05-EL CARACTER DEL OBRERO DEL SEÑOR – Cualidad:SER DILIGENTES – Watchman Nee

CAPÍTULO CINCO
SER DILIGENTES

La vida diaria de un obrero cristiano frecuentemente determina si es apto o no para la obra del Señor. Algunos jóvenes manifiestan cualidades prometedoras que dan cierta confianza de que un día llegarán a ser siervos útiles de Cristo.


Desde el principio dan la impresión de que son semillas buenas, que florecerán y darán fruto. Mientras otros, debido a que confían mucho en sí mismos y tienen un alto concepto de sí mismos, en poco tiempo se desvían del camino. Además de resultar inútiles, traen deshonra al nombre del Señor. Eligen lo que está en el camino ancho y fácil. Además hay otros que no son muy notorios al principio; sin embargo, con los años, demuestran que son valiosos delante del Señor. Quizás se pregunten cómo podemos explicar estas grandes diferencias. Permítanme contestarles francamente que existen ciertos rasgos fundamentales en la constitución y el carácter de cada persona, que determinan quién puede ser útil en el servicio del Señor. Sin estos rasgos nadie puede ser de utilidad al Señor. Un joven puede ser muy prometedor en muchas áreas, pero si tiene carencias en estos rasgos fundamentales, simplemente no puede trabajar para el Señor, aunque tenga un deseo genuino de servir y aunque se haya preparado para ello.
Tal persona nunca podrá llevar a cabo una labor adecuada para el Señor. Nunca hemos conocido a nadie que sea un buen obrero del Señor y no pueda controlar su cuerpo. No sé cómo se desempeñen estas personas en otros trabajos, pero yo nunca he conocido a una persona que sin ser capaz de controlar y gobernar su cuerpo, haya demostrado ser un siervo útil del Señor, ni tampoco he conocido a nadie que, aunque sin estar dispuesto a sufrir, pueda servir al Señor con eficacia.
Tampoco he conocido a nadie que sin saber escuchar a los demás sea bueno en el servicio. Todos los siervos del Señor tienen ciertos rasgos básicos en su carácter.
En otras palabras, ellos necesitan poseer tales requisitos, por lo que tenemos que pedir la misericordia del Señor para que se nos conceda cumplir estos requisitos, a fin de que podamos servir al Señor de una manera adecuada. Servir al Señor no es muy sencillo. Se requiere pasar por el proceso de derrumbar el hombre exterior y reedificarlo. Si usted es una persona impropia, ligera e indisciplinada en muchas áreas, simplemente no es apto para hacer la obra del Señor. Muchos no son aptos para laborar en la obra del Señor debido a que tienen defectos en su carácter y en su personalidad, y no porque carezcan de la técnica, conocimiento o doctrina para ello. En muchos casos esto es lo que retrasa la obra del Señor.
Debemos aprender a escuchar a los hermanos, a humillarnos delante del Señor, a buscarle y a entrar en tratos con Él en muchos aspectos. Nunca debemos menospreciar el entrenamiento de nuestro carácter. Si nuestro carácter y manera de ser no pasan por la severa obra constitutiva del Espíritu, no podemos esperar mucho resultado de nuestra obra. No podemos descuidar nada del entrenamiento básico de nuestro carácter. Si nuestro carácter ha sido constituido por el Señor, entonces podemos trabajar para Él. Si no tenemos tal carácter, simplemente no podremos trabajar para Él. Es necesario invertir tiempo delante del Señor para tratar con estos rasgos del carácter uno por uno.

En este capítulo veremos un aspecto del carácter: la diligencia.
UNO
En Mateo 25:18, 24-28, y 30 dice: “Pero el que había recibido uno fue y cavó en la
tierra, y escondió el dinero de su señor … Pero acercándose también el que había
recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas
donde no sembraste y recoges donde no aventaste; por lo cual tuve miedo, y fui y
escondí tu talento en la tierra; mira, aquí tienes lo que es tuyo. Respondiendo su
señor, le dijo: Esclavo malo y perezoso, sabías que siego donde no sembré, y que
recojo donde no aventé. Por tanto, debías haber entregado mi dinero a los
banqueros, y al venir yo, hubiera recobrado lo que es mío con los intereses.
Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos. Y al esclavo inútil
echadle en las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el crujir de dientes”. Este
pasaje nos muestra que uno de los requisitos básicos de un obrero del Señor es la
diligencia. Claramente se nos presenta el doble problema fundamental en la vida
de un siervo: él era ambas cosas: “malo” y “perezoso”. Su maldad se manifestó al
decir que su amo era hombre duro, que siega donde no ha sembrado y recoge
donde no aventó. No abordaremos este aspecto de su carácter; más bien
hablaremos del segundo, que es su pereza. Él escondió su talento en la tierra
porque su corazón era malo y sus manos eran perezosas. En su corazón tenía
ciertos pensamientos acerca de su amo. Estos pensamientos eran malignos.
Además, no hizo con el talento lo que debía haber hecho, sino que lo escondió en
la tierra. Esto es sencillamente pereza. Queremos prestar atención a este aspecto
de su carácter. Un carácter perezoso es la debilidad más grande de muchas
personas.
Las personas perezosas nunca buscan cosas que hacer. Y si algún trabajo les llega,
procuran evadirlo. Muchos cristianos adoptan esta misma actitud: ellos no le dan
importancia ni a los asuntos grandes ni a los pequeños. Siempre tratan de reducir
el trabajo; un trabajo grande lo consideran pequeño y un trabajo pequeño lo
consideran como nada. Esta es siempre su actitud. Basados en nuestra
experiencia, podemos decir que sólo una clase de persona es útil: los que son
diligentes. Una persona perezosa es detestable. Cierta vez un hermano dijo que ni
siquiera Satanás puede hacer nada con una persona perezosa. Proverbios 19:24
dice: “El perezoso mete su mano en el plato, y ni aun a su boca la llevará”. Es
difícil que un perezoso haga algo; y le es difícil porque tiene miedo de cansarse.
Lleva la mano al plato, pero le parece difícil llevarla a la boca de nuevo. Tiene que
comer, pero desea que otros le llevaran la comida del plato a la boca. Si hay
alguna persona inútil en la tierra, esa tiene que ser una persona perezosa. Dios no
va a usar a ninguna persona perezosa. Hermanos y hermanas, ¿alguna vez han
conocido a un obrero cristiano que sea eficiente y que al mismo tiempo sea
perezoso? Todos aquellos que son usados por Dios laboran y trabajan
diligentemente en el servicio del Señor; siempre están pendientes de no
malgastar su tiempo ni su energía. Pero aquellos que siempre están buscando una
oportunidad para descansar y distraerse, no son dignos de ser llamados siervos
de Dios. Un siervo de Dios no debe adoptar un vivir ocioso. Más bien, debe
esforzarse por aprovechar cada oportunidad que se le presenta.
Consideremos a los apóstoles del Nuevo Testamento, desde Pedro hasta Pablo.
¿Podemos encontrar pereza alguna en ellos? No mostraron ningún indicio de
pereza. No pensaron en malgastar su tiempo. Todos ellos laboraron
diligentemente y buscaron toda oportunidad para servir al Señor. Pablo dijo:
“Que proclames la palabra, que te mantengas preparado a tiempo y fuera de
tiempo; convence, reprende, exhorta con toda longanimidad y enseñanza” (2 Ti.
4:2). La proclamación de la palabra debe ser hecha a tiempo y fuera de tiempo.
Tenemos que laborar diligentemente, ya sea a tiempo o fuera de tiempo. Todo
obrero del Señor tiene que trabajar a tiempo y fuera de tiempo. Esto implica que
tiene que ser muy diligente. Todos los apóstoles eran sumamente diligentes.
Pensemos en la enorme cantidad de trabajo que realizó el apóstol Pablo.
