38-EL SERMON DEL MONTE – Capitulo 38/60 – Dios o las Riquezas – D.M. Lloyd Jones

CAPITULO XXXVIII
Dios o las Riquezas

En nuestros análisis de los versículos 19-24 hemos visto que nuestro Señor ante todo establece un mandamiento, «No os hagáis tesoros en la tierra… sino haceos tesoros en el cielo.

» En otras palabras, nos dice que hemos de vi¬vir de tal forma en este mundo, y utilizar de tal manera todo lo que tenemos, ya sean posesiones, dones, talentos, o inclinaciones, que vayamos haciéndonos tesoros en el cielo.
Luego una vez dado el mandamiento, nuestro Señor pasa a ofrecernos razones para cumplirlo. Quisiera recordarles de nuevo que aquí tenemos una ilustración de la maravi¬llosa condescendencia y comprensión de nuestro bendito Señor. No necesita darnos razones. Lo propio de Él es man¬dar. Pero se inclina ante nuestra debilidad, poderoso co¬mo es, y viene en nuestra ayuda dándonos estas razones para cumplir su mandamiento. Lo hace de una forma muy especial. Detalla las razones y nos las somete a considera¬ción. No nos da simplemente una, nos da una serie. Lo elabora en una serie de proposiciones lógicas, y, desde luego, no puede caber ninguna duda de que lo hace así, no sólo porque ansia ayudarnos, sino también, y quizá todavía más, debido a la gravedad trascendental del tema del cual se ocu¬pa. De hecho, veremos que este es uno de los asuntos más serios que se puedan examinar.
También debemos recordar que estas palabras fueron di¬rigidas a personas cristianas. Lo que aquí dice nuestro Se¬ñor no es para el incrédulo en el mundo; la advertencia Que da es para el cristiano. Nos hallamos aquí ante el tema de la mundanalidad, o mentalidad mundana, y todo el problema del mundo; pero debemos dejar de pensar en él en función de las personas que están en el mundo. Este es el peligro específico de los cristianos. En estos momen¬tos nuestro Señor se ocupa de ellos y de nadie más. Po¬dría alguien argüir, si quisiera, que si todo esto se aplica al cristiano, entonces es mucho más aplicable al no cris¬tiano. La deducción anterior es perfectamente admisible. Pero no hay nada tan fatal y trágico como pensar que pa¬labras como éstas no se nos aplican a nosotros porque so¬mos cristianos. De hecho, esas palabras son quizá las más apremiantes que los cristianos de esta época necesitan. El mundo es tan sutil, la mundanalidad es algo tan penetrante, que todos somos culpables de ella, y a menudo, sin dar¬nos cuenta de que así sucede. Tendemos a dar el nombre de mundanalidad sólo a algunas cosas, y siempre a cosas de las que no somos culpables. En consecuencia, argumen¬tamos que esto no se refiere a nosotros. Pero la mundana¬lidad lo penetra todo, y no se limita a ciertas cosas. No significa simplemente el ir a teatros o cines, o hacer algu¬nas pocas cosas de esta clase. No, la mundanalidad es una actividad hacia la vida. Es una perspectiva general, y es tan sutil que puede incluso afectar a las cosas más santas, como vimos antes.
