23-HERMENEUTICA – CITAS BIBLICAS EN LA BIBLIA – 23/28

CITAS BIBLICAS EN LA BIBLIA

A1 comparar Escritura con Escritura y rastrear los pasajes paralelos y análogos de las varios escritores sagrados, el intérprete continuamente tropieza con citas, más o menos exactas que un escritor hace de otros.

Estas citas pueden distribuirse en cuatro clases: 1) Pasajes paralelos del A. Testamento y citas hechas por escritores recientes de otros libros más antiguos; 2) citas neotestamentarias del A. Testamento; 3) citas en el N. Testamento, de origen neotestamentario; y 4) citas de escritos apócrifos y tradición oral. Las variantes verbales de muchas de estas citas, las fórmulas y métodos para citar y las ilustraciones que suministran de los propósitos y maneras de las Santas Escrituras, son todos asuntos de gran impor­tancia para el exegeta bíblico.

Como ejemplos de cada una de estas clases de citas, mencionamos, primeramente, tablas genealógicas, como en Gén. 11:10‑26, comparado con 1 Crón. 1:17‑27 y Gén. XLVI compar. con Núm. XXVI. El Salmo VIII es substancialmente idéntico con 2 Sam. XXII. Lo mismo es cier­to de 2 Rey. XVIII‑XX e Isaías XXXVI‑XXXIX, 2 Rey. XXIV, XXV y Jer. LII. Hallamos grandes porciones de los libros de Samuel y Reyes, en los libros de Crónicas; y existen numerosos paralelos textuales como el Salmo 42: 7 y Jonás 2:3. Las citas del A. Testamento que se hallan en el Nuevo son numerosas en carácter y en forma. En la mayoría de los casos están tomados al pie de la letra, o casi al pie de la letra, de la Septuaginta; en algunos casos son una traducción del texto hebreo, más exacta que la de la Septuaginta (Mat. 2:15, compár. con el hebreo y la Septuaginta de Oseas 11:1; Mat. 8:17, comp. con Isaías 53:40. Algunas de las citas difieren notable­ mente tanto del hebreo como de la Septuaginta, en tanto que otros fueron, al parecer, construidos usando las dos fuentes. A veces varios pasajes del A. Testamento están mezclados, como en 2 Cor. 6:16‑18, donde se hace uso de Éxodo 29:45; Lev. 26:12; Isaías 52:11; .Ter. 31:1, 9, 33; 32:38; Ezeq. 11:20; 36:28; 37:27; Zacar. 8:8. Algunas veces el pasaje del A. Testamento está meramente para­ fraseado, o se da únicamente la idea o la sustancia, mientras que en otros casos se hace meramente una referencia o insinuación del pasaje (comp. Prov. 18:4; Isaías 12:3; 4,4:3, con Juan 7:38. Isaías 40: 1‑3, con Efes. 5:14. Oseas 14:2, con Hebr. 13:15 ). En el N. T. es evidente que las muchas porciones paralelas de los evangelios de ben haberse derivado de algunas fuentes común, oral o escrita, o de ambas cosas. En Act. 20:35, Pablo cita un dicho del Señor que no se halla en ninguna parte. Pedro demuestra un conocimiento de las epístolas de Pablo (2 Pedro 3:15‑16), y en el segundo capítulo de su segunda epístola se apropia mucho de la Epístola de Judas. Finalmente, las citas de apócrifos y otras fuentes, y alusiones a los mismos, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, son numerosas. Así, en el A. T. se nos habla de “El libro de las Batallas de Jehová” ( Núm. 21:14 21:14), “El libro de Jasher” (Josué 10:13), “El libro de los Hechos de Salomón” (1 Rey. 11:4.1), “El libro de Semeías” (2 Crón. 12:15 ) y numerosos otros, citados o mencionados.

