22-HERMENEUTICA – NINGUN DOBLE SENTIDO EN LA PROFECIA – 22/28

NINGUN DOBLE SENTIDO EN LA PROFECIA

Los principios hermenéuticos que hemos presentado, necesariamente excluyen la doctrina de que las profecías de las Escrituras contienen un sentido doble u oculto.

Algunos han sostenido que como estos oráculos son celestiales y divinos deberíamos esperar hallar en ellos múltiples significados; que necesariamente deben diferir de otros libros. De aquí ha surgido no sólo la doctrina de un doble sentido sino las de un triple y cuádruple sentidos; y los rabinos llegaron hasta el punto de decir que hay “montañas de significado en cada palabra de las Escrituras”. Fácilmente concedemos que las Escrituras son susceptibles de múltiples aplicaciones prácticas; de no ser así, no serían tan útiles para adoctrinar, para corregir e instruir en justicia (2 Tim. 3:16) . Pero en el instante que admitimos el principio de que ciertas partes de la Biblia contengan un sentido oculto o doble, introducimos en el santo libro un elemento de incertidumbre y trastornamos toda posi­bilidad de interpretación científica. Dice el doctor Owen: “Si la Biblia tiene más de un significado, no tiene significado alguno”. Ryle dice: “Sostengo que las palabras de la Biblia se han dado con la intención de que tengan un sentido definido y que nuestro objeto principal debe ser el descubrir ese sentido y luego, adherirnos rígidamente a él… Decir que las palabras tienen cierto significado meramente porque son susceptibles de ser estrujadas para hacérselo tener, es una manera deshonesta y peligrosa de manejar las Escrituras”. Stuart se expresa así: “Este plan de interpretación abandona y hace a un lado las leyes comunes que rigen al lenguaje. Exceptuando la Biblia, a estas personas les es imposible hallar doble sentido en ningún libro, tratado, epístola, discurso o narración, jamás escritos, publicados o dirigidos por hombre alguno a sus semejantes (a menos que lo hiciera como una diversión con la intención de engañar). Existen, sí, en todos los idiomas, charadas, enigmas, acertijos, frases de doble sentido, etc.; también han abundado los oráculos paganos, susceptibles de dos interpretaciones; pero ni aun entre éstos jamás ha habido el designio de que hubiese, en realidad, más de un sentido. De la ambigüedad de lenguaje puede echarse mano, y se la ha echado, adrede, con objeto de mistificar al lector u oyente, o con el fin de ocultar la ignorancia del agorero, o para conservar su crédito en medio de posibles contingencias. Pero esto es enteramente extraño a los asuntos en que se trata de buena fe y donde hasta la sospecha de doble sentido está fuera de lugar. Ni es posible, sin ofensa a la dignidad y santidad de las Escrituras, suponer que los escritores inspirados sean comparados a autores de acertijos y enigmas o a ambiguos oráculos paganos”.

Algunos escritores han confundido este asunto al relacionarlo con la doctrina de tipos y antitipos. Corno muchas personas y sucesos del A. Testamento eran tipos de otros mayores que debían venir, el lenguaje respecto a los mismos fue supuestas como susceptible de doble sentido. He ha supuesto que el Salmo II se refiere tanto a David como a Cristo; y que Isaías 7:14‑16 se refiere a un niño nacido de una virgen que vivió en tiempos del profeta y, también al Mesías. Se ha supuesto que los salmos XLV y LXXII tienen referencia a Salomón y al Cristo y que la profecía contra Edom en Isaías 34:5‑10, comprende también el juicio general del último día. Pero debe notarse que en los casos de tipos, el lenguaje de las Escrituras no tiene doble sentido. Los tipos mismos son tales porque prefiguran cosas venideras; y este hecho debe conservárselo separado de la cuestión del sentido del lenguaje empleado en cualquier pasaje especial. Rechazamos como malsana y engañosa la teoría de que tales salmos mesiánicos como el II, el XLII y el LXXII, tengan doble sentido y que se refieran, primeramente a David, Salomón, o cualquier otro gobernante y, secundariamente, a Cristo. Si es evidente que existe cierta referencia histórica a algún gran carácter típico, todo el caso debe relegarse a la tipología bíblica, el lenguaje explicado naturalmente como de la persona celebrada en el salmo, y luego se puede demostrar que la persona misma es un tipo e ilustración de otra mayor que ha de venir. En esta forma los grandes acontecimientos a que se hace referencia en la profecía de Emmanuel (Isaías 7:14) y el llamamiento de Israel de Egipto, en Oseas 11:1, se cumplieron típicamente en Jesús. El oráculo contra Edom ( Isaías 34:5‑10) es una simple muestra del estilo esmeradísimo de la profecía apocalíptica y no autoriza la teoría de un doble sentido en la palabra de Dios. El capítulo XXIV de Mateo, al que a menudo se apela en apoyo de esta teoría, es explicable por un método mucho más sencillo.