Podríamos hacer una breve digresión y examinar el te¬ma desde el punto de vista del gran interés político de este país, sobre todo, por ejemplo, en tiempos de elecciones ge¬nerales. ¿Cuál es, en último término, el verdadero interés? ¿Cuál es la cosa verdadera por la que están preocupadas las personas de ambos bandos y de todos los grupos? Es¬tán interesados por ‘tesoros en la tierra’, ya sean las que poseen tesoros o los que les gustaría tenerlos. Todos están interesados en los tesoros, y es sumamente instructivo es¬cuchar lo que dice la gente, y observar como se traicionan a sí mismos y ponen de manifiesto la mundanalidad de la que son culpables y la forma en que se hacen tesoros en la tierra. Para ser prácticos (y si la predicación del evan¬gelio no es práctica, no es verdadera predicación), hay una prueba muy sencilla que nos podemos hacer a nosotros mismos para ver si estas cosas se nos aplican o no. Cuan¬do en la época de elecciones generales se espera de noso¬tros que decidamos entre los candidatos, ¿pensamos que un punto de vista político es completamente acertado y el otro completamente equivocado? Si es así, sugeriría que en una forma u otra nos estamos haciendo tesoros en la tierra. Si decimos que la verdad está completamente de un lado o de otro, es porque, o bien protegemos algo, o de¬seamos tener algo. Otra forma buena de probarnos a no¬sotros mismos es preguntarnos simple y honestamente por qué sostenemos los puntos de vista que tenemos. ¿Cuál es nuestro verdadero interés? ¿Cuál es nuestro motivo? Si so¬mos completamente honestos y sinceros con nosotros mis¬mos, ¿qué hay realmente detrás de esos puntos de vista es¬pecíficos que sostenemos? Es una pregunta muy ilumina¬dora, si somos realmente honestos. Diría que la mayor parte descubrirán, si tratan de responder a la pregunta con ho¬nestidad, que hay algunos tesoros en la tierra que les preo¬cupan y por los cuales están interesados.
Otra prueba es ésta. ¿Hasta qué punto nuestros senti¬mientos se hallan envueltos en ello? ¿Cuánta amargura, cuanta violencia, cuánta ira, burla y pasión? Apliquemos esa prueba, y encontraremos también que los sentimien¬tos se excitan casi invariablemente debido a la preocupa¬ción acerca de hacerse tesoros en la tierra. Una última prue¬ba. ¿Vemos estas cosas con una especie de despego y obje¬tividad, o no? ¿Cuál es nuestra actitud hacia ellas? ¿Pen¬samos instintivamente acerca de nosotros mismos como peregrinos o simples pasajeros en este mundo quienes, des¬de luego, tienen que interesarse por semejantes cosas mien¬tras están aquí? Ese interés es desde luego justo, es nues¬tro deber. ¿Pero cuál es en última instancia nuestra acti¬tud? ¿Nos dominan estas cosas? ¿O nos mantenemos despegados y las examinamos objetivamente, como algo efí¬mero, algo que no pertenece en realidad a la esencia de nuestra vida y nuestro ser, algo por lo que nos preocupa¬mos sólo de momento, mientras pasamos por esta vida? Deberíamos hacernos esas preguntas a fin de asegurarnos si cumplimos o no este mandato de nuestro Señor. Tales son algunas de las formas en que podemos averiguar sim¬plemente si somos o no culpables de hacernos tesoros en la tierra y de no hacérnoslos en el cielo.
Cuando pasamos a considerar los argumentos de nues¬tro Señor en contra de hacerse tesoros en la tierra, encon¬tramos que el primero es un argumento que se puede muy bien describir como el argumento del sentido común, o de la observación obvia. «No os hagáis tesoros en la tie¬rra.» ¿Por qué? Porque aquí es ‘donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan’. ¿Pero por qué debería hacerme tesoros en el cielo? Porque allí es «donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladro¬nes ni minan ni hurtan». Nuestro Señor dice que los teso¬ros mundanos no duran; que son transitorios, pasajeros, efímeros. «Donde la polilla y el orín corrompen.»
Cuan cierto es esto. Hay un elemento de descomposi¬ción en todas estas cosas, tanto si nos gusta como si no. Nuestro Señor lo dice en función de la polilla y el orín que tienden a penetrarlas y destruirlas. Espiritualmente. esas cosas nunca satisfacen en forma plena. Hay siempre algo que anda mal en ellas; siempre les falta algo. No hay na¬die en la tierra que esté completamente satisfecho; aun¬que en cierto sentido unos parezcan que tienen todo lo que desean, sin embargo, desean algo más. La felicidad no se puede comprar.
