21-HERMENEUTICA – EL APOCALÍPSIS DE JUAN – 21/28

EL APOCALÍPSIS DE JUAN

Ninguna parte de la Biblia ha sido objeto de tanta controversia y tan variadas interpretaciones como el Apocalipsis de Juan.

Sin embargo, los principales sistemas de exposición pueden reducirse a tres, conocidos generalmente con las designaciones de Preterista, Continuo‑histórica, y Futurista. Los preteristas sostienen que la ma­yor parte de la profecía de este libro se cumplió con la caída de Jerusalén y de la Roma pagana. La escuela continuo‑histórica halla la mayor parte de estas profecías cumplidas en la historia del Imperio Romano y de la Europa moderna. Los futuristas sostienen que el libro se refiere especialmente a acontecimientos que aún están por producirse y que deben cumplirse literalmente al final del mundo. Toda tentativa de discutir en detalle estos sistemas y examinar sus numerosos métodos diver­gentes significaría escribir una obra voluminosa. Nuestro plan es, sencillamente, buscar la posición histórica del escritor y rastrear el objeto y plan de su libro a la luz de los principios de hermenéutica ya presentados. Es­pecialmente hemos de considerar la analogía de las escrituras apocalípticas y los principios generales del sim­bolismo bíblico.

El escritor dirige el libro de esta profecía a las igle­sias de siete ciudades bien conocidas en el Asia occidental y declara, explícitamente, en los primeros versículos que su revelación es acerca de “cosas que deben suceder presto”. Al final, (22:12-20) el Alfa y Omega, quien en persona testifica todas estas cosas y manifiestamente se propone dar énfasis a la idea de su inminencia, dice:

“He aquí, yo vengo presto”. “Ciertamente, vengo en bre­ve”. Además, se amonesta al profeta diciéndole: “No selles las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca” (22:10). Por cierto que si las palabras tienen algún significado y los pensamientos alguna vez son susceptibles de expresarse enfáticamente, en las expresiones citadas se nos dice que los sucesos esperados eran inminentes, debían acontecer en un futuro cercano al tiempo en que se escribió el libro. El significado de to­das estas expresiones concuerda notablemente con la repetida declaración de nuestro Señor: “No pasará esta generación sin que se cumplan todas estas cosas”. Pero cuando Juan escribió, las cosas esperadas se hallaban mucho más próximas que cuando el Señor habló en el Monte Olivar.

A la manera de otros Apocalipsis, este libro es divi­sible en dos partes principales que pueden designarse como (1) Revelación de Cristo, el Cordero (caps. I-XI) y (2) Revelación de la Esposa, la Esposa del Cordero (caps. XII-XXII). Estas dos partes, de acuerdo con el sistema de las visiones repetidas de Daniel, atraviesan el mismo campo de vista y cada una termina con la caída de una gran ciudad y el establecimiento del reino de Dios, pero cada una de estas dos partes, a su vez es divisible en secciones menores, la primera en tres, la segunda en siete, en la forma siguiente:

I. Revelación del Cordero

1. En las epístolas a la siete iglesias, I-III.

2. Por la apertura de los siete sellos, IV-VII.

3. Por el sonido de las siete trompetas, VIII-XL

///. Revelación de la Esposa

1. Visión de la mujer y el dragón, XII.

2. Visión de las dos bestias, XIII.

3. Visión del Monte de Sión, XIV.

4. Visión de las siete plagas, XV, XVI.

5. Visión de la Babilonia mística, XVII-XVIII.

6. Visión de Manifestación, Milenio y Juicio, XIX-XX.

7. Visión de la nueva Jerusalén, XXI-XXII.

Debe observarse que el Apocalipsis de Juan, en su arreglo artificial y sus toques finales, es la más perfecta de todas las profecías. Su trazado y la correlación de sus varias partes manifiestan que sus imágenes fueron muy cuidadosamente escogidas; y, sin embargo, apenas hay en ella una figura o símbolo que no esté tomada del A. Testamento. Especialmente se ha hecho uso de los libros de Daniel, Ezequiel y Zacarías. Se destaca el número siete, -siete espíritus, siete iglesias, siete sellos, siete trompetas, siete cabezas, siete ojos, siete cuernos, siete plagas. Los números tres, cuatro, diez y doce, también se emplean en forma significativa; y donde se usan tan frecuente­mente los números simbólicos, debemos vacilar, al menos, antes de insistir en el significado literal de ningún número especial. En vista de lo dicho debemos, en la interpretación de este libro, referirnos constantemente a las profecías análogas del A. Testamento.

Inmediatamente después de la introducción, la salutación y la doxología de los vs. 4-6, se anuncia el gran tema del libro en su verdadero estilo hebraico, lleno de emoción: “¡He aquí que viene con las nubes y todo ojo le verá y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra se lamentarán sobre él” (1:7). Nótese muy particularmente que estas palabras han sido tomadas, substancialmente, del discurso de nuestro Señor en Mat. 24:30. Las palabras “los que le traspasaron” son de Zacarías 12:10 y, en esta conexión, deben considerarse no tanto con referencia a los soldados que le enclavaron en la cruz y atravesaron su costado con la lanza, sino con referencia a los judíos a quienes Pedro acusó de ese crimen (Act. 2:23, 36; 5:30) y quienes habían clamado: “Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos” (Mat. 27:25). A éstos Jesús mismo les había dicho: “Desde ahora habéis de ver al Hijo del hombre sentado a la diestra de la po­tencia y que viene en las nubes del cielo”. (Mat. 26:64).