Se comunica alguna plausibilidad a la teoría al aducir la sugerente plenitud de algunas partes de las Escrituras proféticas. Admitimos con gusto la existencia de esa plenitud y la alabamos cordialmente. La primera profecía es buen ejemplo de ella. La enemistad entre la simiente de la mujer y la de la serpiente (Gén. 3:15) se ha exhibido bajo mil distintas formas. Las preciosas palabras de promesa al pueblo de Dios, hallan mayor o menor cumplimiento en cada experiencia individual, pero estos hechos no apoyan la teoría de un doble sentido. El sentido, en cada caso, es directo y simple, aunque muchas las aplicaciones e ilustraciones. Tales hechos no nos autorizan para entrar en las profecías apocalípticas con la expectativa de hallar dos a más significados en cada declaración especial y, entonces, declarar: Este versículo se refiere a un acontecimiento ocurrido hace largo tiempo; este otro se refiere a algo futuro; aquel se cumplió, parcialmente, en la ruina de Babilonia, o de Edom, pero aún espera mayor cumplimiento en el futuro.

El juicio de Babilonia, de Nínive o de Jerusalén pueden, en realidad, ser tipos de todo juicio análogo, y es una amonestación a las naciones de todas las épocas; pero esto es muy distinto que decir que el lenguaje en el cual se predijo tal juicio se cumplió sólo parcialmente cuando cayó una de aquellas ciudades y que aún está esperando su completo cumplimiento.

Ya hemos visto que la Biblia tiene sus enigmas, acertijos y dichos obscuros, pero cuando nos presenta una de esas cosas, el contexto nos lo dice claramente. Suponer, cuando no existe indicación alguna al respecto, que nos hallamos ante un enigma; o suponer ante la presencia de declaraciones explícitas que enseñan lo contrario, que cualquiera profecía especial tenga un doble sentido, un significado primario y otro secundario, un cumplimiento cercano y otro remoto, son cosas que, forzosamente, tienen que introducir elementos de incertidumbre y da confu­sión en la interpretación bíblica.

Lo mismo puede decirse respecto a designaciones explícitas de tiempo. Cuando un escritor bíblico nos dice que cierto acontecimiento tendrá lugar presto, dentro de corto tiempo, o que está por realizarse, es contrario a toda corrección el afirmar que sus declaraciones nos permiten creer que el acontecimiento se halla en un futuro lejano. Es un reprensible abuso del lenguaje el decir que las palabras presto, inmediatamente, o cercano, signifiquen de aquí a tantos siglos o después de largo tiempo. Tal trato del lenguaje bíblico es aún peor que la teoría de un doble sentido. Y, sin embargo, intérpretes hay que apelan a Pedro en busca de prueba escrituraria para desatender las designaciones de tiempo en las profecías: “No se os oculte esto, amados, que delante del Señor un día es como mil años y mil años como un día” (2 Pedro 3:8). Insisten en que esta declaración se ha hecho con directa referen­cia al tiempo de la venida del Señor y que ilustra la aritmética divina en la cual, pronto, prestamente y términos análogos, pueden denotar siglos. Sin embargo, una atención cuidadosa a este pasaje demostrará que en él no se enseña cosa tan extraña.