Hay, sin embargo, otra forma de examinar el efecto de la polilla y el orín en lo espiritual. No sólo hay un elemen¬to de deterioro en estas cosas; también es cierto que siem¬pre tendemos a cansarnos de ellas. Las podemos disfrutar por un tiempo, pero de una forma u otra, pronto comienzan a perder el sabor o perdemos interés en ellas. Esta es la razón por la que siempre estamos hablando de cosas nue¬vas y buscándolas. Las modas cambian; y aunque nos mos¬tramos muy entusiasmados acerca de algunas cosas du¬rante un tiempo, muy pronto ya no nos interesan como antes. ¿No es cierto que a medida que pasan los años es¬tas cosas dejan de satisfacernos? A las personas de edad avanzada no les suele gustar las mismas cosas que a los jóvenes, o a los jóvenes las mismas que a los ancianos. Al ir envejeciéndonos, las cosas parecen volverse diferentes, hay un elemento de polilla y orín. Podríamos incluso ir más allá y plantearlo en forma más vigorosa diciendo que hay en ellas una cierta impureza. Incluso cuando mejores son, están infectadas. Y haga uno lo que haga, no se pue¬de librar de esta impureza; la polilla y el orín están ahí y todos los productos químicos que utilicemos no pueden detener estos procesos. Pedro dice algo magnífico a este respecto: “Por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concu¬piscencia” (2 P. 1:4). Hay corrupción en todas estas cosas terrenales: todas ellas son impuras.
Y hay algo más: todas ellas son inevitablemente perece¬deras. La flor más hermosa comienza a morir en cuanto uno la corta y muy pronto habrá que arrojarla. Así es en iodo lo que hay en esta vida y en este mundo. No importa lo que sea, es pasajero, es perecedero. Todo lo que tiene la vida está, como resultado del pecado, sujeto a este pro¬ceso -“polilla y orín corrompen’-. Aparecen agujeros en las cosas, se vuelven inútiles, y al final se corrompen com¬pletamente. El cuerpo más perfecto llegará un momento en que ceda, muera y se descomponga, la apariencia más hermosa en cierto sentido se volverá fea cuando el proceso de corrupción se inicie; los dones más brillantes tienden a atenuarse. Aquella gran inteligencia quizá un día se tambalee en el delirio como resultado de una enfermedad. Por maravillosas y hermosas que sean las cosas, todas pe¬recen. Por esto quizá el más triste de todos los errores en la vida es el error del filósofo, que cree en adorar la bon¬dad, la belleza y la verdad; porque no hay tal cosa, no hay bondad perfecta ni belleza sin mezcla; hay un elemento de error, de pecado y de mentira en las verdades más ele¬vadas. “Polilla y orín corrompen’.’
“Sí” dice nuestro Señor, “y ladrones minan y hurtan!’ No hay que detenerse en estas cosas porque son muy ob¬vias aunque nos cueste tanto reconocerlas. Hay muchos ladrones en esta vida y están constantemente amenazán¬donos. Creemos que estamos a salvo en nuestra casa; pe¬ro descubrimos que los ladrones han entrado y se lo han llevado todo. Otros merodeadores nos están amenazando siempre -enfermedad, pérdida en negocios, colapso in¬dustrial, guerras y por fin la muerte misma-. No impor¬ta la naturalaza de aquello a lo cual estamos apegados en este mundo; uno u otro de estos ladrones están siempre amenazándonos y llegará el momento en que nos lo arre¬batará. No sólo es el dinero. Puede ser alguna persona pa¬ra la cual esté uno realmente viviendo, en la que uno en¬cuentra placer. Tengamos cuidado, amigos míos; hay la¬drones y asaltantes que sin duda vendrán a despojarnos de estas posesiones. Tomemos nuestras posesiones por lo que son; todas están expuestas a estos ladrones, a estos ata¬ques. Los “ladrones minan y hurtan”, y no podemos im¬pedírselo. Por ello el Señor recurre a nuestro sentido co¬mún y nos recuerda que estos tesoros mundanos nunca perduran.
