18-HERMENEUTICA – LA PROFECÍA Y SU INTERPRETACIÓN – 18/28

LA PROFECÍA Y SU INTERPRETACIÓN

Una interpretación acabada de las porciones proféticas de las Escrituras Santas depende grandemente del dominio de los principios y leyes del lenguaje figurado y del de tipos y símbolos.

También requiere algún conocimiento de la naturaleza de las visiones, éxtasis y ensueños. De modo que los capítulos precedentes han sido una preparación necesaria para un estudio inteligente de aquellos escritos de más difícil comprensión que siempre han causado dificultades a las mentes más talentosas de la Iglesia, siendo interpretados en una variedad de formas.

A través de toda la Biblia y constituyendo un lazo de unión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento se hallan desparramados oráculos inspirados que predicen el futuro, elaborados con toda variedad de lenguaje figurado y, a menudo, incorporados en tipos y símbolos. La primera magna profecía se pronunció en el edén, al pecar el hombre originalmente y sentir la necesidad de un Redentor. Se la repitió en muchas formas y lugares al través de los años y siglos. El Cristo de Dios, el Profeta poderoso, Sacerdote y Rey, era su tenia sublime pero también trataba tan copiosamente de todas las relaciones del hombre para con Dios y el mundo, con los temores y esperanzas humanos, con gobiernos civiles y responsabilidades nacionales, con leyes y propósitos divinos, que sus páginas constituyen un libro de texto divino para todos los tiempos.

De acuerdo con las Escrituras, el profetizar no significa, primariamente, una predicción de acontecimientos futuros. La palabra hebrea nebi significa uno que habla bajo la presión del fervor divino; y debe considerarse al profeta, especialmente, como portador de un mensaje divino y que obra como portavoz del Topoderoso. Aarón fue designado divinamente como porta‑voz de Moisés para repetir las palabras de Dios que recibiera de boca de su hermano (Éxodo 4.:16) y en ese particular Moisés venía a ser como Dios para el faraón y Aarón servía a Moisés de profeta (nebi Ex. 7:1) . De modo que el profeta es el anunciador de un mensaje divino y su mensaje puede referirse al pasado, al presente o al futuro. Puede ser una revelación, una amonestación, una censura, una exhortación, una promesa o una predicción. Al portador de semejante mensaje muy apropiadamente se le llama “varón de Dios” (1 Rey. 13:1; 2 Rey. 4:7‑9) y “varón de espíritu” (Oseas 9: 7) . También es importante observar que una porción muy grande de los libros proféticos del A. Testamento consisten de amonestación, reconvención y censura, y existen indicaciones de muchas profecías no‑escritas, de este carácter. Dice Fairbairn: “Los profetas en un sentido especial, eran guardianes espirituales de Judá e Israel, los representantes de la verdad y santidad divinas, cuyo ministerio consistía en mantener un ojo vigilante y celoso sobre las maneras de los tiempos, descubrir y combatir los síntomas de defección que surgieran y, por todo medio a su alcance, alentar y robustecer el espíritu de la verdadera piedad. Elías destacóse en esto en forma tan notable que por ese motivo se le toma en la Biblia como el tipo de toda la orden profética en los estados primitivos de su desarrollo; fue hombre de heroica energía de acción más bien que rico en ideas o elevado en su palabra. Las palabras que habló fueron pocas pero eran palabras que parecían surgir de las cavernas del trueno y que más parecían decretos procedentes de la presencia del Eterno que expresiones de un hombre sujeto a pasiones semejantes a las de aquellos a quienes se dirigía”.

Son principalmente aquellas porciones de las Escrituras proféticas que predicen el futuro las que exigen una hermenéutica especial. Excepcional como es su carácter exigen estudio e interpretación especial. Otras profecías consistentes, principalmente, en reprensiones, reproches o amonestaciones son tan comprensibles aun al lector ordinario, que no requieren extensa explicación. Evitando, por una parte, el error literalista extremo de que las predicciones bíblicas son “historia escrita. de antemano” y, por la otra, las ideas racionalistas de que no son más que adivinanzas felices de los resultados probables de acontecimientos inminentes o, si no, una representación peculiar, de los acontecimientos, escrita después que se habían realizado (vaticinium post eventum),. aceptamos estas predicciones como oráculos divinos de acontecimientos que debían realizarse, pero de tal manera expresados en figura y símbolo que exigen gran cuidado de parte de quien quiera entenderlos e interpretarlos. Si negamos que la profecía sea una historia de acontecimientos aún no realizados, queremos decir que la profecía no es historia, en ningún sentido apropiado. Historia es el relato de lo que ya ha ocurrido; la predicción es un pronóstico de lo que ha de ocurrir y que cosí siempre se halla en forma de declaración o revelación que la aparta de la línea de la narración literal. Realmente hay casos en que la predicción es una declaración específica de incidentes del carácter más simple, como cuando Samuel predijo a Saúl los acontecimientos particulares que le ocurrirían en el regreso a su casa (1 Sam. 10:3‑6) ; pero es erróneo el llamar aun a esas predicciones una historia de sucesos futuros porque es confundir el uso correcto de las palabras. Existe un elemento de misterio en todas las profecías y las de ma­yor importancia se hallan revestidas de vestiduras simbólicas.