Podremos llegar a los ochenta años de edad y no haber hecho ni una décima parte
de lo que él hizo. Tenemos que darnos cuenta de que todos los siervos del Señor
son diligentes. Al considerar la obra de Pablo, podemos ver que él fue
verdaderamente diligente. En él no hubo negligencia alguna. Él estaba siempre
viajando de un lugar a otro, predicando el evangelio dondequiera que iba, o
discutiendo resueltamente con individuos y enseñándoles. Aun cuando estaba en
prisión, continuó escribiendo sus Epístolas. Las epístolas que tocaron la cumbre
de las revelaciones espirituales fueron todas escritas en una celda de la prisión.
Aunque estaba atado dentro de los muros de la prisión, la palabra de Dios no
estaba presa. Pablo fue un hombre verdaderamente diligente. Él era como su
Amo, quien nunca fue perezoso.
En el idioma original del Nuevo Testamento, hay tres palabras griegas que
significan “pereza”. La primera es argos, la segunda es nothros y la tercera es
okneros. Las tres palabras significan “pereza”. Éstas se traducen de manera
diferente en el Nuevo Testamento (1 Ti. 5:13; Ro. 12:11; He. 5:11; 6:12; Mt. 12:36;
20:3, 6; 2 P. 1:8; Fil. 3:1; Tit. 1:12). Ya sea que se traduzcan como ocioso,
perezoso, lento, molesto o desocupado, todas significan rehusar el trabajo o estar
renuente a hacer las cosas. Ser perezosos es ignorar el trabajo o diluirlo hasta que
se convierta en nada. Cuentan un chiste acerca de un portero cuya
responsabilidad era abrir la puerta cuando algún visitante tocara el timbre. Un
día alguien llamó a la puerta pero él no le abrió. Cuando le preguntaron por qué
no la abría, él contestó: “¡Estoy esperando que el timbre deje de sonar!”. Los
visitantes estaban esperando para entrar, pero él estaba esperando a que el
timbre dejara de sonar. Hermanos y hermanas, ¿qué clase de persona es esta?
Lamentablemente, ésta es la manera en que muchos se comportan en la obra de
Dios. Ellos esperan que las cosas se desvanezcan. Pero aun cuando las
necesidades sigan ahí, esperan que éstas no sean una carga para ellos. Se dicen a
sí mismos: “¡Cómo le agradecería al Señor si estas cosas se desaparecieran y no
tuviera que bregar con ellas!”. ¿Qué es esto? No es otra cosa que pereza.
¿Qué es la pereza? Es dejarlo todo para después, alargar el trabajo lo más que sea
posible para hacer algo. Tal vez un trabajo se pueda hacer en un día, pero esa
clase de personas lo alargan para hacerlo en diez días; o quizás se pueda hacer en
un mes, pero ellos lo alargan hasta tres meses. Toman su tiempo para terminar el
trabajo. Eso no es otra cosa que pereza. Algunas veces esta palabra se traduce
como “desocupado” (Mt. 20:3, 6). Una persona desocupada se mueve sin ninguna
meta. Nunca se decide a actuar o no actuar, y nunca se centra en lo que tiene que
hacer. En Filipenses 3:1 este término se traduce como “molesto”. Pablo dijo: “A
mí no me es molesto el escribiros las mismas cosas, y para vosotros es seguro”.
Tan pronto se pone algo en los hombros de algunos hermanos y hermanas, estos
rehúsan tomarlo. Les es molesto. Se lamentan y se quejan. Pareciera como si se
les hubiera pedido que hicieran una tarea imposible o que se les hubiera puesto
encima una carga muy pesada. Pablo no actuó de esa manera. Él estaba en la
prisión cuando escribió las Epístolas. En verdad, sería un reto para cualquiera
escribir en una situación tan terrible como la de él. No obstante, cuando Pablo les
escribió a los Filipenses, les exhortó a que se regocijaran. “Regocijaos en el Señor
siempre” (4:4). En cuanto a sus circunstancias, ciertamente estaba en graves
dificultades. Sin embargo, dijo: “A mí no me es molesto el escribiros las mismas
cosas”. Él no era perezoso en absoluto. No consideraba que era una molestia
escribirles, sino más bien, para él era un motivo de gozo. No conocía lo que era la
ociosidad. En Pablo podemos ver un celo que es sobresaliente y que es común
entre todos los siervos de Dios. Los siervos de Dios no son perezosos y no
consideran una molestia el aceptar los retos que se les presenten.