Habiendo anunciado su gran tema, el escritor procede a dejar constancia escrita de su visión del Alfa y la Omega, el primero y el último, -expresión tomada de Isaías 41:4; 44:6; 48:12. La descripción del Hijo del hombre aparece principalmente en el lenguaje con que Daniel describe al Anciano de días (Dan. 7:9) y el Hijo del hombre (10:5-6), pero también se apropia expresio­nes de otros profetas (Isaías 11:4; 49:2; Ezeq. 1:26, 28; 43:2). Los siete candeleros nos recuerdan el candelabro de oro de Zacarías, con sus siete lámparas (Zac. 4:2). El significado de los símbolos es dado por el Señor mismo y el conjunto forma una conmovedora introducción a las siete epístolas. Estas epístolas, aunque escritas en una forma muy regular y artificial, están llenas de alusiones individuales y demuestran que había persecución de los fieles y que se acercaba una solemne crisis. Las varias características de las siete iglesias pueden ser típicas de fases variantes de la vida y el carácter eclesiástico de épocas posteriores, pero no obstante eso, son descripciones claras de hechos que entonces existían. La mención de los nicolaitas (2:6) el fiel mártir Antipas (2:13) y la perversa profetisa Jezabel (2:20) demuestra que las epístolas se ocupan de personas y acontecimientos que eran de actualidad cuando aquellas se escribieron, aunque los nombres usados probablemente son simbólicos. Las amonestaciones, consejos y estímulos dados a aquellas iglesias corresponden, en sustancia, con los dados por el Señor a sus discípulos en Mat. XXIV. Los amonestó contra falsos profetas, les dijo que les sobrevendrían tribulaciones y que algunos sufrirían muerte y que el amor de muchos se enfriaría, pero que quien perseverase hasta el fin sería salvo. No hay que suponer que a esta distancia de tiempo podamos sentir la fuerza de las alusiones personales de estas epístolas tan bien como las sentirían aquellos a quienes fueron dirigidas originalmente.

La profecía de los siete sellos se abre con una hermosa visión del trono de Dios (cap. IV) y sus símbolos son tomados de las correspondientes visiones de Isaías 6:1-4 y Ez. 1:4-28. Luego aparece a la diestra de Aquél que está sentado en el trono un libro con cierre sellado con siete sellos (5:1). El León de Judá, la Raíz de David, es el único que puede abrir ese libro y ese se revela como “un Cordero, como inmolado, que tenía siete cuernos y siete ojos”. Su posición era “en medio del trono” (v. 6). Los ojos y cuernos, símbolos de la protección de sabiduría y potencia, la apariencia de un cordero matado, expresiva de todo el misterio de la redención y la posición en el trono (que en el capítulo 22:1, se llama “trono de Dios y del Cordero”. (Comp. 3:21) sugerente de autoridad celestial, -todo tiende a preconizar al Cristo como el gran Revelador de los misterios divinos. Los cuatro primeros sellos corresponden, virtualmente, a los símbolos de Za­carías 6:2, 3 y representan dispensaciones de conquistas, derramamientos de sangre, hambre y grande mortandad. Estos juicios en rápida sucesión y entremezclados, corresponden notablemente con las predicciones de nuestro Señor acerca de guerras y rumores de guerras, el caer a filo de espada, las hambres, pestilencias, terrores, días de venganza y horrores inauditos. Las páginas de Josefo, descriptivas de los horrores sin paralelo que culminaron en la completa ruma de Jerusalén, suministran amplio comentario a estos símbolos y a las palabras del Señor.

El quinto sello es una escena de martirio, -la sangre de almas que claman desde abajo del altar, donde habían sido muertas por amor a la Palabra de Dios (6:9-10). Esto corresponde con el anuncio del Señor de que sus adeptos habían de sufrir muerte (Mat. 24:9; Lúc. 21:16). Las vestiduras blancas y el consuelo dado a los mártires responde a la promesa de Jesús de que en paciencia poseerían sus almas (Lúc. 21:19) y de que “cualquiera que perdiere la vida por causa mía o del Evangelio, la salvará” (Marcos 8:35). Pero estas almas sólo esperan durante “un poco de tiempo” (v. 11), de acuerdo con la declaración de Jesús de que “toda la sangre de mártires derramada desde la época de Abel sería visitada con venganza sobre aquella generación, aun sobre Jerusalén, la asesina de profetas (Mat. 23:34-38). Y después, para mos­trar cuan prestamente viene la retribución, como el “luego, después de la aflicción de aquellos días” de Mat. 24:29, se abre el sexto sello y éste exhibe los horrores del fin (vs. 12-17). No hay para que detenernos a mostrar de qué manera los símbolos de este sello corresponden con el lenguaje de Jesús y otros profetas cuando describen el día grande y terrible del Señor. Pero debe notarse que antes de la realización de este juicio, los escogidos de Dios son sellados y aparecen dos multitudes, los escogidos de las doce tribus (la iglesia Cristiano-judaica, -la circuncisión) y una muchedumbre innumerable de todas las naciones y lenguas (la Iglesia Gentil, -la incircuncisión) que habían lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero (capítulo VID. Esta es la reproducción apocalíptica de las palabras de Jesús: “Enviará sus ángeles con gran voz de trompeta y juntarán sus escogidos, de los cuatro vientos, de un cabo del cielo hasta el otro”. (Mat. 24:31).

La apertura del sexto sello nos trajo a la orilla misma del abismo y pensaríamos, naturalmente, que el séptimo nos introduciría a la consumación final, pero intro­duce la visión de las siete trompetas que atraviesa una parte del mismo campo y terriblemente describe los signos, prodigios y horrores indicados por los símbolos del sexto sello. Estos ayes de las trompetas entendemos ser una representación muy prolija de las espantosas vistas y grandes señales del cielo de qué habló Jesús, la abomina­ción de la desolación, Jerusalén rodeada de ejércitos, “señales en el sol, la luna y las estrellas; y en la tierra angustia de gentes por la confusión del sonido de la mar y de las ondas; secándose los hombres a causa del temor y expectación de las cosas que sobrevendrán a la redondez de la tierra”. (Lúc 21:25-26). Por consiguiente, los ayes de las cuatro primeras trompetas caen, respectivamente, sobre la tierra, el mar, los ríos, las fuentes y las luces del cielo; y sus imágenes son tomadas del relato de las plagas de Egipto y de otras partes del A. Testamento. Estas plagas no lo arruinan todo sino que, como los símbolos de Ezequiel, (Ez. 5:2) cada una destruye un tercio.

Las últimas tres trompetas son señales de peores ayes (8:1.3). Las atormentadoras langostas del abismo, introducidas por la quinta trompeta, toman la forma de un ejército en movimiento, a la manera de la descripción de Joel (Joel 2:1‑11) y se les permite atormentar a quienes no tienen el sello de Dios sobre sí. Pueden, apropiada­mente, denotar los espíritus inmundos de los demonios, a quienes se permitiera presentarse en esos tiempos de venganza y posesionarse de los hombres y atormentar a los que se habían entregado a la práctica de toda perversidad. Describiendo la excesiva impiedad de los líderes judíos, Josefo hace la siguiente observación: “Desde el principio del mundo, ninguna época engendró una generación más fructífera que ésta, en iniquidad”. “Supongo que si los romanos hubiesen demorado más en venir contra estos villanos la ciudad, o hubiese sido tragada por la tierra o se­pultada bajo avenidas de aguas, o, si no, destruida por los rayos, como Sodoma; porque había producido una generación más atea que aquellos que sufrieron tales castigos, pues por su locura fue que todo el pueblo llegó a ser destruido”. (Guerras lib. V) ¿No se ofrecería algún hecho como éste a la mente del Señor, cuando habló del espíritu inmundo que tomó otros siete peores que él y volvió y penetró en la casa de donde había sido arrojado? “Así, ‑dijo él‑, acontecerá a esta generación mala” (Mat. 12:43‑45).