Para interpretar correctamente las profecías deben estudiarse especialmente tres cosas (1) las relaciones orgánicas y la interdependencia de las principales predicciones registradas; (2) el uso y significado de figuras y símbolos; y (3) análisis y comparación de profecías similares, especialmente aquéllas que han sido interpretadas divinamente y otras que es evidente que se han cumplido.

1. Relaciones orgánicas de la profecía

A1 estudiar la estructura general v las relaciones orgánicas de las grandes profecías se verá que, primeramente, se nos ofrece en forma de bosquejo amplio y atrevido y después se extiende a detalles de menor importancia. Así, p. ej. la gran profecía registrarla en Gén. 3:15 es un anuncio breve pero de grandes alcances del largo conflicto entre el bien y el mal, en cuanto estos principios adversos, con todas sus fuerzas, se conectan con la Simiente Prometida de la mujer, por una parte, y la antigua serpiente, el Diablo, por la otra. Puede decirse que todas las otras profecías del Cristo y del reino de Dios se hallan comprendidas en el proto-evangelio como en un germen. Desde este punto en adelante, al través de las revelacio­nes de las Escrituras, las profecías sucesivas sostienen un carácter progresivo. Ideas diversas acerca de la Simiente Prometida aparecen en la profecía de Noé (Gén. 9: 16‑17) y las repetidas promesas a Abraham (Gén. 12: 3­17 ; 2: 8; 18:18) . Estas predicciones mesiánicas se hicieron más definidas al ser repetidamente confirmadas a Isaac, a Jacob, a Judá y a la casa de David. Ellas constituyen los más nobles de los salmos y las más extensas porciones de los Profetas Mayores y de los Menores. Tomadas separadamente estas diferentes predicciones son de un carácter fragmentario; cada profeta conoció, o pudo coger, vislumbres del futuro mesiánico, únicamente en parte, y en parte profetizó (1 Cor. 13:9) ; pero cuando el Cristo mismo apareció y cumplió las profecías, entonces se vio que todas estas partes fragmentarias formaban una armonía gloriosa.

El oráculo de Balaam acerca de Moab, Edom, Amalec, los cines, Assur y la potencia del lado de Cittim (Nú­meros 24:17‑24) es el germen profético de muchos oráculos posteriores contra estos y otros enemigos del pueblo escogido. Largo tiempo después Amos toma la palabra profética y habla más plenamente contra Damasco, Gaza, Tiro, Edom, Ammon y Moab y no exceptúa ni aun a Judá e Israel (Amos I y II). Compárense también las cargas‑profecías de Isaías contra Babilonia, Moab, Damasco, Etiopía, Egipto, Media, Edom, Arabia y Tiro (Isaías XIII‑XXIII) en las que observamos la sentencia conminatoria pronunciada, en gran detalle, contra estas poten­cias. Y de la manera que Balam notó la aflicción de Eber (es decir, Israel) en relación con el poder hostil de Cit­tim (Núm. 24:24), así Isaías introduce la “carga del va­lle de la visión” ( Isaías 22:1) exactamente antes de anunciar la destrucción de Tiro ( Isaías 23:1) . Jeremías consagra los capítulos XLVI a LI al anuncio de juicios sobre Egipto, Filistia, Moab, Ammon, Edom, Damasco, Cedar, Hasor, Elam y Babilonia, y en medio de estas declaraciones de ira venidera hay indicaciones de la dispersión y angustia de Israel (comp. cap. 50:17‑20, 33; 51:5, 6, 45) . Compárense también los siete oráculos de Ezequiel contra Ammon, Moab, Edom, Filistia, Tiro, Sidón y Egip­to (Ez. XXV a XXXII).