Pero veamos el otro lado, el positivo. “Haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan!’ Esto es maravilloso. Pedro lo expresa en una sola frase. Dice “para una herencia in¬corruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros” (1 P. 1:4). “Las cosas que no se ven son eternas”, dice San Pablo; son las que se ven las que son temporales (2Cor. 4:18). Estas cosas celestiales son im¬perecederas y los ladrones no pueden entrar a robarlas. ¿Por qué? Porque Dios mismo las está cuidando para nosotros. No hay enemigo que pueda jamás robárnoslas, o que pueda entrar. Es imposible, porque Dios mismo es el custodio. Los placeres espirituales son invulnerables, están en un lugar que es inexpugnable. “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potes¬tades, ni lo presente ni lo por venir, ni lo alto, ni lo pro¬fundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:38, 39). Además, no hay nada impuro allí, nada puede entrar que corrompa. No hay pecado allí, no hay elemen¬tos de descomposición. Es el reino de la vida eterna y de la luz eterna. “Habita en luz inaccesible”, como dice el após¬tol Pablo (1 Ti. 6:16). El cielo es el reino de la luz, de la vida y de la pureza, y nada que pertenezca a la muerte, nada contaminado o manchado puede entrar en él. Es per¬fecto; y los tesoros del alma y del espíritu pertenecen a ese reino. Hagámonoslos allí, dice nuestro Señor, porque no hay polilla ni orín, y ningún ladrón puede jamás entrar a robar.
Es un llamamiento al sentido común. ¿No sabemos acaso que estos cosas son verdad? ¿No son necesariamente ver¬dad? ¿No lo vemos todos al vivir en este mundo? Tome¬mos el periódico de la mañana, examinemos las páginas mortuorias y veamos lo que sucede. Todos nosotros cono¬cemos estas cosas. ¿Por qué en consecuencia no las prac¬ticamos y vivimos? ¿Por que nos hacemos tesoros en la tierra cuando sabemos lo que les va a suceder? ¿Y por qué no nos hacemos tesoros en los cielos donde sabemos que hay pureza y gozo, santidad y felicidad eterna?
Este, sin embargo, no es más que el primer argumento, e’ argumento del sentido común. Pero nuestro Señor no se detiene ahí. Su segundo argumento se basa en el terrible peligro espiritual implicado en el hacerse tesoros en la tierra y no en los cielos. Ese es un encabezamiento gene¬ral, pero nuestro Señor lo divide en ciertas subsecciones. Lo primero que nos advierte, en este sentido espiritual, es el terrible poder de las cosas terrestres en nosotros. Ad¬viértanse los términos que emplea. Dice, “Donde esté vues¬tro tesoro, allí estará también vuestro corazón!’ ¡El cora¬zón! Luego en el versículo 24 habla acerca de la mente. “Ninguno puede servir a dos señores” -y deberíamos ad¬vertir la palabra ‘servir’-. Estos son los términos expresi¬vos que emplea a fin de inculcarnos la idea del control te¬rrible que estas cosas tienden a ejercer sobre nosotros. ¿Aca¬so no somos conscientes de ello en el momento en que nos detenemos a pensar? ¿La tiranía de las personas, la tira¬nía de mundo? Esto es algo acerca de lo cual no podemos pensar a distancia, por así decirlo. Todos estamos envuel¬tos en ello; todos estamos bajo la garra de este poder te¬rrible del mundo que realmente nos dominará, a no ser que estemos al tanto de ello.
Pero no solamente es poderoso; es muy sutil. Es lo que realmente ejerce el control en la mayor parte de las vidas de los hombres. ¿Nos hemos fijado en el cambio, el im¬perceptible cambio, que tiende a ocurrir en las vidas de los hombres a medida que triunfan y prosperan en este mundo? Esto no sucede a los que son hombres verdadera¬mente espirituales; pero si no lo son, sucede de forma in¬variable. ¿Por qué el idealismo se asocia generalmente con la juventud y no con la edad adulta y anciana? ¿Por qué los hombres tienden a hacerse más cínicos a medida que envejecen? ¿Por qué tiende a desaparecer la visión noble de la vida? Es porque todos nos convertimos en víctimas de los ‘tesoros de la tierra’, y si abrimos los ojos, lo pode¬mos ver en la vida de los hombres. Lean biografías. Mu¬chos jóvenes comienzan con una visión brillante; pero de una forma casi imperceptible -no que caiga en pecados brutales- se deja influir, quizá cuando está en la universidad, por una perspectiva que es esencialmente munda¬na. Aunque pueda ser muy intelectual, sin embargo pier¬de algo que era vital en su alma y espíritu. Sigue siendo una persona buena y, además, justa y sabia; pero no es el hombre que era cuando comenzó. Algo se ha perdido. Sí; este fenómeno es muy conocido: “Las. sombras del mun¬do comienzan a cernirse cada vez más sobre el muchacho que crece”. ¿Acaso no lo sabemos nosotros? Ahí está; es como una cárcel que nos encierra a menos que reaccione¬mos a tiempo. Este poder, esta tenaza, nos domina y nos convierte en esclavos.