La sexta trompeta es la señal para desatar los ejér­citos “atados en el gran río Eufrates” (9:14). Todos los nombres propios de este libro parecen ser simbólicos. Así lo entendemos de Sodoma y Egipto (11:8), Miguel (12: 7 ), Sión (14:1), Armagedón (16:16 ), Babilonia (17:5) y la Nueva Jerusalén (21:2). Sería contrario a todas estas analogías el entender el nombre Eufrates (en 9:14 y 16: 12) en sentido literal. En el cap. 17:1 se representa la Babilonia mística como sentada sobre muchas aguas y en el v. 15 se explica que estas aguas simbolizan pueblos, multitudes y naciones y lenguas. ¿Qué cosa más natural, entonces, explicando este símbolo, que entender lo de los numerosísimos ejércitos que, a su debido tiempo, vinieron acompañados por su fama de proezas y de terror, rodearon a la capital judía y estrecharon el sitio furiosamente hasta el terrible fin? El ejército romano estaba compuesto por soldados de muchas naciones y encuadra perfecta­mente con la abominación de desolación de que habló nuestro Señor (Mat. 24:15 y Luc. 21:20).

En este momento solemne de la revelación y cuando, naturalmente, esperaríamos que sonase la séptima trompeta, hay una pausa y, hé aquí “otro ángel fuerte desciende del cielo, cercado de una nube y el arco celeste (arcoiris) sobre su cabeza; y su rostro era como el sol y sus pies como columnas de fuego” (10:1). Los atributos de este ángel y su correspondencia con la sublime descripción del Hijo del hombre, en el cap. 1:13‑16, le señalan como nadie menos que el Señor mismo, y su voz, semejante a la del león y las voces acompañantes del los siete truenos, traen a la mente las palabras proféticas de Pablo “el mismo Señor, con aclamación, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo” (1 Tesal. 4:16). Este no es sino “el Hijo del hombre viniendo en las nubes del cielo con poder y gran gloria”, como él mismo profetizó que acontecería en aquella generación (Mat. 24:30‑34). Su gloriosa aparición parece como un preludio al sonido de la última trompeta, pero la dilación no tiene por objeto diferir la catástrofe sino para dar una oportunidad de decir que con la voz del séptimo ángel se consumiría el misterio de Dios (vs. 6‑7). También el profeta toma un libro de manos del ángel que le hablaba y lo come (vs. 8‑11) a la manera de Ezequiel (2: 9; 3: 3 ) y se le dice que tiene que profetizar a “muchos pueblos y gentes y lenguas y reyes”; pues Juan sobrevivió a aque­lla terrible catástrofe y vivió mucho tiempo después para hacer conocer el testimonio de Dios. Fue algo más que una sugestión aquello de que este discípulo quedase hasta la venida del Señor (comp. Juan 21: 24) (¿No cae en cierta confusión nuestro autor al hacer de una visión apocalíptica, que es esencialmente de carácter profético, el cumplimiento de otra profecía? ¿Acaso Jesús profetizó, en Mat. 24:30‑3, que sólo Juan habría de verle “viniendo en las nubes del cielo con poder y gran gloria”? ¿Cómo pudo la profecía citada, de Pablo a los tesalonicenses, cumplirse en una visión concedida a Juan? ¿Y de qué consuelo podría ser para los enlutados tesalonicenses la prome­sa de una aparición visionaria, subjetiva, de Cristo a Juan? La referencia a Juan 21:22-24, es, también, algo rebuscada, pues Juan mismo dice que Jesús no hizo tal promesa de que él quedaría hasta que el Señor volviese. Parece que aquellas palabras del Señor no fueron más que una simple censura a la impertinente curiosidad de Pedro. El hecho de que un hombre de 1a piedad y erudición del Dr. Terry, al tratar del Apocalipsis, se aparte tanto de la senda sencilla y directa de la interpretación prudente y espiritual, debe servirnos a todos como una amonestación contra interpretaciones dogmáticas del libro del Apocalipsis, tan maravilloso y, a la vez, tan confuso. ‑Arturo F. Wesley.)

La medición del templo, el altar y los adoradores (11:1) y lo de hollar la ciudad durante cuarenta y dos meses (tres años y medio; tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo), significa que la totalidad será entregada a la desolación. Esto, nuevamente notemos, corresponde con las palabras de nuestro Señor: “Jerusalén será hollada por los gentiles hasta que los tiempos de los gentiles sean cumplidos”. (Luc. 21:24). Juzgando por la analogía del lenguaje de Daniel. “los tiempos de los gentiles” (Kairoi, comp. Luc. 21:24, con la Septuaginta y Theodotion de Dan. 7:25;12: 7) son el “tiempo, tiempos y mitad de un tiempo”, durante los cuales el sitio aniquilador había de continuar y la ciudad ser hollada afuera y adentro. Durante un período correspondiente profetizan los dos testigos. Estos, quizá, sean mejor comprendidos como una descripción’ simbólica de los mártires que perecieron por la persecución ju­daica, imaginados aquí como dos testigos (comp. Deut. 17:6; 19:15; Mat. 18:16; 2 Cor. 13:1) garantizados por tales señales como los que demostraron que Moisés y Elías eran verdaderos profetas, pero pereciendo en la ciudad donde también su Señor fue crucificado después de haber realizado milagros “hoy y mañana y pasado mañana” y haber declarado no ser posible que un profeta muriese afuera de Jerusalén (Luc. 13:33).