En notable analogía con la reptición de profecías similares por diferentes profetas tenemos la repetición de la misma profecía por un mismo profeta.

La visión de las cuatro grandes bestias, en Dan. VII, es, esencialmente, una repetición de la visión de la gran imagen en el cap. II. Las mismas cuatro grandes poten­cias mundiales se denotan en estas profecías; pero como se lo ha observado frecuentemente, se varían las imágenes de acuerdo con la posición relativa del rey y del profeta. “Tal como se lo presentó a la vista de Nabucodonosor, la potencia mundial se veía sólo en su aspecto externo, bajo la forma de una imagen colosal con semejanza de hombre y con sus partes más conspicuas compuestas de metales brillantes y preciosos; en tanto que el reino divino aparecía con el aspecto inferior de una piedra sin ornato ni belleza, sin nada, realmente, para distinguirlo, excepto su irresistible energía y perpetua duración. Por otra parte, las visiones de Daniel dirigen el ojo al interior de las cosas, despojan de sus falsas glorias los reinos terrenos exhibiéndolos bajo el aspecto de fieras de monstruos innominados (como se les ve en todas partes en las grotescas esculturas y entablamentos pintados de Babilonia) y reservan la forma humana, de acuerdo con su verdadera idea original y divina, para ocupar el puesto representante del reino de Dios, compuesto por los santos del Altísimo, y mantiene la verdad que está destinada a prevalecer sobre todo el error e impiedad de los hombres”.

Así también la impresionante visión del carnero y el macho cabrío, en Dan. VIII, no es más que una repetición, desde otro punto de vista (Susan, en Elam, un asien­to principal de la monarquía medo‑persa) de la visión anterior de la tercera y cuarta bestias; surgen diferencias en los detalles según la analogía de todas las tales profecías, repetidas pero no debe permitirse que estas diferencias menores obscurezcan o borren las grandes analogías fundamentales. Pocos expositores de alguna importancia han dudado de que el cuernito de que se habla en Dan. 8:9, denota á Antioco Epifanio, el cruel perseguidor de los judíos, quien “despojó el templo y por tres años y seis meses suspendió la práctica constante de ofrecer un sacrificio diario de expiación” (Josefo). La presunción primera y más natural es la de que el cuernito del cap. 7:8 denota al mismo perseguidor violento e impío. El hecho de que una profecía represente la impiedad y violencia de este enemigo más plenamente que otra no demuestra que se trate de dos personas distintas. De otra manera, la descripción aún más completa que de este monstruo de iniquidad se nos da en el cap. XI, debería, sobre esa sola base, referirse a otra persona. Las declaraciones de que el cuernito del cap. 7:8 surgió de entre los diez cuernos y arrancó tres de ellos y que el del cap. 8:9 surgió de uno de los cuatro cuernos del macho cabrío, no pueden tener fuerza para confutar la identidad del cuernito en ambos pasajes, a menos. que se suponga que los cuatro cuernos del cap. 8:8 sean idénticos con los diez del cap. 7: 7, suposición que nadie se permitirá. Estas no son más que las variantes menores, requeridas por las diversas posiciones ocupadas por el profeta en las distintas visiones. Si entendemos los diez cuernos del cap. 7:7 como un número redondo, denotando los reyes más plenamente descritos en el capítulo XI, y los cuatro cuernos notables del capítulo 8:8 como los cuatro notables sucesores de Alejandro, saltará a la vista la armonía de las dos visiones. Desde un punto de vista el gran cuerno (Alejandro) fué sucedido por diez cuernos y también por uno pequeñito, más notable, en algunos respectos, que cualquiera de los diez. Desde otro punto de vista se vió al cuerno grande seguido por cuatro cuernos notables (los famosos Diadochoi), del tronco de uno de los cuales (Seleucus) surgió Antioco Epifanio. Sólo la falla en notar la repetición de profecías bajo varias formas y desde diversos puntos de vista ocasiona la dificultad que algunos han hallado en identificar profecías de los mismos acontecimientos.