Sin embargo, nuestro Señor no se detiene en lo general. Está tan deseoso de mostrarnos este terrible peligro que elabora su explicación en detalle. Nos dice que esta cosa tremenda que nos atenaza, tiende a afectar la personali¬dad entera; no sólo una parte de nosotros, sino al hombre entero. Y lo primero que menciona es el ‘corazón’. Una vez establecido el mandamiento dice, “Porque donde este vues¬tro tesoro, allí estará también vuestro corazón!’ Esos teso¬ros terrenales atenazan y dominan nuestros sentimientos, nuestros afectos y toda nuestra sensibilidad. Toda esa parte de nuestra naturaleza se ve atenazada por ellos y los ama¬mos. Leamos Juan 3;19. “Esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinie¬blas que la luz, porque sus obras eran malas.” Amamos estas cosas. Pretendemos que sólo nos gustan, pero en rea¬lidad las amamos. Nos mueven profundamente. Lo siguiente que dice acerca de ellas es un poco más deli¬cado. No sólo atenazan el corazón, sino también la men¬te. Nuestro señor lo expresa así: “La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará Heno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo es¬tará en tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinie¬blas, ¿cuantas no serán las mismas tinieblas?” (versículos 22-23). Esta ilustración del ojo es el ejemplo del cual se Vale para explicarnos la manera en que miramos las cosas. Y según nuestro Señor, no hay sino dos maneras de mirar todas las cosas del mundo. Hay lo que Él llama ojo ‘bueno’, el ojo del hombre espiritual que ve las cosas real¬mente como son, verdaderamente y sin dobleces. Sus ojos son claros y ve todo normalmente. Pero hay el otro ojo que llama el ojo ‘maligno’, que es una especie de visión doble, o, si se prefiere, es el ojo en el cual la lente no está clara. Hay sombras y opacidades, y se ven las cosas de una manera confusa. Éste es el ojo maligno. Está coloreado por ciertos prejuicios, por ciertos placeres y deseos. No es una visión clara; todo está nublado, coloreado por estos varios tintes y matices variados. Éste es el significado de la afirmación que tan a menudo ha confundido a la gen¬te, porque no la toma en su contexto. Nuestro Señor en ese cuadro sigue tratando acerca del tema de hacerse teso¬ros. Habiendo mostrado que el corazón está donde está el tesoro, dice que no toca solamente al corazón, sino tam¬bién a la mente. Esto es lo que domina al hombre.
Elaboremos el principio. ¿No es sorprendente advertir cuántos pensamientos nuestros se basan en estos tesoros terrenales? Los pensamientos divididos, en casi todos los ámbitos, se deben casi completamente al prejuicio, no al pensamiento puro. Cuan poco se piensa en este país con ocasión de las elecciones generales, por ejemplo. Ninguno de los protagonistas razona; simplemente presentan pre¬juicios. Cuan poco pensamiento hay en ambos lados. Es¬to es muy obvio en el ámbito político. Pero por desgracia no se limita a la política. Esta visión confusa debida al amor de los tesoros terrenales, tiende a afectarnos también moralmente. ¡Somos muy inteligentes para explicar que algo que estamos haciendo no es realmente deshonesto! ¡Claro que si un hombre rompe una ventana y roba joyas es un ladrón; pero si yo me limito a manipular la declaración de impuestos… claro que esto no es robar, decimos, y nos persuadimos a nosotros mismos de que está bien. En últi¬mo término, no hay sino una razón por la cual hacemos estas cosas, y esto es nuestro amor por los tesoros terrena¬les. Semejantes cosas controlan la mente tanto como el co¬razón. Nuestros puntos de vista y toda nuestra perspecti¬va ética se ven dominadas por ellas.