Con esta revelación, que forma un episodio entre la sexta trompeta y la séptima, estamos más plenamente preparados para sentir la tremenda significación de la última trompeta. En esa hora interminable de la sexta trompeta, pausa espantosa precediendo a la catástrofe final‑, “hubo un gran terremoto y cayó la décima par­te de la ciudad”. No sería difícil citar de las páginas de Josefo un cumplimiento casi literal de estas palabras. Las imágenes aluden a la caída de Jericó señalada por trompetas. Enseguida y “presto” (11:14) suena la última trompeta y grandes voces en el cielo dicen: “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo y reinará para siempre jamás” (v. 15). Terminó el ciclo antiguo; ha comenzado el nuevo y las huestes ce­lestiales entonan un cántico triunfal. La sangre de las almas que clamaban desde abajo del altar ha sido ven­gada (6:10) y aquellos profetas y santos reciben su galardón (11:18). Desaparece el antiguo templo y el templo de Dios, que se halla en el cielo, se abre, viéndose dentro de él el arca del pacto (v. 19), ¡tanto tiempo perdida! en adelante accesible a todos los lavados en la sangre del Cordero.

La segunda parte del Apocalipsis (caps. XII‑XXII) no es una continuación cronológica de la primera sino que recorre, nuevamente, el campo de ésta. Las dos partes se relacionan entre sí, algo así como acontece con el ensueño acerca de la gran imagen y la visión de las cuatro bestias, en el libro de Daniel. Cubren el mismo campo de visión pero contemplan las cosas bajo distintos aspectos. La parte primera exhibe la terrible venganza del Cordero sobre sus enemigos, como contemplando todo con la idea de aquel rey descrito en Mat. 22:7. La parte segunda presenta un vívido bosquejo de la Iglesia en lucha, pasando por su primera crisis y elevándose a la gloria al través de la persecución y del peligro. Las mismas grandes luchas y la misma espantosa catástrofe aparecen en cada una de las dos partes, aunque bajo distintos símbolos.

Por la mujer, en el cap. 12:1, entendemos la iglesia apostólica; el hijo varón (v.5) representa a sus hijos, los adherentes. y fieles adeptos del Evangelio. Las imágenes se han tomado de Isaías 66:7‑8. Estos son los hijos de “la Jerusalén de arriba”, a la cual Pablo titula “madre de todos nosotros” (Gál. 4:26). La declaración de que este niño había de regir a las naciones con vara de hierro y ser arrebatado al trono de Dios, ha inducido a muchos a suponer que representa a Cristo, pero el lenguaje de la promesa a la iglesia de Tiatira (Apoc. 2:27) y la visión de los mártires que viven y reinan con Cristo mil años (20:4‑6) demuestran que los fieles mártires de Cristo, cu­ya sangre fue la semilla de lo. Iglesia, están asociados a él en la autoridad y administración de su gobierno mesiánico. El dragón es la antigua Serpiente, el Diablo, y lo de estar listo para devorar al niño tan pronto como naciese es una imagen tomada de la conducta de Faraón para con los varoncitos de Israel (Ex. 1:16). Miguel y sus ángeles no son más que nombres simbólicos de Cristo y sus apóstoles. La guerra en el cielo tenía lugar en el mis­mo elemento en que apareció la mujer y el acto de arro­jar fuera los demonios, ejecutado por Cristo y sus apóstoles, fue la realidad hacia la cual estos símbolos señalaban (comp. Luc. 10:18; Juan 12:31) . Los conflictos espirituales del cristiano son de análogo carácter. (comp. Efes. 6:12). La huída de la mujer al desierto fue el esparcimiento de la Iglesia a causa de las amargas persecuciones (comp. Act. 8:1) pero especialmente aquella huída de Judea que el Señor había autorizado cuando sus discípulos viesen las señales del fin (Mat. 24:16; Luc. 21:21).

Derribado de los lugares celestiales, el dragón se paró sobre la arena del mar y luego revelose en una fiera la cual se ve subir del mar (13:1) y que combinan en sí los aspectos de leopardo, de oso y de león, las primeras tres bestias de la visión de Daniel (Dan. 7:4‑6) y el poder que da el dragón, le comunica toda la malignidad, blasfemia y violencia perseguidora que caracterizó a la cuarta bes­tia de Daniel, a la aparición del cuernito. Entendemos que esta bestia es el Imperio Romano, especialmente como representado por Nerón, bajo el cual comenzó la guerra judía y por quien la simiente de la mujer, los santos (comp. 12:17 y 13:7) fueron terriblemente perseguidos. El fue la encarnación misma de la maldad, notable revelación del anticristo, y corresponde en todo aspecto esencial con el hombre de pecado, el hijo de perdición, de quien Pablo escribió a los tesalonicenses (2 Tes. 2: 3‑10) . Al mismo tiempo se ve otra bestia que sube de la tierra (13:11) teniendo dos cuernos como los de cordero, pero no es más que el satélite, el “otro yo”, y representante de la primera bestia y ejerce su autoridad. Esta segunda bestia es un símbolo apropiado del gobierno romano en manos de procuradores y si buscamos el significado de los dos cuernos podemos descubrirlo en los dos procuradores especialmente distinguidos por su tiranía y opresión, Albinus v Gessius Florus. Es cosa bien sabida que a los cristianos de este período se les exigió adorar la imagen del emperador, bajo pena de muerte; y los procuradores eran los agentes del emperador para poner en vigencia estas medidas. Así, a la segunda bestia, muy apropiadamente se le llama “el falso profeta” (16:13; 19:20) porque su gran tarea consistía en pervertir los hombres a una idolatría blasfema. El número místico de la bestia (13:18) estaría, entonces representado tanto por el griego lateinos, como por el hebreo Kaiser Nerón, letras de valor numérico, en cada caso, del 666) pues la bestia era, a la vez, el reino latino y su representante y cabeza César Nerón.