Muchos hermanos y hermanas han llegado a ser inútiles en el servicio de Dios
porque tienen temor a tomar cualquier responsabilidad. Todo les causa molestia.
Siempre esperan recibir menos trabajo. Preferirían tener menos responsabilidad
que más responsabilidad, o de ser posible, ninguna responsabilidad. No tienen un
carácter diligente. Si somos perezosos, estamos descalificados no sólo para el
servicio de Dios, sino también para servir a los hombres. Muchos hermanos y
hermanas no pueden ser siervos del Señor debido a que son perezosos. Algunos
que se llaman siervos de Dios se sientan sobre un pedestal, haciéndose
superiores, y pareciera que nadie pudiera decirles nada, ni tener control sobre
ellos, ni tocarlos en absoluto. Se consideran siervos solamente de Dios. Si
cambiaran de amo por un momento, se dejaría ver que son un fracaso total. Ni
siquiera un amo terrenal les permitiría ser tan descuidados como ellos son.
Nuestra manera de ser y de actuar tienen que estar ejercitados de tal manera que
nunca retrocedamos ante los problemas que se nos presenten, sino que
prefiramos el servicio y el sacrificio por el pueblo de Dios tanto en el aspecto
material como en el físico. Debemos preferir laborar y trabajar con nuestras
propias manos. ¡Si esta no es nuestra norma, no estamos calificados para ser
llamados siervos de Dios! Pablo dijo: “Vosotros mismos sabéis que para lo que
me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han
servido” (Hch. 20:34). Él tenía dos buenas manos que no eran perezosas en
absoluto; trabajaban durante el día y durante la noche. Una persona así es un
verdadero siervo de Dios.
DOS
¿Qué es diligencia? Es lo opuesto a pereza; es no rehuir a la responsabilidad. Una
persona diligente no trata de reducir su trabajo procurando no trabajar en
absoluto. Por el contrario, trata de crear trabajo donde no hay. En el servicio del
Señor, si no procuramos buscar trabajo, es muy posible que nos tomemos uno o
dos días de descanso. No debemos ser aquellos que esperan cómodamente hasta
que algún trabajo se presente. Si sólo laboramos cuando algún trabajo aparece,
no somos personas diligentes. Una persona diligente nunca está ociosa; siempre
está buscando qué hacer. Siempre está analizando, orando, contemplando y
considerando delante de Dios qué debe hacer. A menos que uno tenga esta
práctica, puede ser que no encuentre nada que hacer. Si sólo actuamos “por lo
que dice el libro”, tal vez pronto descubramos que ya no queda mucho “del libro”
por hacer. Debemos tener la expectativa de siempre encontrar mucho que hacer
en la obra Dios. Debemos descubrir muchas necesidades. Para ello, tenemos que
orar mucho al Señor y buscarle constantemente. Debemos estar atentos, y tan
pronto veamos algo que se requiera hacer, debemos llevarlo a cabo. Al terminar
un trabajo, debemos esperar en el Señor y buscarle nuevamente, y tan pronto
encontremos algo más que hacer, debemos emprenderlo. Después de esto,
debemos buscar la voluntad de Dios una vez más y tomar otra tarea. Esto es lo
que significa servir a Dios. El Señor dijo: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y Yo
también trabajo” (Jn. 5:17). No debemos cambiar este versículo para que diga:
“Mi Padre hasta ahora descansa, y Yo también descanso”. La ociosidad no es
nuestro camino; más bien, nuestro camino debe ser: “Mi Padre hasta ahora
trabaja, y Yo también trabajo”.
