidos internos se apoderaban vívidamente de la escena que se les presentaba o de la palabra que se les revelaba. No es menester, con Delitzch, entrar en prolijas clasificaciones, dividiendo este éxtasis divino en tres formas, el místico, el profético y el de carisma. Todo éxtasis es místico y el éxtasis de carisma puede haber sido profético; pero aún podemos, con ese autor, definir el éxtasis profético como consistiendo esencialmente en esto: en que el espíritu hu­mano es cogido y rodeado por el Espíritu Divino que escudriña todas las cosas, aun las profundas de Dios, y asido con una energía tan elevadora que, siendo apartado de sus condiciones ordinarias de limitación en el cuerpo, se transforma completamente en ojo vidente, oído oyente, sentido perceptor que se da cuenta perfectamente vívida de las cosas del tiempo y la eternidad, según son presentadas por el poder y sabiduría de Dios.

La forma más grandiosa de éxtasis profético es aquella en que “la visión” y “la palabra” de Jehová parecen haber sido tan absorbidas por el alma del profeta, iluminada por el cielo, que él mismo personifica al Santo y habla en nombre de Jehová. De esa manera entendemos los últimos capítulos de Isaías, donde la persona del profeta, relativamente, desaparece de la vista y Jehová se anuncia a sí mismo con el que habla. De igual manera Zacarías anuncia la palabra de Jehová tocante a las ovejas de la naturaleza (Zac. 11:4) pero al proceder con el divino oráculo parece perder la conciencia de su propia personalidad y hablar en el nombre y persona del Señor (vs. 10‑14).

Una manifestación posterior y misteriosa, de éxtasis espiritual aparece en el don de lenguas del N. Testamento. Entre las señales que acompañarían a los que aceptaran la predicación de los apóstoles, se especificaba el hablar muevas” lenguas (Marc. 16:17) y los discípulos recibieron orden de permanecer en la ciudad de Jerusalén hasta que fuesen revestidos de poder de lo alto (Luc. 24:49) . Sabemos lo que aconteció en el día de Pentecostés (Act. 2: C3‑4). Una cosa semejante se manifestó en ocasión de la conversión de Cornelio (Act. 10:4.6) lo mismo que cuando, más tarde, Pablo impuso las manos sobre los doce discípulos de Juan el Bautista que halló en Efeso (Act. i19: 6) . Pero el asunto se halla tratado con mayor atención en 1ª Corint. XIV, con lo que deben compararse, también, las referencias incidentales en los capítulos 12:10; 28 y 13:1. De esta epístola se deduce (1) que: era un don sobre­natural, un carisma que señalaba con cierta medida de novedad los primeros resultados del Evangelio de Cristo. (2) Había diversas clases (gene, clases, géneros) de lenguas (1ª Cor. 12‑10) . (3) El hablar en lenguas era algo que se dirigía a Dios más bien que al hombre (14:2) y una expresión de misterios que edificaban al espíritu del que hablaba (v. 4) pero era ininteligible al entendimiento común (nous, v. 14). (4) El hablar en lenguas tomó la forma de adoración y se manifestó en plegarias, cánticos y acciones de gracias (vs. 14‑16) . (5) Aunque edificaba al que hablaba no tendía a edificar a la iglesia a menos que alguien, dotado con poder de interpretación de lenguas, ya fuese el mismo que hablaba, u otro, explicase lo que se decía. (6) Era una señal para el incrédulo, probablemente acompañada de evidencias tales de lo sobre­natural como para, impresionar al oyente al principio, con un sentimiento de pavor, pero que hacía decir a los que no simpatizaban con el Evangelio que los que así hablaban estaban locos o ebrios. (v. 23; comp. Act. 2:13) . (7 ) Era un don digno de agradecerse ( v. 18) y cuyo uso no debía prohibirse en la iglesia (v. 39) pero había de deseárselo menos que otros carismas y, especialmente, menos que el de profetizar, o sea, predicar (vs. 1, 5, 19) pues “mayor es el que profetiza que el que habla lenguas si, al mismo tiempo, no interpretare”.

Tal es, substancialmente, lo que Pablo dice acerca de este notable carisma. En el día de Pentecostés tomó la forma de apropiarse los varios dialectos de los oyentes, como para llenar a éstos de asombro y maravilla (Act. 2: 5­12) . Sin embargo, parece que esto fue una manifestación excepcional, quizá una exhibición milagrosa, con un objeto simbólico, de todos los géneros de lenguas (comp. 1ª Cor. 12:10), que en otras ocasiones eran separadas e individualmente distintas. Por cierto que en la iglesia de Corinto, el hablar en lenguas no estaba acompañado de tal efecto sobre los oyentes como en Pentecostés. La idea, que en un tiempo prevaleció de que este don de lenguas fue un don sobrenatural mediante el cual los primeros predicadores del Evangelio pudieron proclamarlo en los varios idiomas de naciones extranjeras tiene poco en su favor. No existe indicación, aparte del milagro de Pentecostés, de que este don sirviera jamás para ese objeto. Y aquel milagro, fuese cual fuese su naturaleza real, parece, más bien, una señal simbólica significando que la confusión de lenguas ocurrida como una maldición en Babel, sería contrarrestada y abolida por el Evangelio de la nue­va vida que en ese instante amanecía sobre el mundo, como don celestial; como una declaración de que la palabra evangélica estaba destinada a hacerse potente en todos los idéntica de los hombres y por la viva voz de los predicadores, y mediante el Libro, expresar sus mensajes celestiales a las naciones, hasta que todos conozcan al Señor.

La naturaleza exacta del don de lenguas en el Nuevo Testamento probablemente es imposible definirlo ahora. En al “unos casos puede haber sido un éxtasis del alma, durante el cual los hombres adoraban de una manera rara, perdiendo el dominio de una parte de sus facultades. Algo como esto experimentó Saúl cuando tropezó con la compañía de profetas (1º Sam. 10:9‑12) y cuando, en época posterior, profetizó ante Samuel y cayó bajo el poder del Espíritu de Dios (1º Sam. 19:23‑24). Otras veces pue­de haber sido la condición para recibir visiones y revelaciones de Dios, como cuando Pablo fue arrebatado al paraíso “donde oyó palabras secretas que el hombre no puede decir” (2 Cor. 12:4) . Pudiera ser que en ese arre­bato este apóstol recibió su idea de “las lenguas de ángeles” (1ª Cor. 13:1). Pero fuese cual fuere su verdadera naturaleza era, esencialmente, un extático hablando de cosas misteriosas (1ª Cor. 14:2), envolviendo tan divina comunión con Dios que elevaba el espíritu del creyente así arrebatado al reino de lo no visto v eterno v producía en él un sentido pavoroso de exaltación sobrenatural.

Hermenéutica por M. S. Terry

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