Judas, al parecer, cita del libro pseudo‑epigráfico (x) de Enoch 3T también alude a tradiciones acerca de la caída de los ángeles y a la disputa de Miguel con el Diablo acerca del cuerpo de Moisés, (Judas 6, 9, 14.). A los magos que se opusieron a Moisés Pablo los llama “Jannes y Jambres” (2 Tim. 3: 8), nombres transmitidos, probablemente, por tradición oral. Muchas tradiciones semejantes se abrieron paso a los Targums, el Talmud y la literatura judía apócrifa y pseudo‑epigráfica. El hecho dé citar tales obras o de hacer alusión a ellas, no les da autoridad canónica. Un apóstol u otro escritor bíblico, dirigiéndose a auditorios familiarizados con tales tradiciones, podía, correctamente, referirse a ellas con objetos homiléticos, sin que con esa conducta tuviese la idea de suponer su veracidad o de declararla. En forma análoga Pablo usa citas de los poetas griegos Aratus. Menander y Epimenides (Act. 17:28; I Cor. 15: 33; Tito 1:12). El gran número de pasajes paralelos, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, es evidencia de una armonía y relación orgánica de Escritura a Escritura, de un género lo más notable. Una vez escritos, los oráculos de Dios se convirtieron en tesoro público y privado de su pueblo. Todo pasaje que se considerase útil para un obje­to dado fué usado por profetas y apóstoles como posesión común. Entendidas estas cosas, hay poco en la materia o estilo de las citas de las Escrituras en las Escrituras que pueda inquietar al intérprete. Como ya lo hemos visto, la comparación de pasajes paralelos es un gran auxilio en la exposición, y algunos pasajes se hacen claros y se llenan de fuerza únicamente cuando se les lee a la luz do sus paralelos. Las discrepancias que se alegan entre estas diserta) esos pasajes las trataremos en otro capítulo; aquí sólo tratamos, en forma especial, de las citas del A. T. en el Nuevo. Como hemos dicho, éstas son tan numerosas en carác­ter y en forma que debemos examinar (1) las fuentes de la cita, (2) las fórmulas y los métodos para la cita, y (3 ) los propósitos de las varias citas.

I. Hoy se admite generalmente que las fuentes de donde los escritores del N. T. traen sus citas son, el texto hebreo del A. T. y la versión del mismo, llamada Sep­tuaginta. Antiguamente algunos sostenían que sólo habían hecho uso de la Septuaginta; otros, considerando que semejante opinión era poco honorable para las Escrituras hebreas, sostenían, con la misma vivacidad, que los apóstoles y los evangelistas deben siempre haber citado del hebreo, y aunque las citas se hallaban en las palabras exactas de la Septuaginta se creyó que dos traductores podrían haber empleado el mismo lenguaje, pero un estudio más tranquilo ha relegado esas discusiones a una posición anticuada. Es un hecho bien conocido que la Septuaginta estaba en uso general entre los hebreos helenistas. Los es­critores del N. T. la siguen en algunos pasajes donde di­fiere ampliamente del hebreo. Una comparación crítica de todas las citas del N. T. tomadas del Antiguo demuestra, sin dejar lugar a dudas, que en la gran mayoría de los casos la Septuaginta y no el texto hebreo fue la fuente de donde citaron los escritores.

Pero se nota que esos escritores no siguen uniformemente ninguna de las dos fuentes. La versión Septuaginta de Malaquias 3:1, es una traducción exacta del hebreo, pero Mateo, Marcos y Lucas armonizan literalmente en una versión que es notablemente diferente. En pacas palabras: es imposible descubrir regla alguna que explique el motivo de todas las variantes entre las citas y los textos Hebreo y Septuaginta. A veces la variante es un mero cambio de persona, número o tiempo; a veces consiste en una transposición de palabras; otras veces en la omisión o adición de palabras. En muchos casos sólo se da el sentido general y frecuentemente la cita no es más que una alusión o referencia, no una cita formal. En vista de todos estos hechos, parece mejor entender que los escritores sagrados no siguieron ningún método uniforme al citar las antiguas Escrituras. Ambos textos, el Hebreo y la Septuaginta les eran familiares, pero la exactitud textual no tenía peso especial para ellos. Desde la niñez se les había enseñado, pública y privadamente, el contenido de las Escrituras (2 Tim. 3:15) y estaban acostumbrados a citarlos en conversaciones familiares sin tratar de hacerlo con exactitud verbal. Con ellos, como pasa entre nosotros, una cita incorrecta podía generalizarse en labios del pueblo y aunque muchos supieran que difería del texto verdadero podía, para todo objeto práctico, considerársela suficientemente correcta. ¡Cuán pocos hoy recitan el Padre Nuestro con exactitud! De la misma manera, sin duda, los escritores sagrados, en muchos casos, hicieron uso de las Escrituras sin cuidarse de confrontar la cita con la letra exacta del texto Hebreo o de la común versión Septuaginta. Probablemente, en la mayoría de los casos, citaron de memoria guardándoles el Espíritu Santo de errores vitales (Juan 14:26>. La idea de que la inspiración divina necesariamente obliga a que haya uniformidad verbal entre los sagrados escritores es una suposición innecesaria e insostenible. La variedad marcó tanto las porciones como las relaciones sucesivas de Dios (Hebr. 1:1).