Debemos preguntarle al Señor: “¿Qué trabajo tienes para mí?”. Después de la
conversación que el Señor sostuvo con la mujer samaritana, Él les hizo una
pregunta muy extraña a Sus discípulos: “¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro
meses para que llegue la siega? He aquí Yo os digo: Alzad vuestros ojos y mirad
los campos, porque ya están blancos para la siega” (4:35). Según los discípulos, la
siega no estaría lista hasta cuatros meses después, pero según el Señor, la siega ya
había llegado. Desde la perspectiva del hombre, se tenían que esperar cuatro
meses, pero el Señor dijo: “Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya
están blancos para la siega”. Hoy en día hay una carencia de hombres que alzen
sus ojos. Todos quieren esperar cuatro meses para trabajar. Hoy muchos se
quedan en casa en lugar de viajar por el camino de Dios. Sus ojos no están
centrados en lo que Dios está haciendo hoy. En Juan 5:17 el Señor dijo que Él
siempre estaba haciendo lo que Su Padre le había enviado a hacer, y en Juan 4:35
Él nos pidió que alcemos la vista y miremos. Si no alzamos la vista, no veremos
nada. La obra está por completo relacionada con el asunto de la diligencia. Esto
incluye el hecho de que estemos conscientes de la situación. No es una cuestión
de tomar cuidado sólo de lo que está en nuestras manos, sino que es un asunto de
alzar nuestros ojos y buscar cosas que hacer. Dios se está moviendo y actuando
detrás de muchas cosas; así que tenemos que levantar nuestros ojos a fin de
buscarlas y encontrarlas. Tenemos que levantar nuestros ojos para ver la siega y
ver si ya está madura. Una vez miramos, encontraremos mucho trabajo que
hacer. Es muy extraño que muchos se encuentren ociosos; tal pareciera que no
tienen nada que hacer.
Aquellos que tienen la intención de trabajar siempre encuentran algo que hacer.
Pero los que no tienen ninguna intención de trabajar siempre temen que les
llegue trabajo. Una persona diligente siempre espera en Dios. Tan pronto como
está libre, acude al Señor en busca de cosas que hacer. Siempre está buscando
una oportunidad para trabajar. Un hermano dijo en cierta ocasión: “El hermano
fulano no está haciendo su trabajo. Hay tantos hermanos visitantes de otras
ciudades y él no invierte nada de tiempo para tener comunión con ellos”. Otro
hermano le preguntó: “¿Por qué no se lo dices?”. El primero contestó: “¿Es esto
algo que se tiene que decir?”. Esto es cierto, un siervo del Señor siempre debe
estar esperando que el Señor le indique qué hacer. Por supuesto, esto no significa
que deba actuar ostentosamente procurando que los demás lo noten. Más bien, lo
que significa es que el siervo del Señor siempre debe estar buscando la dirección
de Dios, mirándole atentamente. Debe cultivar el hábito de alzar sus ojos y mirar.
Si realmente está ocupado, Dios no lo cargará con más trabajo. Pero tan pronto
tenga tiempo disponible, debe preguntar: “Señor, ¿qué quieres que haga?”. Tan
pronto alcemos nuestros ojos, descubriremos que muchas personas necesitan de
nuestro servicio.
Si una persona nunca tiene nada que hacer, sólo puede haber una razón para ello:
que está acostumbrada a ser haragán; lleva una vida de ociosidad, y es perezosa
por naturaleza. Cuando se le encarga hacer algo, tarda más de diez días en
terminarlo, mientras que otros pueden acabarlo en un solo día. No tiene ninguna
motivación para trabajar. Hermanos y hermanas, debemos buscar activamente el
trabajo. Si no buscamos a Dios para que nos asigne trabajo, ni oramos por trabajo
ni encontramos nada que hacer, somos perezosos y no podremos lograr mucho
en la obra. Incluso si se nos conceden cinco o diez años más, aun así no haremos
mucho con nuestra obra.