La visión del Monte de Sión, en el cap. XIV, es un glorioso contraste a las precedentes revelaciones del anticristo. Presenta el lado celestial de este período de persecución y prueba y lo exhibe en siete formas: (1) Primeramente se ve al Cordero en el Monte de Sión (la Sión celestial) y con él están los millares de su redimido Israel, en gran gloria (vs. 1‑5) . Estos no son otros que la simiente de la mujer que han sido arrebatados al trono de Dios (12:5) pero a quienes se ve ahora desde otro punto de vista. (2) Luego sigue la visión del ángel volador, llevan­do la buena nueva eterna a toda nación (vs. 6 y 7) . Esto se realiza a despecho del dragón y sus agentes. En tanto que el dragón, manejando las fuerzas del Imperio, trata de aniquilar la Iglesia de Dios, los verdaderos hijos de la Jerusalén celestial son arrebatados a estar con Cristo en gloria, pero el Evangelio es aún predicado en todo el mundo, acompañado por amonestaciones y promesas. Así los santos triunfan “a causa de la sangre del Cordero y a causa de su testimonio de ellos” (12:11) . (3) Entonces un ángel, como por anticipación, anuncia la caída de Ba­bilonia la grande (1 4: 8) y es seguido (4.) por otro que amonesta a los hombres contra el culto a la bestia y a su imagen (vs. 9‑12). (5) Después, una voz del cielo declara bienaventurados a los que mueren en el Señor, de aquí en adelante, (v. 13), corno si desde esa época tan llena de notables acontecimientos, los muertos en Cristo entrasen inmediatamente a un reposo que los muertos del ciclo anterior no pudieron conocer. (6) La sexta escena es la del Hijo del hombre, representado como llevando una corona de oro, teniendo en la mano una hoz afilada y acompañado por un ángel (vs. 14‑16), y con ellos pronto aparece otro ángel con una hoz afilada y la tierra fue segada y el lagar pisado; fuera de la ciudad derramó ríos de sangre que parecían inundar toda la tierra. Esto no es más que otra representación de la misma gran catástrofe con­templada desde otro punto de vista.

La visión de la siete “copas” (en griego: fialas, ta­zas, bols) llenas de la ira de Dios, a las que también se llama las siete últimas plagas (caps. XV‑XVI) no es más que otra simbolización de los siete ayes de las trompetas, de los capítulos VIII‑XI, con las cuales minuciosamente corresponden. La visión duplicada de estos juicios (un juicio de séptuple furia, com. Dan. 3:19) es análoga a otras repeticiones del mismo asunto bajo diferentes imá­genes. Esta doble visión de ira, como el doble ensueño de Faraón, sirvió para mostrar que éstas eran cosas resueltas por el Altísimo y que pronto habían de acontecer (Gén. 41:32).

La visión de Babilonia la grande (caps. XVII‑XVIII) es un elaborado cuadro apocalíptico de la iglesia apóstata del antiguo pacto. La entonces existente Jerusalén, en servidumbre con sus hijos (Gál. 4:25) está representada como una ramera y el lenguaje e imágenes, en gran parte, están tomados de la alegoría de Ezequiel, de la misma cuidad (Ez. XVI; comp. XXIV. Comp. Isaías 1: 21). Es contra esa asesina de profetas que Jesús pronun­ció las terribles palabras de Mat. 23:34‑36. Desde el principio del Imperio Romano Jerusalén buscó y sostuvo una complicidad pagana con los césares, de modo que, políticamente, el Imperio se hizo su sostén, del cual dependía. Había constante lucha entre gobernantes ambiciosos por obtener el así llamado “reino de Judea”. Jerusalén era su principal ciudad y, por lo tanto, es correcto el decir de ella “que tiene reino sobre los reyes (no de la tierra y no sobre emperadores y monarcas del mundo, sino) del país” (17:18). Es la misma tierra (ge) las tribus de la cual se lamentan por la venida del Hijo del hombre (1: 7) . (Comp. Salmo 2:2; Act. 4:27. Josefo. Guerras lib. 114 3: 5) . Por consiguiente, consideramos que la Babilo­nia mística es idéntica con la gran ciudad a la cual en el cap. 11:8, se llama “Sodoma y Egipto, donde también nuestro Señor fue crucificado”.

La explicación del misterio de la mujer y la bestia, dada en el cap. 17:7‑18, ha llenado de perplejidad a todos los intérpretes. Se nota que es una explicación compuesta y, evidentemente, se aplica en parte a la mujer y en par­te a la bestia que la transporta. Para su solución el mis­terio exige “mente que tiene sabiduría” (v. 9) y puede haber tenido para Juan y sus contemporáneos un signifi­cado y fuerza que nosotros, a tanta distancia en el tiempo, no podemos sentir tan fácilmente. “La bestia que fue y no es, y ha de subir del abismo e ir a perdición” (v.8) es tina expresión de cautelosa reserva, muy semejante a la expresión reservada de Pablo acerca del hombre de pecado (2 Tes. 2: 5‑7) . A la bestia con siete cabezas y diez cuernos generalmente se le identifica con la fiera del mar (13:1) y puede entendérsele por Roma y sus príncipes aliados y tributarios que tomaron parte en la guerra contra Judea y Jerusalén. La gran ciudad ramera, el santo templo de la cual si había transformado en mercado y cueva de ladrones (Mat. 21:23; Juan 2:15), fue sostenida durante cien años por Roma y, al fin, aborrecida y destruida por los mismos reyes con quienes había man­tenido su tráfico pagano. La relación de Jerusalén para con Roma y sus príncipes tributarios se manifestó claramente en las palabras con que el pueblo intimidó a Pila­to contra Cristo, diciendo: “Si a éste sueltas, no eres amigo del césar!… ¡No tenemos más rey que el césar!” (Juan 19:12‑1 5).