Incluso, peor que eso, nuestra perspectiva religiosa tam¬bién se ve dominada. “Demás me ha desamparado” – escribe Pablo-. ¿Por qué? “Amando este mundo.” Cuan a menudo se ve esto en asuntos de servicio cristiano. Esas son las cosas que determinan nuestra acción, aunque no lo reconozcamos. Nuestro Señor dice en otro lugar: “Mi¬rad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día. Porque como un lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra. Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar de pie delante del Hijo del Hombre” (Le. 21: 34-36). No son solamente las accio¬nes malas las que abotargan la mente y nos hacen incapa¬ces de pensar con claridad. Los cuidados de este mundo, el establecerse en la vida, el disfrutar de nuestra vida y nues¬tra familia, nuestra posición en el mundo o nuestras co¬modidades -todas estas cosas son tan peligrosas como el comer excesivamente o la borrachera. No cabe duda de la llamada sabiduría que los hombres se atribuyen en este mundo, en último análisis, no es más que la preocupación por las cosas terrenales.
Pero finalmente, esas cosas no sólo se apoderan del co¬razón y la mente, también afectan la voluntad. Dice nues¬tro Señor, “Ninguno puede servir a dos señores”; y en cuan¬to mencionamos la palabra ‘servir’ entramos en el ámbito de la voluntad, en el ámbito de la acción. Fijémonos en ‘o lógico que es esto. Lo que hacemos es el resultado de lo que pensamos; de manera que lo que va a determinar nuestra vida y el ejercicio de nuestra voluntad es lo que Pensamos, y esto a su vez depende de dónde está nuestro tesoro -nuestro corazón. Podemos pues resumirlo así: Esos tesoros terrenales son tan poderosos que dominan la personalidad entera. Se apoderan del corazón del hombre, de su mente y de su voluntad; tienden a afectar a su espí¬ritu, a su alma y a todo su ser. Cualquiera que sea el ám¬bito de la vida que examinemos, o acerca del cual pense¬mos, encontraremos estas cosas. Afectan a todo el mun¬do; son un peligro terrible.
Pero el último paso es el más solemne y grave de todos. Debemos recordar que la forma de considerarlas determi¬na en último término nuestra relación con Dios. “Ningu¬no puede servir a dos señores; porque, o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas!’ Esto es realmen¬te algo muy solemne, y por eso la Biblia se ocupa de ello tan a menudo. La verdad de esta proposición es obvia. Am¬bos quieren un dominio total sobre nosotros. Las cosas del mundo en realidad tratan de dominarnos en forma totali¬taria, como hemos visto. ¡Cómo tienden a apoderarse de toda la personalidad y a afectarnos en todo! Exigen nues¬tra devoción total; desean que vivamos para ellos en for¬ma absoluta. Sí, pero también lo hace Dios. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente!’ No en el sentido material necesaria¬mente, pero en un sentido u otro nos dice: “Ve, vende to¬do cuanto tienes, y ven y sígueme”. “El que ama a su pa¬dre o a su madre más que a mí no es digno de mí: y el que ama a su hijo o hija más que a mí no es digno de mí!’ Es una exigencia totalitaria. Adviértase de nuevo en el ver¬sículo 24: “O aborrecerá al uno y amará al otro, o estima¬rá al uno y menospreciará al otro’.’ Es una disyuntiva; los términos medios son completamente imposibles. “No po¬déis servir a Dios y a las riquezas!’