Un requisito básico para un obrero del Señor es tener una vista aguda. Tan
pronto como surge una necesidad, debe saber qué hacer y cómo actuar. Sin esta
característica, no encontrará nada que hacer. Nuestro espíritu tiene que ser
sensible al Señor. Si no somos sensibles, seremos lentos para reaccionar, por lo
que tenemos que estar atentos y alzar nuestros ojos. No debemos dejarnos llevar
por lo que otros dicen. No debemos suponer que aún faltan cuatro meses para la
siega. Tenemos que escuchar lo que el Señor está diciendo: “He aquí Yo os digo:
Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega”.
Es asombroso que algunos caminen por los campos todos los días y no tengan
ojos para mirar. ¡Ellos piensan que aún tienen que esperar otros cuatro meses!
¡Pasan todos los días a un lado de las necesidades, pero aun así, no encuentran
nada qué hacer! Tienen al frente el trabajo que deben hacer; sin embargo, siguen
diciendo que no saben lo que deben hacer. ¡Qué extraño es esto! Hermanos y
hermanas, nunca hemos visto que Dios use a una persona perezosa. Sólo usa a
aquellos que están dispuestos a gastar sus energías, quienes siempre están
buscando algo que hacer y quienes no son sueltos. Ellos guardan celosamente
cada minuto que pasa y nunca dejan para mañana lo que pueden hacer hoy.
Aquellos que son sueltos con su tiempo son de poca utilidad en las manos del
Señor. Algunos no se mueven a menos que otros los empujen a hacerlo. Son como
los relojes de péndulo; uno tiene que empujarlos y ponerlos en movimiento para
que funcionen. Si nadie les da cuerda, no harán nada por sí solos. Tales personas
son de poca utilidad en la obra de Dios. No importa donde vayamos, dondequiera
que encontremos hermanos que estén laborando y trabajando diligentemente allí
hallaremos buenos resultados. Dios ha hecho grandes obras en muchos lugares
porque muchas personas han laborado diligentemente sin que nadie los vea. Pero
la obra de Dios sufre retrasos en algunos lugares porque algunos han sido
perezosos. Nunca hemos visto a una persona perezosa que haya sido usada
grandemente por Dios. A menudo, la razón fundamental del fracaso en la obra no
es nada más que la pereza.
La palabra diligencia en griego es spoude o spoudazo. También se traduce como
celo, solicitud, ansias o prisa. (Ro. 12:8, 11; 2 Co. 7:11-12; 8:7-8, 16; He. 4:11; 6:11;
2 P. 1:5, 10; 3:14; Gá. 2:10; 2 Ti. 2:15; 4:9, 21; Tit. 3:12; Jud. 3; 1 Ts. 2:17; Ef. 4:3;
2 P. 1:15; Mr. 6:25; Lc. 1:39). Romanos 12:11 pone junta las palabras diligencia
(celo) y perezoso. Este versículo dice: “En el celo, no perezosos”. En otras
palabras, ser perezosos equivale a no ser diligentes. En el trabajo espiritual, uno
debe contar por diez o hasta por cien personas. Si los siervos de Dios son
perezosos, no se puede llevar a cabo ningún trabajo. Si somos perezosos y hacen
falta diez de nosotros para hacer el trabajo de un solo hombre, ¿cómo podremos
satisfacer la necesidad de la obra? Hermanos y hermanas, debemos adquirir un
carácter diligente. Si nuestro trabajo es abrumador o no, es un asunto secundario.
El asunto principal es si tenemos un carácter diligente o no. Debemos estar
desesperados por buscar trabajo delante del Señor. Por supuesto, esto no
significa que debamos aparentar que estamos ocupados. Es inútil aparentar.