De acuerdo con el principio que acabamos de ilustrar, a la profecía aún más minuciosa del último período del Imperio greco‑macedonio en Dan. XI, se la ve recorrer mucho del mismo campo que las de los capítulos VII y VIII. De la misma manera debiéramos naturalmente presumir que hay la intención de que las siete copas de las siete últimas plagas en Apoc. cap. XVI, correspondan con las siete trompetas de los capítulos VII‑XI. Las notables semejanzas que existen entre las dos son tales que fuerzan la convicción de que los terribles ayes denotados por las trompetas son, substancialmente, idénticos, con las plagas denotadas por las copas de ira. Una opinión contraria haría del caso una excepción notable a la analogía de profecías y no debe aceptársele sin las razones más convincentes.

2. Estilo figurado y simbólico de la profecía

El hecho ya observado de que la palabra de la profecía fue recibida mediante visiones y ensueños, así como en un estado de éxtasis, explica en gran parte el otro hecho de que una parte tan grande de las Escrituras proféticas se halle en lenguaje figurado y en símbolos. Con demasiada frecuencia se pasa por alto este hecho en la interpretación profética y así se ha originado la doctrina extraviada de que “la profecía es historia escrita de antemano”. Aceptando esta idea uno está inclinado a presionar el sentido literal de todos los pasajes que por cualquier posibilidad puedan admitir tal construcción; y de ahí las innumerables controversias y extravagancias que se notan en la interpretación de las profecías. Pero obsérvese por un instante el estilo y dicción de las grandes predicciones. La primera que se haya registrado anuncia una enemistad permanente entre la serpiente y la mujer y su progenie. Dios dijo a la serpiente, hablando de la progenie de la mujer: “Esta te herirá en la cabeza y tú le herirás el talón” (Gén. 3:15) . No han faltado literalistas que apliquen la profecía a la enemistad existente entre las serpientes y la raza rumana y que declaren que ella se cumple cada vez que uno de ellas muerde a un hombre o que uno de éstos aplasta la cabeza de una serpiente. Pero semejante interpretación nunca ha tenido aceptación. Su significado más profundo con respecto a los hijos de la luz y a los de las tinieblas, y sus respectivas cabezas (el Mesías y Satanás) ha sido universalmente reconocido por los mejores intérpretes.

De igual manera notamos qué. la profecía de Jacob moribundo (Gén. XLIX) está escrita en el estilo más elevado del fervor poético y del lenguaje figurado. Todos los acontecimientos de la vida del patriarca y la plenitud historiada del futuro conmovieron su alma y llenaron de emoción sus palabras. Los oráculos de Balaam y los cánticos de Moisés son del mismo orden elevado. Los salmos mesiánicas abundan en símiles y metáforas, tomados de cielos, tierra y mar. Los libros proféticos están, en gran parte, escritos en las formas y el espíritu de la poesía hebrea y en la predicción de acontecimientos notables el lenguaje frecuentemente se eleva a formas de expresión que para el crítico occidental pueden parecer extravagancias hiperbólicas. Tómese, por ej. la “carga de Babilonia” que Isaías vio y nótese la excesiva emoción así como lo atrevido de las figuras (Isaías 13:2‑13) . Nunca ha habido dudas entre los mejores intérpretes acerca de que este pasaje se refiera a la derrota de Babilonia por los medas. El encabezamiento del capítulo y las declaraciones específicas que siguen (vs. 17, 19), no dejan duda al respecto. Y, sin embargo, según el profeta es hecho por Jehová que congrega sus ejércitos de poderosos héroes desde los confines de los cielos, ocasiona un ruido tumultuoso de reinos de naciones, llena los corazones con temblor, desesperación y dolores de agonía, sacude el cielo y la tierra y borra el sol, la luna y las estrellas. A este terrible juicio de Babilonia se llama “el día de Jehová”, “el día del ardor de su cólera”. Situado al frente de los oráculos de Isaías contra los poderes mundiales del paganismo, es un pasaje clásico en su género y su estilo e imágenes serían, naturalmente, seguidos por otros profetas al anunciar juicios similares.