Pero en tanto que así se bosquejan las relaciones en­tre Jerusalén y Roma, la bestia “que fue y no es y vendrá” ( parestai, “estará presente”, v. 8), puede simbolizar un misterio más profundo. No es ello una combinación del león, el leopardo y el oso, ni “sube del mar”, como la bestia del cap. 13:1, sino que es “una bestia vestida de escarlata” y “sube del abismo”. ¿No podría, entonces, con más propiedad, considerársela como una manifesta­ción especial del “gran dragón bermejo”? (12:3) Las siete cabezas y diez cuernos del dragón indican asientos de poder y agentes principescos o de la realeza, por medio de los cuales el real “ángel del abismo” (9:11) realiza sus satánicos propósitos. No hemos pues menester de mirar a las siete colinas de Roma, o a diez reyes especiales, para la solución del misterio de la bestia vestida de escarlata. El lenguaje del ángel intérprete, aun cuando ostenta explicar el misterio es, manifiestamente, enigmático. Asi corno en el cap. 13:18, se pide a quien tenga entendimiento, que “cuente el número de la bestia”, aquí la clave del misterio de las siete cabezas y diez cuernos constituye, en sí misma, un misterio! “Las siete cabezas son siete montes, sobre los cuales se asienta la mujer” (v. 9). Esto puede, realmente, referirse literalmente a siete montañas, ora de Jerusalén, ora de Roma, pues ambas ciudades cu­brían siete alturas, pero puede, con igual probabilidad, referirse, enigmáticamente, a múltiples apoyos o alianzas políticas, considerados como otros tantos asientos de poder o reinos consolidados, a los que se llama siete, a causa de arreglos pactados. Las palabras que siguen debieran traducirse: “Y siete reyes hay”, no necesariamente como se acostumbra traducirlas “son siete reyes”, es decir, que las montañas representan siete reyes. No nos ha satisfecho ninguna solución que hayamos visto del enigma de estos siete reyes; y no osaremos añadir una más a la legión de pretendidas soluciones existentes. Pero sí nos aventuramos a sugerir que por la bestia “que fue y no es y ha de venir”, puede entenderse, primariamente, a Satanás mismo, bajo sus distintas y sucesivas manifestacio­nes en la persona de duros perseguidores de la Iglesia. Fue por la bestia del abismo que fueron muertos los dos testigos (11:7; comp. 20:7). Arrojada por la muerte de un perseguidor imperial, se va al abismo (comp. Luc. 8: 31) y, enseguida, resurge de él y se apropia de las blasfemias, fuerzas y diademas del Imperio para guerrear contra el Cordero y sus fieles adeptos. Como el Elías que había de venir antes del día grande y notable de Jehová (Mal. 4:5), apareció en la persona de Juan el Bautista (Mat. 11:14) y fue llamado así porque representaba el espíritu y poder de Elías (Luc. 1:17), así la bestia “que era y no es, es también el octavo, y es de los siete (del mismo espíritu y poder) y va a perdición” (v. 11). No es imposible que el rumor muy extendido de que Nerón había de aparecer de nuevo, surgiese de un mal enten­dimiento de este enigma, en la misma forma en que algunos intérpretes modernos aún insisten (véase Alford, sobre Mat. 11:14.) que el Elías real, aún ha de venir literalmente. Los primitivos milenarios (kiliastés), como sus modernos adeptos, insistían frecuentemente en la interpretación literal aun de los enigmas.

La caída de Babilonia la grande se halla descrita en vivos colores en los caps. 18:1 a 19:10 y el lenguaje e imágenes son tomados, casi por entero, de los cuadros proféticos del A. Testamento acera de la caída de la antigua Babilonia y Tiro. La visión es cuádruple: (1) Primeramente, un ángel proclama la terrible ruina (18:1‑3) . Repite las palabras ya empleadas en el cap. 14:8 pero que fueron usadas, antiguamente, por Isaías (21:9) y Jeremías (51:8) al predecir la ruina de la capital caldea. (2) Luego oyose otra voz celestial semejante a las palabras de Jesús en Mat. 24:16 y como la palabra profética que largo tiempo antes había llamado al pueblo escogido a “huir de en medio de Babilonia y librar cada uno su alma” (Jer. 51:6; comp. 50:8; Isaías 48:20; Zac. 2:6‑7) y esta llamada va seguida de una dolorosa endecha por la suerte de la gran ciudad (18:4‑20) . Este oráculo de destrucción debe compararse atentamente con el de Isaías y Jeremías sobre la antigua Babilonia ( Isaías 13:19‑22; Jer. L y LI) y con la de Ezequiel acerca de la caída de Tiro (Ez. XXVI‑XXVIII). (3) La violencia de la catástrofe está ilustrada, además, por el símbolo de un ángel poderoso arrojando una enorme piedra al mar y la consecuente cesación de toda su anterior actividad y ruido (18: 21‑24). (4) Después de estas cosas se oye en los cielos un himno de victoria, notable contraste con la voz de los arpistas y cantores de la caída Babilonia, y se advierte a todos los siervos de Dios que se preparen para la cena de las bodas del Cordero.

A la caída de la gran Babilonia sigue una séptuple visión de la venida y reino de Cristo (caps. 19:11 a 21:8) . Así como Mateo 2:29, “inmediatamente después de la tribulación de aquellos días” aparece en el cielo la señal del hombre, así, también, inmediatamente después de los horrores de la ciudad llena de dolores, el vidente de Patmos contempla el cielo abierto y al Rey de reyes y Señor de señores que viene a juzgar las naciones y vengar a sus escogidos. Este gran cuadro apocalíptico contiene: (1) La manifestación (parousia) del Hijo del hombre en su gloria (19:11‑1(i) . (2) La destrucción de la bestia y del falso profeta con todas sus fuerzas de im­piedad (vs. 17‑21). Esta derrota está delineada en notable armonía con la del inicuo, en 2 Tesal. 2:8, “al cual el Señor matará con el espíritu de su boca y destruirá con el resplandor de su venida”; y los agentes bestiales de Satanás, como los de las visiones de Daniel (Dan. 7:11) son entregados a las llamas. (3) A la destrucción de estas bestias, a las cuales el dragón dio su poder y autoridad (cap. 13:2, 11, 12), sigue, muy apropiadamente, el encadenamiento y prisión del antiguo dragón mismo (20: 1‑3) . Los símbolos empleados para presentar todos estos triunfos, seguramente, no hay que entenderlos literalmente como de una guerra realizada con armas carnales (comp. 2 Cor. 10:4; Efes. 6:11‑17) si no que expresan vívidamente hechos solemnes asociados para siempre con la consumación de aquella época, y crisis de épocas, cuando cayó el Judaísmo y el Cristianismo surgió al mundo. Desde aquel entonces no puede presentarse ningún caso de posesión demoníaca bien comprobado.

Con ese encierro ele Satanás comienza el milenio, un período largo e indefinido, como el número simbólico lo manifiesta, pero período de gran extensión par la difusión y triunfo del Evangelio (vs. 4‑6). “La primera resurrección” tiene lugar al principio de este período y se hace especialmente notable como una resurrección de mártires; bendición de la cual parece que no todos los muertos parecen haber sido “considerados dignos” (kata­ziodentes, Luc. 20:35 ), pero que Pablo anhelaba alcanzar (Fil. 3:11). Porque está escrito: “Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad en éstos” pues de los tales Cristo dijo: “no pueden, ya, morir más” (Luc. 20: 36). Además, se sientan en tronos y se colocan en sus manos los juicios (comp. Dan. 7:22; Mat. 19:28; Luc. 22: 28‑30; 1 Cor. 6:2) y son constituidos en sacerdotes de Dios y de Cristo y reinan con él mil años”. Sin embargo, el lenguaje del versículo 4, indica que otros, además de los mártires, pueden ocupar tronos y ejercer juicios, juntamente con Cristo (comp. 2:26‑27; 3:21). (Nota del Traductor.‑El no decirnos el Dr. Terry cuándo tuvo lugar “la primera resurrección” es prueba de que lo ignora, y esto, a su vez, es prueba de que no ha acontecido! Con todo respeto a su piedad y admirando su notable erudición, el traductor hace suya la nota del Editor. Sr, wesley, que aparece un poco más atrás. Al mismo tiempo, confiesa que ‑sin dogmatizar acerca de detalles que no entiende, pertenece al número de los que están esperando la segunda venida personal del Señor Jesucristo).