Esto es algo tan sutil que muchos de nosotros en estos tiempos ni lo percibimos. Algunos nos oponemos violen¬tamente a lo que se llama ‘materialismo ateo’. Pero para evitar sentirnos demasiado satisfechos de nosotros mismos por oponernos a eso, fijémonos en que la Biblia nos dice que todo materialismo es ateo. No se puede servir a Dios y a las riquezas; es imposible. De modo que si una pers¬pectiva materialista nos está dominando, somos impíos, sea lo que fuere lo que digamos. Hay muchos ateos que hablan de forma religiosa; pero nuestro Señor nos dice aquí que peor que el materialismo ateo es el materialismo que piensa que es religioso -“si la luz que en ti hay es tinie¬blas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?” El hombre que piensa que es religioso porque habla acerca de Dios, y dice que cree en Dios, y va a un lugar de culto de vez en cuando, pero en realidad vive para ciertas cosas terre¬nales -¡qué grandes son las tinieblas de ese hombre! Hay una ilustración perfecta de esto en el Antiguo Testamen¬to. Estudiemos cuidadosamente 2 Reyes 17: 24-41. Esto es lo que se nos dice: Los asirios conquistaron una zona; luego tomaron a su propia gente e hicieron que se estableciera en ella. Estos asirios, desde luego, no adoraban a Dios. Entonces algunas fieras vinieron y destruyeron sus propie¬dades. “Esto -dijeron- nos ha sucedido porque no ado¬ramos al Dios de esta tierra. Consigamos a algún sacer¬dote que nos instruya!’ Encontraron, pues, a un sacerdote que los instruyó acerca de la religión de Israel. Y entonces pensaron que todo iría bien. Pero dice la Biblia acerca de ellos que: “temieron a Jehová aquellas gentes, y al mismo tiempo sirvieron a sus ídolos!’
Qué terrible es esto. Me alarma de verdad. Lo que im¬porta no es lo que decimos. En el último día muchos di¬rán, “Señor, Señor, ¿acaso no hemos hecho esto y aquello y lo de más allá?” Pero Él les dirá, “no os conozco”. “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.” ¿A quién servimos? Ésta es la pregun¬te» y es o a Dios o a las riquezas. No hay nada que ofenda tanto a Dios como tomar su nombre y sin embargo mostrar claramente que estamos sirviendo a las riquezas en al¬guna forma. Esto es lo más terrible de todo. Es la ofensa más grave a Dios; y cuan fácil es que inconscientemente todos nosotros nos podamos hacer culpables de esto.
Recuerdo en cierta ocasión haber oído a un predicador que contó un relato, que según él era verdadero. Ese rela¬to ilustra perfectamente el punto que estamos examinan¬do. Es la historia de un campesino que un día se fue con mucho gozo y alegría de corazón a informar a su esposa y familia que su mejor vaca había parido dos terneros, uno rojo y otro blanco. Y dijo, “saben que de repente he senti¬do el impulso de que debemos dedicar uno de estos terne¬ros al Señor. Los criaremos juntos, y cuando llegue el mo¬mento, venderemos uno y nos guardaremos el dinero, y el otro también lo venderemos pero daremos lo que saque¬mos de él para la obra del Señor!’ Su esposa le preguntó cuál de los dos iba a dedicar al Señor. “No hay por qué preocuparse de esto ahora”, replicó, “los trataremos igual a los dos, y cuando llegue el momento haremos lo que di¬je!’ Y se fue. Al cabo de unos meses el hombre entró en la cocina con aspecto deprimido e infeliz. Cuando su es¬posa preguntó qué le sucedía, contestó, “tengo malas noti¬cias. El ternero del Señor se murió”. “Pero -dijo ella- no habías decidido cuál era el ternero del Señor”. “Oh sí -res¬pondió- había decidido que era el blanco, y es el blanco el que ha muerto. El ternero del Señor ha muerto!’ Quizá nos haga reír la historia, pero Dios no quiera que nos es¬temos riendo de nosotros mismos. Siempre es el ternero del Señor el que muere. Cuando el dinero escasea, lo pri¬mero que economizamos es nuestra contribución para la obra del Señor. Es siempre lo primero que falta. Quizá no deberíamos decir ‘siempre’, porque esto no sería justo; pe¬ro en muchos casos sí es lo primero, y las cosas que nos gustan son las últimas en sufrir. “No podéis servir a Dios y a las riquezas!’ Estas cosas tienden a interponerse entre nosotros y Dios, y nuestra actitud hacia ellas en último término determina nuestra relación con Dios. El simple he¬cho de que creemos en Dios y lo llamemos Señor, Señor, y lo mismo en el caso de Cristo, no es prueba en sí misma y por sí misma de que lo estamos sirviendo, de que reco¬nocemos sus exigencias totalitarias, y de que nos hemos rendido alegre y totalmente a Él. “Pruébese cada uno a sí mismo.”

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