Tales pasajes emocionales y figurados son comunes a todos los escritores proféticos pero en los llamados profetas apocalípticos notamos una prominencia especial del simbolismo. En su forma más primitiva y aún no desarrollada, llama primeramente nuestra atención en el libro de Joel, que puede calificarse como el más antiguo Apocalipsis, pero su desarrollo más completo aparece entre los últimos profetas, Daniel, Ezequiel y Zacarías y su estructura perfeccionada, en el Apocalipsis de Juan. Por consiguiente, en la exposición de esta clase de profecías es de la mayor importancia el aplicar con criterio y pericia los principios hermenéuticos del simbolismo bíblico. Este procedimiento requiere, especialmente, tres cosas: (1) Que seamos capaces de discernir y determinar claramente lo que son símbolos y lo que no lo son; (2) que los símbolos sean contemplados en sus aspectos amplios y notables, más bien que en sus puntos incidentales de semejanza; y (3) que se les compare ampliamente en cuanto a su significado y tratamiento de modo que en su interpretación se siga un método uniforme y consecuente. La falla en observar la primera de estas reglas conducirá a interminables confusiones de lo simbólico con lo literal. Una falla en la segunda regla tenderá a magnificar minucias y puntos sin importancia obscureciendo de esa manera las lecciones mayores y, a menudo, mal entendiendo el objeto y significado del conjunto. No pocos intérpretes han dado gran énfasis a los diez dedos de los pies de la imagen de Nabucodonosor (Dan. 2:41‑42) y han tratado de hallar diez reyes que correspondan a ellos; mientras que, sin que nada pruebe lo contrario, la imagen puede haber tenido doce dedos en los pies, como el gigante de Gath (2 Sam. 21:20). El cuidado en la observancia de la regla tercera nos habilitará para notar las diferencias lo mismo que las semejanzas de símbolos similares y nos salvará del error de suponer que el mismo símbolo, al ser empleado por dos escritores distintos, tiene que denotar el mismo poder o acontecimiento, o la misma persona…

3. Análisis y comparación de profecías similares

No solamente diversos profetas emplean las mismas figuras y símbolos, u otros muy semejantes, sino que, también, muchas profecías enteras son tan semejantes en su forma general y significado como para exigir del intérprete una comparación minuciosa. Sólo así podrá distinguir cosas que son parecidas y cosas que difieren entre sí.

Primeramente, notamos numerosos ejemplos en que un profeta parece citar a otro. Isaías 2:14, es casi idéntico con Miqueas 4:1‑3, y ha sido un problema para los críticos el determinar si Isaías citó de Miqueas o viceversa, o si ambos citaron a algún profeta más. antiguo, hoy desconocido. La profecía de Jeremías contra Edom (49: 7‑22) está, en gran parte, apropiada de Abdías. La epístola de Judas y el segundo capítulo de la Segunda epís­tola de Pedro suministran una analogía parecida. Una comparación de los oráculos contra las naciones paganas por Balaam, Amos, Isaías, Jeremías y Ezequiel, como ya lo hemos indicado, muestra muchos paralelos verbales. De todo lo cual parece ser que estos escritores sagrados se apropiaban formas de expresión, los unos de los otros, como quien las toma de un tesoro común. (Esto prueba que los profetas se consideraban mutuamente como órganos del Espíritu Santo.‑Hentenberg). La palabra de Dios, una vez emitida por un hombre inspirado, se transformaba en propiedad del pueblo escogido, el cual la usaba según las circunstancias lo exigían.

La doble presentación de revelaciones proféticas, tanto de visiones como de ensueños, exige atención particular. Primeramente se atrae nuestra atención a ellas en los ensueños de José y de Faraón, y como ya lo hemos visto, el doble ensueño era uno solo en su significado; su repetición bajo símbolos distintos era el método divino de intensificar la impresión e indicar lo indubitable de la realización del pronóstico (Gén. 4 1:32) . Un principio de interpretación profética tan explícitamente enunciado en los más antiguos registros de la Revelación Divina, merece destacárselo. Sirve de clave a la explicación de muchos de los asuntos más difíciles involucrados en las Escrituras apocalípticas. Tendremos ocasión de ilustrar más plena­mente este principio al tratar de las visiones de Daniel y de Juan.

Además, es importante estudiar las analogías de imágenes en las porciones apocalípticas de la profecía. La visión de Isaías, de los serafines ( Isaías 6:1‑8 ), la de Ezequiel, (I y X) y la de Juan, del trono en el cielo (Apoc. IV) tienen manifiestas relaciones entre sí que ningún intérprete puede menos que notar.