Debemos ser diligentes, y esto significa que no debemos temerle a la
responsabilidad, que debemos servir al Señor con celo y estar fervientes en
espíritu. Tenemos que averiguar qué podemos hacer en el servicio de Dios. Tal
vez esto no se manifieste en actividades externas, pero sí debe manifestarse en
nuestro carácter y en nuestra manera de ser. Si somos perezosos por naturaleza,
será inútil que estemos ocupados diez horas al día por algún tiempo, porque
finalmente volveremos a nuestros hábitos antiguos. Si hemos de ser útiles al
Señor, necesitamos un carácter diligente y serio. Algunas personas pueden
obligarse a trabajar por dos horas, pero en esencia aún son perezosos, le siguen
teniendo temor a las responsabilidades. Oran día y noche para que sus
responsabilidades se reduzcan o se eliminen por completo, y añoran el día en que
no tengan ninguna responsabilidad. Esta no es la manera en la que el Señor
trabaja. Él vino al mundo a buscar hombres que tomen responsabilidades. Él dijo
que vino “a buscar y salvar lo que se había perdido”. Él no vino sólo a tener
contacto con ellos, sino que vino a buscarlos. Necesitamos tener esta clase de
carácter para seguir adelante con el Señor.
En 2 Pedro 1:5-7 dice: “Poniendo toda diligencia, desarrollad abundantemente en
vuestra fe virtud; en la virtud, conocimiento; en el conocimiento, dominio propio;
en el dominio propio, perseverancia; en la perseverancia, piedad; en la piedad,
afecto fraternal; en el afecto fraternal, amor”. Esto es diligencia. Pedro, en el
griego, usó seis veces la expresión “y en”. Esto muestra que un hombre diligente
siempre le añade a lo que ya tiene; no se contenta con lo que tiene. Debemos
cultivar tal carácter. Siempre debemos añadir a lo que tenemos y nunca
detenernos. Siempre debemos estar “añadiendo … y en”. Tenemos que
esforzarnos para siempre avanzar. Esta es la única manera de ver resultados. Si
somos apáticos y perezosos por naturaleza, no llegaremos a ninguna parte.
Algunas personas no sienten responsabilidad alguna en la obra de Dios; no
sienten ninguna carga sobre sus hombros. Nunca han pensado en mejorar ni
extender su obra. Nunca han pensado en ganar más personas para el Señor ni en
esparcir el evangelio a las partes más remotas de la tierra. Pueden tolerarlo todo.
¿Cómo puede Dios usar a tales personas? Si no ven que nadie se salva hoy, lo
aceptan como algo normal. Tampoco se alarman si nadie se salva el día siguiente.
¿Cómo pueden tales personas trabajar para Dios? ¿Cómo se puede llevar a cabo el
propósito de Dios con tales obreros. Dios necesita obreros que no se den por
vencidos, sino que siempre busquen añadir a lo que ya tienen. Sólo tales personas
pueden participar en la obra del Señor. Leamos de nuevo las palabras de 2 Pedro
1:5-8: “poniendo toda diligencia, desarrollad abundantemente en vuestra fe
virtud; en la virtud, conocimiento; en el conocimiento, dominio propio; en el
dominio propio, perseverancia; en la perseverancia, piedad; en la piedad, afecto
fraternal; en el afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y
abundan, no os dejarán ociosos ni sin fruto para el pleno conocimiento de
nuestro Señor Jesucristo”. Pedro dijo que debíamos ser más diligentes. ¿Cómo
podemos ser diligentes? Añadiendo a lo que ya tenemos. Esta es la manera de ser
librados de la pereza. En otras palabras, la pereza sólo se puede neutralizar con la
diligencia. ¿Cómo podemos volvernos diligentes? Siempre añadiendo e
incrementando a lo que ya tenemos. Siempre debemos sentir que no tenemos lo
suficiente; no debemos estar conformes con lo que hemos logrado y no debemos
detenernos hasta que abundemos y ya no estemos sin fruto en el pleno
conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Hermanos y hermanas, tenemos que
combatir nuestra indolencia añadiendo “y en”. Debemos prestar atención a la
palabra de Pedro. Si sólo predicamos la doctrina de la diligencia, sólo
exhortaremos a otros a que sean diligentes y sólo necesitamos decirlo una vez,
pero Pedro repitió este patrón varias veces, del versículo 5 al 7. Él nos estaba
mostrando que únicamente se puede ser diligente cuando se añade una y otra vez
a lo que ya se tiene, hasta que se posean estas cosas en abundancia. Esta es la
única manera de no estar ociosos ni sin fruto. Hermanos y hermanas,
necesitamos orar para que Dios cambie nuestro carácter. No queremos ser
perezosos. Queremos ser aquellos que laboran con alegría, que están dispuestos a
trabajar y que buscan constantemente la oportunidad de servir al Señor.