II. Las fórmulas introductorias mediante las cuales es introducen las citas del A. T. son muchas y variadas y algunos las han considerado como una especie de índice o clave dirigida al objeto particular de cada cita, pero hallamos distintas fórmulas empleadas por distintos escritores para introducir un mismo pasaje, así que no podemos suponer que en todos los casos la fórmula usada vaya a dirigirnos al objeto especial de la cita. Las fórmulas más comunes son: “Está escrito”, “Así está escrito”, “Según lo que está escrito”, “La Escritura dice”, “Fue dicho”, “Según lo que está dicho”, pero también se usan muchas otras. Los escritores rabínicos usan las mismas fórmulas. En ocasiones se menciona el lugar de donde se toma la cita, como en Marc. 12:26; Act. 13:33 y Rom. 11:2; pero con mayor frecuencia sólo se menciona a Moisés, la Ley, Isaías, Jeremías o algún otro profeta, como escribiendo o diciendo lo que se cita; se presume que las personas a quienes se dirigían estaban tan familiarizadas con los escritos sagrados que no necesitaban referencias más minuciosas.

“Además de las citas introducidas por estas fórmulas, hay un número considerable esparcidas en los escritos de los apóstoles, insertadas en la estructura de sus propios pensamientos y observaciones sin anuncio alguno de que se esté citando a alguien. Al lector poco observador, los pasajes así citados le parecen formar parte de las propias palabras del escritor apostólico y es sólo mediante un co­nocimiento profundo del A. T. y una cuidadosa comparación de él con el Nuevo como se descubren esas citas. Y tanto menos se notan estas citas cuanto que nuestra versión (la castollana, lo mismo que la inglesa) está tomada directamente del original hebreo, en tanto que los apóstoles, siguiendo la versión Septuaginta, (griega) a veces no dejan rastro quo el lector vulgar pueda discernir. Por ej. 2 Cor. 8:21 es una cita de Proverbios 34, en ley Septuaginta. De la misma manera 1 Pedro 4.:1 8 es cita, palabra por palabra, de Proverbios 11:31 en la misma Versión griega.

Los escritores del N. T. necesariamente estaban familiarizados con los métodos corrientes entre los rabinos de interpretación del A. T. y a veces, empleaban argu­mentos e ilustraciones derivados de las Santas Escrituras no adaptados para convencer a personas que no han sido instruidas en la misma manera de pensar. Por ej., un cuidadoso estudio de la Epístola a los Hebreos mostrará muchos casos en los que el uso que se hace de citas del A. T. no es de una naturaleza que pueda influir en el criterio de quien no esté familiarizado con la disciplina del culto hebreo. De aquí que para fijar principios de hermenéutica general no debemos estudiar los métodos del N. T. al citar del Antiguo, sino que hemos de recordar siempre que aquellos escritores obraban bajo condiciones especiales de instrucción mental y religiosa. Reconocemos su profunda reverencia por la palabra escrita y el uso, divinamente inspirado que de ella hacían con un objeto especial; pero, sin embargo, sostenemos que en muchos pasajes la cita particular, así como el argumento construido sobre ella no suministran ley alguna de exégesis bíblica conveniente para una aplicación universal.

No parece existir razón suficiente para sostener que la referencia a un libro del A. T. por el nombre de la persona que se supone ser el autor, comprometa a la persona que así lo cita en el N. T. en un juicio autorizado respec­to a la autenticidad y genuinidad del libro. Tal indiferencia es innecesaria, salvo en el caso de que el objeto de la re­ferencia haya sido el de expresar un juicio sobre el particular. Si se puede demostrar, mediante una exégesis sana, que la manera de citar, o el empleo hecho de la cita misma envuelve, necesariamente, una opinión personal del escritor, o del que habla, acerca de la autoridad del pasaje, entonces, naturalmente, el carácter de la cita misma determina el asunto. Pero la mera alusión a un libro bien conocido, o la mención de su supuesto autor de acuerdo con las opiniones corrientes de la época, evidentemente no puede tomarse como una afirmación ni como una negación de la corrección de la opinión corriente.