Sin embargo, el objeto y tendencia de cada uno sólo podemos aprenderlos al estudiarlos desde el punto de vista de cada profeta individual. La visión de Daniel, de las cuatro bestias que salían del mar (Dan. VII) suministra las imágenes mediante las cuales Juan describe su bestia procedente del mar (Apoc. 13:1‑2) y notamos que esta bestia del apóstol, un monstruo innominado, combina, también los otros principales aspectos (leopardo, oso, león) de las cuatro bestias del profeta. La segunda bestia de Juan, surgida de la tierra, con dos cuernos como de un cordero (Apoc. 13:11) combina mucho de las imágenes tanto del carnero como del macho cabrio de Daniel 8:1‑12. La visión de Zacarías de las cuatro carrozas tiradas por caballos de varias pelos (6:14) forma la base del simbolismo de los cuatro primeros sellos (Apoc. 6:1‑8) ; y el cuadro radiante que Juan nos ofrece de la Nueva Jerusalén, los nuevos cielos y la nueva tierra (XXI, XXII) es, manifiestamente, un duplicado de los capítulos finales de Ezequiel. La diferencia más notable, quizá, es que Ezequiel tiene una larga y minuciosa descripción del templo y su servicio (XL‑XLIV), mientras que en la visión de Juan no hay templo sino que más bien la ciudad misma se transforma toda en templo, aún más, en un “santo de los santos”, lleno con la gloria de Dios y del Cordero (Apoc. 21: 3, 22, 23).

Las mencionadas analogías demuestran que no puede darse ninguna interpretación conveniente de ninguna de estas profecías similares sin hacer un buen análisis y cuidadosa comparación de todas. No hemos de suponer, sin embargo, que porque un profeta emplee las mismas imágenes que otro necesariamente debe estar refiriéndose al mismo asunto que él. Los dos olivos de Apoc. 11:4 no son, necesariamente, los mismos que los de Zac. 4:3‑14. Las bestias del Apocalipsis de Juan no son, necesariamente, idénticas con las de Daniel. La visión de Juan, de nuevos cielos y nueva tierra y la ciudad de oro, es, indudablemente, una revelación más completa de Israel redimido que la correspondiente visión de Ezequiel. Pero una de estas visiones no puede explicarse plenamente sin la otra; y cada una debe ser sujeta a un análisis minucioso y estudiado desde su propio punto de vista histórico.

Por estas consideraciones se verá también que mientras apreciamos debidamente las peculiaridades de la profecía, sin embargo, debemos emplear en su interpretación esencialmente los mismos grandes principios que en la interpretación de otros escritos antiguos. Primeramente hay que averiguar la posición histórica del profeta; luego el objeto y plan de su libro; después el trato e intento de sus palabras y símbolos y, finalmente, debe hacerse una comparación amplia y prolija de los pasajes paralelos.

Es además de primordial importancia que el intérprete de las Santas Escrituras tenga presentes. las siguien­tes consideraciones:

1. La profecía del A. Testamento no es más que una parte de la revelación de Dios en ese Testamento y debe ser estudiada siempre a la luz de toda la dispensación hebrea. También debe darse constante énfasis al hecho de que la historia, la ley, el salmo, el proverbio y la profecía son otras tantas partes de una serie de comunicaciones divinas dadas en diversas épocas y constituyendo un conjunto orgánico. En la construcción de todo gran edificio los trozos parciales que se van formando, al verlos solos y a veces aislados de aquello a que luego deben reunirse, pueden parecer desagradables en su aspecto y ofensivas al buen gusto pero cuando se estudia su disposición a la luz del plan del edificio terminado se ve que son partes esenciales al sostén y elegancia del conjunto. De análoga manera hemos de considerar varias partes de los elementos compuestos de la revelación del A. Testamento.

2. La profecía trata, principalmente, de personas y sucesos de los tiempos en que originariamente, fue pronunciada. El profeta era un poder de Dios, un mensajero viviente a reyes, pueblos y naciones. Declaraba el mensaje de Dios para la época y por eso hallamos el lenguaje de la profecía del A. Testamento lleno de alusiones a acontecimientos contemporáneos. De aquí también la necesidad de conocimientos históricos extensos y exactos a fin de entender y explicar los escritos de los antiguos videntes.

3. Los profetas hebreos también hablaron y escribieron profundamente conscientes de ser oráculos de Jehová, ” el Santo de Israel”. Estaban impulsados por el Espíritu Divino y se elevaban sobre el temor al hombre. Y, sin embargo, nunca perdían la conciencia propia como seres humanos; y las verdades divinas que se les comunicaban para que las transmitieran a los hombres tomaban forma de acuerdo con las cualidades mentales y psicológicas de cada profeta individual. De aquí que el intérprete deba notar las cualidades personales y el estilo característico de cada profeta, lo mismo que el conjunto orgánico de la literatura profética del A. Testamento.

Hermenéutica por M. S. Terry

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