El lenguaje en cuestión es una cita poética del Salmo 90: 4 y se emplea para demostrar que el lapso de tiempo no invalida las promesas de Dios. Lo que él ha prometido acontecerá sin que los pensamientos o habladurías de los hombres respecto a tardanza, etc., puedan afectar al asun­to. Ni días ni años ni siglos afectan a Dios. Desde toda eternidad, él es Dios (Salmo 90:2). Pero esto es enteramente distinto de decir que cuando el Eterno promete al­go para dentro de poco y lo declara cercano, pueda querer decir que se trata de algo que se halla a mil años de distancia. Todo lo que ha prometido en forma indefinida puede tornar mil años o más para cumplirlo, pero cuando él afirma que una cosa es inminente, que se halla “a las puertas”, nadie se atreva a declararlo lejano. Alguien ha dicho recientemente: “Es, ciertamente, innecesario el repudiar de la manera más enérgica semejante método con­tranatural de interpretar el lenguaje de las Escrituras. Es peor que contrario a la gramática y a la razón, es inmoral. Es como sugerir que Dios, en sus tratos con los hombres, tiene dobles pesas y medidas y que, en su ma­nera de calcular existe una ambigüedad y variación que hace imposible decir qué medida de tiempo puede sig­nificar el Espíritu de Cristo hablando por los profetas. Parece implicar que un día puede no significar un día ni mil años significar esa suma de años, sino que cualquiera de los términos puede significar el otro. De ser esto así sería de todo punto imposible interpretar las profecías; se las privaría de toda precisión y hasta de toda credibilidad, pues es manifiesto que si pudiese haber semejante ambigüedad e incertidumbre respecto al tiempo, fácil sería que no las hubiese menos respecto a todo lo demás… La fidelidad es uno de los atributos más frecuentemente atribuidos al Dios cumplidor de sus pactos; y es, justamente, la fidelidad divina lo que el apóstol está afirmando en el pasaje en cuestión. A las mofas de los burladores que impugnan la fidelidad de Dios y preguntan dónde está el cumplimiento de la promesa de su venida, Pedro responde que “el Señor no tarda su promesa, según lo que algunos consideran tardanza”. Tiempo largo o corto, un día o un siglo, nada de eso afecta su fidelidad. Su verdad permanece para siempre. Pero Pedro no dice que cuando el Señor promete una cosa para hoy puede que no cumpla su promesa hasta de aquí mil años. No, no dice eso. Eso sería tardanza; eso sería quebrantamiento de promesa. No dice que Dios, por el hecho de ser infinito y eterno, calcula para nosotros con una aritmética distinta a la nuestra, o nos habla con doble sentido o usa dobles pesas y medidas en sus tratos con los humanos. No. Su fidelidad es como él, eterna”.

Como ejemplo de la teoría falaz y embrolladora del doble sentido, especialmente cuando se aplica a designaciones proféticas de tiempo, veamos lo siguiente de Bengel. Comentando las palabras de Mat. 24:29: “Y luego, después de la aflicción de aquellos días”, dice: “Diréis que es un salto muy grande, de la destrucción de Jerusalén hasta el fin del mundo, el que aquí se halla unido mediante un “y luego después” (en inglés, idioma de Bengel, dice “E inmediatamente después”). Contesto que una profecía se parece a un paisaje pintado que representa claramente las cosas, caminos, puentes, etc., que se hallan en primera línea pero acumula, en un espacio reducido, que representa una gran distancia, montañas, valles, etc., que se hallan a gran distancia unos de otros.

Semejante a esa debiera ser la vista que los que estu­dian profecías debieran tener acerca del futuro al cual la profecía se refiere. Y los ojos de los discípulos, quienes en su pregunta habían relacionado el fin del templo con el del mundo, quedan en cierta oscuridad (porque aun no era tiempo de conocer, (v. 36); de aquí que ellos, más tarde, con entera armonía, imitaran el lenguaje del Señor y declararan que el fin estaba próximo. Sin embargo, a medida que se avanza, tanto la profecía como la perspectiva continuamente nos revelan una distancia más y más lejana. En esta forma también debemos interpretar, no lo claro mediante lo oscuro, sino al revés, y reverenciar en sus dichos obscuros la sabiduría divina que ve siempre todas las cosas más no las revela todas a la vez. Después fue revelado que antes del fin del mundo vendría el anticristo; y nuevamente Pablo unió estas dos cosas íntimamente hasta que el Apocalipsis colocó el milenio entre ellas. Sobre tales pasajes existe lo que San Antonio acostumbraba llamar una nubecilla profética. Aún no era tiempo de revelar la serie entera de futuros acontecimien­tos, desde la destrucción de Jerusalén hasta el fin mundo”.

Puede decirse que hay en lo que antecede tantas falacias o declaraciones engañosas como sentencias. La figura de un paisaje pintado, con sus principios de perspectiva, es una ilustración favorita para con los expositores que sostienen la teoría del doble sentido; y algunos que rechazan esa teoría emplean esta figura par ilustrar la incertidumbre de las designaciones proféticas del tiempo. Pero es un gran error el aplicar tal ilustración a las designaciones específicas de tiempo. Cuando no se indica un tiempo especial o cuando las limitaciones de tiempo se mantienen fuera de la vista, puede permitirse esa figura, la que realmente, es muy feliz. Pero cuando el Señor dice que ciertos acontecimientos han de ocurrir inmediatamente después de ciertos otros, no se atreva ningún intérprete a colocar milenios entre ellos. Esto no es interpretar “lo oscuro por medio de lo claro” sino obscurecer lo claro por medio de fantasías engañosas. Decir que “los ojos de los discípulos quedaron en oscuridad” y que ellos, después, “imitando el lenguaje del Señor declararon que el fin estaba cercano”, equivale, de hecho, a decir que Jesús les descarrió y ellos fueron y perpetuaron el error! La idea de que alguna porción de la Biblia revele “toda la serie de acontecimientos desde la destrucción de Jerusalén hasta el fin del mundo” es una fantasía de los intérpretes modernos, todos los cuales harían bien, como el piadoso Bengel, en confesar que sobre su esforzado método de explicar las declaraciones de Cristo y los apóstoles, realmente este una sombría “nubecilla profética”.