Existe una fórmula peculiar a Mateo y Juan que me­rece algo más que una mención pasajera. Ocurre primeramente en Mat. 1:22: “Todo esto aconteció para que se cumpliese lo que fue dicho por el Señor, por el profeta”. Esto es en su forma más completa. En otras partes es sólo ina plerode, para que se cumpliese (Mat. 2:15; 4:14; 21:4; Juan 12:38; 13:18; 15:25; 17:12; 18:9, 32; 19:24, 36) pero en el Evangelio de Juan estas palabras varían en su conexión, como “para que se cumpliera la palabra de Isaías”, “para que se cumpla la Escritura”, “para que se cumpliese el dicho de Jesús”. A veces está escrito opos plerode (Mat. 2:23; 8:17; 12:17) y ocasionalmente, tote eplerode, entonces fue cumplido. El gran asunto con los intérpretes ha sido el determinar la fuerza de la conjunción ina (y opos) en estas fórmulas. ¿Es “télica” esa con­junción, es decir, expresiva de causa final, propósito o designio? ¿O es “ecbática”, vale decir que meramente, denota la consecuencia, el resultado de algo? Si la conjunción es “télica” debe traducirse “a fin de que”; si es “ecbática”, su traducción es “de modo que”.

No hay por qué negar que en algunos pasajes la traducción “ecbática” de ina puede presentar más claramen­te el sentido del autor. Debe concederse a la partícula, cierta medida de su original significado “télico” y, no obstante eso, concebirse la causa final como un resultado cumplido o alcanzado más bien que como un objetivo que sea menester alcanzar. La posición de Ellicott puede aceptarse como muy sana y satisfactoria: “Los usos de ina en el N. T., parecen ser tres (1) Final, o sea, indicativo del fin, propósito u objeto de la acción, significado princi­pal, que nunca debe abandonarse, a no ser en el caso de contra‑argumentos irrefutables. (2) Sub‑final en ocasio­nes, especialmente después de verbos que expresan ruegos (no de los que expresan órdenes), estando el sujeto de la oración mezclado con ella, y hasta, en algunos casos, obscureciendo el propósito de hacerla.

(3) Eventual, o indicativo de resultados, aparentemente en pocos casos y debido, acaso, más a lo que se lla­ma `Teología hebrea (es decir el aspecto reverencial con que los judíos consideraban la profecía y su cumplimien­to) que a corrupción gramatical”.

Pero cuando las palabras ina plerode se usan en conexión con el cumplimiento de profecías, no debemos vacilar en aceptar la fuerza “télica” de ina. Las Escrituras mismas reconocen una especie de necesidad divina del cumplimiento de toda predicción o tipo acerca del Cristo. Como era necesario (edei) que el Cristo padeciera (Luc. 24:26), así, Cristo mismo dice: “era necesario que se cumpliesen todas las cosas que están escritas de mí en la ley de Moisés y en los Profetas y en los Salmos” (Luc. 24: 44; comp. el edei plerodenai de Act. 1:16) . La objeción de que sea absurdo el suponer que todas estas cosas acontecieron meramente para que se cumpliesen profecías está basada en una noción errónea y una mala representación acerca del evangelista. La declaración de que se realizara este especial propósito divino no implica que eso era lo único que se realizaba. Dice Whedon: “Todas estas cosas ocurrieron en orden a que, entre otros propósitos, se cumpliese aquella profecía, tanto como el cumplimiento de aquella profecía, era, al mismo tiempo, la realización de la encarnación del Salvador y la verificación de la predicción divina. No hay en todo esto nada de predestinación fatalista. Dios predice lo que prevé que los hombres van a hacer y luego los hombres, a su vez, en uso de su albedrío, haciendo esas cosas, realizan lo que Dios previó, verificando inconscientemente la verdad divina. Además, no hay fatalismo en suponer que Dios tiene planes grandiosos los que, con sabiduría infinita, lleva a cabo mediante la voluntad de los hombres, voluntad libre, expedita, pero prevista por él. Tal es su inconcebible sabiduría que le es posible colocar dentro de un sistema de prueba lleno de libertad a agentes libres que en cualquier dirección que se muevan dentro de su albedrío no harán más que prosperar los grandes planes genéricos de su Creador y verificar su presciencia. De manera que, en un sentido correcto, puede ser cierto que todas estas cosas sean hechas por agentes libres en orden a un fin tan deseable como el de cumplir lo previsto por Dios”.