De otras cosas que puedan ocurrir durante el milenio, aquí no se nos dice una sola palabra; sin embargo, sobre este breve pasaje se ha edificado toda clase de fantasías. Los milenarios suponen que el milenio tiene que ser un reinado visible de Cristo y sus santos en la tierra, y a este reinado asocian un concepto literalísimo de otras profecías. Las siguientes palabras de Justino Mártir constituyen una de las primeras expresiones de esta especie. Dice él: “Yo y otros, que somos cristianos de recto pensar, estamos persuadidos de que habrá una resurrección de los muertos, y mil años en Jerusalén, la cual, entonces, será edificada, adornada y agrandada, como lo declaran los profetas Ezequiel, Isaías y otros… Y, además, hubo con nosotros cierto hombre, cuyo nombre era Juan, uno de los apóstoles de Cristo, quien profetizó, por una revelación que se le hizo, que los que creyeran en nuestro Cristo, habitarían mil años en Jerusalén; y que después de eso la resurrección general, en fin la eterna, y el juicio de todos los hombres, tendrían, asimismo, lugar” (Dial. con Triphon, LXXX, LXXXI). Habiendo adquirido importancia desde temprano esta idea ebionita, ha infectado la interpretación apocalíptica con una levadura perturbadora hasta el día de hoy; y hay poca esperanza de mejor exégesis mientras no hagamos a un lado toda idea dogmática e intrépidamente aceptamos lo que dicen las Escrituras.

La antigua idea milenaria de una restauración de todo Israel a Jerusalén y de Cristo y sus santos glorificados sentados, literalmente, en tronos y reinando sobre la tierra, en gloria material y visible, no tienen funda­mento en las Escrituras. Nada se dice aquí de Jerusalén de judíos o de gentiles. Un número indefinido de personas se sienta en tronos y recibe juicio; entre ellos, los que habían sido ejecutados por dar testimonio a Cristo, ocupan sitios más conspicuos y así reciben la recompensa prometida en el cap. 6:9‑11. Estos ahora viven y reinan con Cristo, no en la tierra, sino donde se halla el trono de su reino, es decir, en los cielos. Esto concuerda con las palabras de Pablo, en 2 Tim. 2:11: “Si somos muertos con él, (es decir, por medio del martirio; comp. Filip. 3:10) también viviremos con él; si soportamos, también reinaremos con él”. Una resurrección de mártires, que tiene lugar al principio de la era del milenio, parece ser el significado más natural y evidente de Apoc. 204‑6 y nada se gana con introducir otro significado a esas palabras. Dice Stuart: “No veo cómo, sobre la base de la exégesis, evitar correctamente la conclusión de que Juan ha enseñado, en el pasaje que nos ocupa, que habrá una resurrección de los santos martirizados al comienzo del período en que Satanás habrá sido encerrado en el calabozo del gran abismo”.

(5) A1 final del período milenario hay un desatamiento de Satanás, un levantamiento de fuerzas hostiles, simbolizadas por Gog y Magog (comp. Ezequiel, cap. 38­39) y una catástrofe terrible dando por resultado la derrota final y perpetua del Diablo, la culminación de la profecía del Gén. 3:15. El vidente pasa con rapidez por encima de este último conflicto el que pertenece a un futuro lejano, y no se nos hace conocer detalles (vs. 7‑10). (6) Luego se describe el último gran juicio (vs. 11‑15) que puede considerarse como la culminación y remate de ese continuo juicio (representado en Mat. 25:31‑46) que comenzó con la “parousia” y continúa hasta que el Hijo del hombre entregue el reino al Padre (1 Cor. 15:24). (7) El último cuadro de esta maravillosa serie apocalíptica es ,el de los nuevos cielos y nueva tierra y el descenso de la Jerusalén celestial (21:1‑8) . Corresponde con Mat. 25: 34, donde el rey dice a los que están a su diestra: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”. Como allí, la gloria de los justos se coloca en notable contraste con la maldición y el fin de los impíos y se dice finalmente: “Irán éstos al castigo eterno” (Mat. 25:46 ), así, aquí, después de bosquejar la gloria de los redimidos, se añade, como resultado de un juicio eterno: “Mas a los temores e incrédulos, a los abominables y homicidas, a los fornicarios y hechiceros‑ y a los idolatras y a todos los mentirosos, su parte será en el lago ardiendo con fuego y azufre, (comp. “el fuego eterno, preparado para el Diablo y sus ángeles”, Mat. 25:41) que es la muerte segunda”.

Nótese la manera cómo esta séptuple visión apocalíptica (cap. 19:11 a 21:8) cubre todo el campo de la “escatología” (x) Bíblica. (x) No hallamos esta palabra en castellano. Viene del griego eschalos, “lejos” y logos “discurso’, y significa la doctrina de las cosas finales, la muerte, el juicio y acontecimientos relacionados con estas cosas.‑‑El Traductor).

Se bosqueja rápidamente el conjunto, pues los detalles hubiesen sobrepasado el objeto de “la profecía de este libro” (22:10), que era la de hacer conocer las cosas “que deben suceder presto” (1: 1‑3). Pero a semejanza de la última sección del discurso de nuestro Señor (Mat. 25:31‑46), que introduce cosas que trascienden mucho más allá de los límites de tiempo de esa profecía, pero que habían de comenzar “cuando el Hijo del hombre viniera en su gloria”, así esta séptuple visión comienza con la “parousia” (19:11) y bosqueja en breves líneas los grandiosos triunfos y eternos resultados del reinado del Mesías.