Existen, efectivamente, múltiples aplicaciones de ciertas profecías que podríamos titular genéricas, y algunos acontecimientos de la historia moderna pueden ilustrarlas y, en un sentido amplio, cumplirlas tan realmente como los hechos a que originalmente se referían. En los días del apóstol Juan habían aparecido muchos anticristos (1 Juan 2:18; comp. Mat. 24:5‑24) y los atributos demoníacos del “hombre de pecado”, de Pablo (2 Tes. 2:3‑8) pueden aparecer nuevamente, una y otra vez, en monstruos de desorden y de crimen. Antioco y Nerón son ilustraciones típicas y definidas en quienes se cumplieron, específicamente, grandes profecías; pero otras personificaciones análogas de iniquidad pueden también haber revelado a la bestia del abismo que fue y, luego desapareciendo por un tiempo apareció de nuevo y, luego nuevamente se fue a perdición (Apoc. 17:8). Pero tales aplicaciones permisibles de la profecía, no han de confundirse con interpretaciones histórico‑gramáticas. Cuando Satanás sea soltado, después del Milenio (Apoc. 20:7), podrá realmente revelarse en algún hombre de pecado, aún más terrible y mucho más degradado que cualquier Antioco o Nerón del pasado.

En verdad puede decirse que una gran parte de la confusión y errores de los expositores bíblicos ha surgido de ideas equivocadas acerca de la Biblia misma. En la interpretación de otros libros no aparece semejante confusión y diversidad de opiniones. Una teoría forzada y contraria a lo natural, acerca de la inspiración divina indudablemente ha conducido a muchos al hábito de suponer que, por algún motivo, las Escrituras deben explicarse en forma distinta a otras composiciones. De ahí también la suposición de que en las revelaciones proféticas Dios nos ha suministrado un bosquejo histórico detallado de sucesos especiales, siglos antes de que ocurran, de modo que, con toda propiedad, podemos esperar hallar registrados en los libros proféticos asuntos tales como el nacimiento del Islamismo, las Guerras de las Rosas y la Revolución Francesa. Frecuentemente hallamos esta suposición unida a la teoría del doble o triple sentido. Especialmente la interpretación del Apocalipsis ha sufrido a causa de este error singular. Hay tal encanto en la fantasía de que en el Nuevo Testamento tenemos una profecía de los acontecimientos de todos los tiempos venideros, un bosquejo gráfico de la historia de la Iglesia y del mundo hasta el día del juicio final, que no pocos han cedido al error de creer que podemos razonablemente registrar este libro místico en busca de cualquier carácter o acontecimiento que consideremos importante en la historia de la civilización humana.

Debemos desechar estas falsas suposiciones acerca de la Biblia propiamente dicha así como del carácter y propósitos de sus profecías. Una investigación racional del objeto y analogías de las grandes profecías no da asidero a tan extravagantes fantasías como la de que “todo el Apocalipsis de Juan, desde el capítulo IV hasta el final, no es más que un desarrollo del tiempo imperfecto (gramatical) de Daniel (x) (“Pre‑Millennial Essays of the Prophetic Conference”, p. 362. New York, 1879). Las Escrituras Santas tienen lec­ciones para los tiempos. Más de una vez descubrimos que la revelación especial de Dios a un individuo, una época o una nación, tiene un valor práctico para todos los hom­bres. No necesitamos predicciones especiales de Napoleón o de los valdenses o del martirio de Juan Huss o de la masacre de los Hugonotes para confirmar la fe de la Igle­sia o convencer al infiel; de no ser así, las tendríamos, y esto en forma convincente que no dejaría lugar a dudas. No puede demostrarse que semejantes predicciones hubie­sen realizado ningún propósito digno que ya no haya sido satisfecho por profecías cumplidas con sus lecciones prácticas de aplicación universal.

Hermenéutica por M. S. Terry

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