El pasaje en Mat. 2:15 ha sido considerado por muchos como un ejemplo seguro del uso “ecbático” de ina. Allí está escrito que José se levantó y tomando al niño y a su madre, de noche, huyó a Egipto y permaneció allí hasta la muerte de Herodes, “para que se cumpliese Una plerode, en orden a) lo que fue dicho por el Señor, por el profeta que dijo: De Egipto llamé a mi hijo”. La cita es una traducción literal de Oseas 11:1, y el profeta se refería a Israel. El verso completo dice así: “Cuando Israel era muchacho, yo lo amé y de Egipto llamé a mi hijo”. En esto alguien querría ver un doble sentido en la profecía y otros un texto del A. T. acomodado a un uso neotestamentario, pero la verdadera interpretación de este pasaje reconocerá el carácter típico de Israel como “primogénito de Dios”, pensamiento familiar en el A. T. (Véase Éxodo 4: 22; Jer. 31:9; comp. Isaías 49: 3) . Reconociendo este‑carácter típico de Israel como hijo primogénito de Dios, el evangelista vio claramente que el antiguo éxodo de Israel, de Egipto, fué un tipo de este acontecimiento en la vida del Hijo de Dios, en su niñez. Entre los otros propósitos (y, sin duda, hubo muchos) que fueron servidos por esta ida a Egipto, y la salida de allí, estaba el cumplimiento de la profecía de Oseas. Este cumplimiento de acontecimientos típicos, como ya lo hemos demostrado, no autoriza la creencia de un doble sentido en las profecías. Las palabras de Oseas 11:1 no tienen más que un solo significado, y anuncia en forma práctica un hecho de la his­toria antigua de Israel. Aquel hecho era un tipo que se cumplió en el acontecimiento registrado en el capítulo II de Mateo, pero el lenguaje del profeta no tuvo cumplimiento previo, pues no era una predicción sino una mera alusión a un hecho ocurrido seiscientos arios antes que naciera Oseas.

III. Nos falta notar los propósitos con que cualquiera de los escritores sagrados citaron las antiguas Escrituras o se refirieron a ellas. La atención a este punto será una ayuda importante que nos capacite para entender y apreciar los varios usos de los escritos santos.

1. La cita de muchas antiguas profecías, evidentemente tuvo por objeto el demostrar su cumplimiento y dejar constancia de él. Esto es cierto de todas las profecías introducidas con la fórmula “a fin de que se cumpliese”. Y el mismo pensamiento se halla implicado en el contexto de citas introducidas por otras fórmulas. Estos hechos ponen en evidencia la interdependencia y conexión orgánica de todo el cuerpo de las Santas Escrituras. Es un todo, un conjunto, divinamente elaborado y nunca deben olvidarse las relaciones esenciales de sus diversas partes.

2. Otras citas están hechas con el objeto de establecer una doctrina. Así, Pablo, en Rom. 3:9‑19, cita las Escrituras para demostrar la depravación universal del hombre; y en Rom. 4:3, cita el registro de la fe que Abraham tuvo en Dios, para demostrar que el pecador es justificado por la fe y no por obras, y que la fe le es imputada por jus­ticia. Esta manera de usar el A. T. demuestra que para los apóstoles y sus lectores las declaraciones del libro eran concluyentes: lo que allí estaba escrito o lo que pudiera confirmarse por medio de él, era inapelable y debía aceptarse como revelación divina.

3. A veces se citaban las Escrituras con objeto de refutar y censurar a opositores e incrédulos. Jesús mismo apeló a sus opositores judíos sobre la base de la reverencia que tenían por las Escrituras y les demostró su falta de consecuencia al negarse a recibirle cuando tan abundante testimonio daban de él las Escrituras. Para con los que aceptaban las Escrituras como la Palabra de Dios, tales argumentos eran de mucho peso. Cuán eficazmente el Señor supo emplearlos puede verse en sus respuestas a los saduceos y fariseos (Mat. 22:29‑32, 4.1‑46. Comp. Juan 10: 34‑36) .

4. Finalmente, se citaron las Escrituras o a ellas se hizo referencia en sentido general, como libro de autoridad divina, con objetos retóricos y para ilustración. Sus múltiples tesoros eran heredad del pueblo de Dios. Era natural que se echase mano de su lenguaje para expresar cualquier pensamiento o idea que un escritor u orador deseara revestir de formas sagradas y venerables. De ahi las maneras, referencias, alusiones y citas que sirven, principalmente, para acrecentar la fuerza o belleza de una declaración o para ilustrar algún argumento o apelación. Dice Torne: “Los escritos de los profetas judíos, que abun­dan en hermosas descripciones, imágenes poéticas y dic­ción sublime, fueron los clásicos de los judíos más modernos; y en épocas posteriores todos sus escritores afectaron alusiones a ellos, usaron sus imágenes y descripciones y, con mucha frecuencia citaron sus propias palabras al registrar algún acontecimiento o circunstancia acontecidos a las personas cuyas vidas estaban relatando, siempre que fuese análogo y paralelo de alguno ocurrido antiguamente y descrito por los antiguos profetas”.

Hermenéutica por M. S. Terry

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