Sólo nos falta notar un gran cuadro apocalíptico más, ‑la visión de la Nueva Jerusalén. Como en el cap. 16: 19, bajo la séptima y última plaga, se bosquejó brevemente la caída de la gran Babilonia (la antigua Jerusalén) y luego, en los capítulos 17 a 19:10, se añadió otra descripción aún más detallada de esa “madre de rame­ras y de las abominaciones de la tierra”, repasando, nuevamente, muchas de las mismas cosas, así también aquí, habiendo dado, bajo la última serie de visiones una breve pero vívida descripción de la Jerusalén celestial (21: 1‑8), el escritor apocalíptico, siguiendo su artístico estilo y hábito de repetición, nos cuenta cómo uno de los mismos siete ángeles (comp. 17:1‑4 y 21:9‑11) le condujo a una montaña elevada dándole una visión más completa de la Esposa, mujer del Cordero. Esta mujer del Cordero no es otra que la mujer del cap. 12:1, pero aquí se la revela en una etapa posterior de su historia, después que el dragón ha sido encerrado en el abismo. Después que la tierra ha sido librada del dragón, la bestia y el falso profeta, la simiente de la mujer que huyó al desierto, la simiente arrebatada al trono de Dios, se la ve concebida como “descendiendo del cielo, de Dios”, y todas las cosas son hechas nuevas. El lenguaje y los símbolos usadas se toman, especialmente, de Isaías 45:17 al 46:24 y los últimos capítulos de Ezequiel. El gran pensamiento es: Babilonia, la sanguinaria ramera, ha caído y aparece la Nueva Jerusalén, la esposa.

Si permitimos al autor de la Epístola a los Hebreos guiarnos a un entendimiento correcto de la Nueva Jerusalén observaremos que la comunión y el compañerismo de los santos del Nuevo Testamento se consideran como el comienzo del cielo en la tierra. Es sumamente probable que esta epístola haya sido escrita después del Apocalipsis y en el siguiente pasaje se nos hace aparente una di­recta alusión a él: “Os habéis llegado (proseleludate, ya habéis venido) al monte de Sión y a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial”. El creyente cristiano, una vez que su vida se ha escondido con Cristo en Dios ya ha ingresado a una comunión y a un compañerismo que nunca cesa. Su nombre está registrado en el cielo. Mora en Dios y Dios mora en él; y toda glorificación subsiguiente, en el tiempo y en la eternidad no es más que una continua y creciente realización de la bienaventuranza de la Iglesia y reino de Dios.

En la visión de la Nueva Jerusalén tenemos la última revelación neotestamentaria de la bienaventuranza y gloria espirituales y celestiales de las que el tabernáculo mo­saico fue un símbolo material “el tabernáculo (en hebreo la habitacióz) del testimonio” (Ex. 38:21) y sus varios utensilios y servicios eran “figuras de las cosas celestiales” (Hebr. 9:23) y Cristo ha entrado en los lugares santos “por el más amplio y más perfecto tabernáculo” (Hebr. 9:11), haciendo posible de esa manera para todos. los creyentes el “entrar con libertad en el santuario” (Hebr. 10:19). Esta entrada a los lugares santos y estos compañerismos se realizan únicamente cuando “nos llegamos con corazón verdadero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia y lavados los cuerpos con agua limpia” (Hebr. 10:22) y este acceso espiritual nos es posible ahora. De acuerdo con esto, el Alfa y Omega nos dice: “Bienaventurados los que lavan sus vestidos, para que tengan autoridad sobre el árbol de la vida y puedan entrar por las puertas en la ciudad” (Apoc. 22:14). Esta ciudad está representada en la forma de un cubo perfecto (Apoc. 21:16) y, por consiguiente, puede considerársele como el “lugar santísimo” celestial, a cuya entrada podemos ahora allegarnos. Todo esto concuerda con la voz del trono que decía: “Hé aquí el tabernáculo (morada) de Dios con los hombres; y morará con ellos; y ellos serán su pueblo y Dios mismo será con ellos” (Apoc. 21: 3). En esto discernimos el verdadero antitipo del antiguo tabernáculo y templo y de aquí que esa santa ciudad no admita templo ni luz de sol ni de luna, porque el Señor Dios, el Todopoderoso, y el Cordero son su luz y su templa ( Apoc. 21: 22‑23 ) . Además, no aparecen querubines dentro de este lugar santísimo porque estos antiguos símbolos de la humanidad redimida son ahora suplantados por la muchedumbre innumerable de la raza de Adán, de sobre la cual se ha quitado la maldición Uatadema, Apoc. 22:.3), la que toma, alrededor del trono de Dios y del Cordero, el lugar de aquellos, actúan allí como sus siervos, contemplan su faz y tienen su nombre en sus frentes ( Apoc. 22: 3‑4 ).

La Nueva Jerusalén, pues, es la descripción apocalíptica de la Iglesia del Nuevo Testamento y Reino de Dios. Su simbolismo exhibe la naturaleza celestial de la comunión y compañerismo de Dios y su pueblo, a las que se ingresa, aquí por media de la fe pero que se abre a in­decible plenitud de gloria por los siglos de los siglos.

Hay lugar para diferencia de opiniones en la interpretación de pasajes particulares y símbolos en todas las Escrituras apocalípticas, pero la atención que se preste a sus armonías generales y a un estudio cuidadoso del objeto y bosquejo de cada profecía como un conjunto, nos será de gran auxilio para salvarnos de la desesperada con­fusión y contradicción en que han caído muchos por haber descuidado este método.

Del precedente estudio de apocalípticos bíblicos pode­mos legítimamente, deducir las siguientes conclusiones:

1. Es de la mayor importancia el estudiar esta clase de profecías como un conjunto y que se las vea constituir una serie bien contestada e interdependiente de revelaciones divinas corriendo al través de toda la Escritura.

2. En los apocalípticos, los elementos de forma no son de naturaleza tal que admitan interpretación literal de todo el lenguaje empleado. En gran parte las varias revelaciones se presentan en el lenguaje prolijo de la metáfora y del simbolismo. La tarea del intérprete fiel consiste en apoderarse del gran pensamiento esencial y distinguirlo de la mera ornamentación de que pueda hallarse revestido. Se puede consentir en perder algunas partes incidentales y reconocer francamente la incapacidad de determinar el significado exacto de algún pasaje, tal, por ej., como el de “la primera resurrección”, con tal de que, realmente comprenda el objeto, plan y significado de la profecía tomada en su conjunto.

3. No es posible dar demasiado énfasis al hábito de las repeticiones, tan conspicuo en todos los grandes Apocalipsis de la Biblia. A nuestro juicio la falla de la mayor parte de las interpretaciones corrientes acerca del Apocalipsis de Juan, en notar que su segunda mitad (caps. XII­XXII), es, en gran parte, una repetición de la primera (I‑XI) bajo otros símbolos y considerando las cosas desde otros puntos de vista, ha sido un obstáculo fatal a la interpretación verdadera de este maravillosísimo libro.

Hermenéutica por M. S. Terry

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