Pedro no se detuvo aquí, sino que prosiguió. Leamos el versículo 15, donde dice:
“También yo procuraré con diligencia que después de mi partida vosotros podáis
en todo momento tener memoria de estas cosas”. La palabra diligencia se usa
aquí una vez más. Pedro les encargó diligentemente que recordaran estas cosas.
Tal vez él había visto entre ellos demasiados perezosos, por eso tuvo que
recordarles estas cosas con diligencia. Hermanos y hermanas, tenemos que
aprender a servir a nuestro Dios de manera diligente y seria. Debemos
aprovechar cada oportunidad para servirle. Además necesitamos poseer una
disposición y un carácter siempre diligentes. Un buen obrero es aquel que tiene
no sólo sus manos y pies en la obra, sino también su mente y su corazón. Si una
persona no es diligente, no será de mucha utilidad en la obra del Señor. Una
persona que es perezosa por naturaleza, le será completamente inútil al Señor
aunque su doctrina sea muy buena. Todo aquel que le tema al trabajo y a la
responsabilidad y que no tenga el deseo de hacer nada, no es apto para servir a
Dios. Tal clase de persona no es útil para la obra.
Las dos Epístolas a Timoteo y la Epístola a Tito son cartas acerca de la obra del
Señor. En 2 Timoteo 4:9 dice: “Procura con diligencia venir pronto a verme”. Si
una persona es diligente, vendrá pronto. Pero si es perezosa, vendrá lentamente.
Pablo dijo: “Procura con diligencia venir pronto a verme”. El versículo 21 dice:
“Procura con diligencia venir antes del invierno”. Tito 3:12 también habla de la
diligencia. En estas epístolas acerca de la obra se recalca mucho la diligencia.
Judas dice lo mismo en el versículo 3: “Amados, poniendo toda diligencia en
escribiros acerca de nuestra común salvación…”.
Pablo habla de la diligencia también en otros pasajes. Al mencionar el
arrepentimiento de los corintios, dijo: “Porque he aquí, esto mismo de que hayáis
sido contristados según Dios, ¡Qué solicitud produjo en vosotros!” (2 Co. 7:11). La
palabra solicitud en este versículo equivale a la palabra diligencia en el griego.
Hermanos y hermanas, si alguien quiere aprender a servir al Señor, ¡éste tiene
que despertarse y darse cuenta del gran peso de responsabilidad que adquiere, de
la urgencia de la necesidad que lo rodea y de lo efímero que es el tiempo! La vida
es muy corta. Si la persona está consciente de ello, será diligente y tenaz, pero si
no está consciente de la naturaleza efímera del tiempo, de la urgencia de la
necesidad que le rodea ni del peso de la responsabilidad que tiene, no será capaz
de lograr mucho en la obra de Dios. Si la carga es puesta sobre nosotros, no
tendremos otra opción sino laborar, aun si tenemos que privarnos de alimento,
sueño y descanso para lograr la meta. Esta es la única manera de hacer que
nuestra obra avance y progrese. Si consideramos el descanso como lo más
importante en nuestra vida, no llegaremos muy lejos en nuestra labor. Hermanos
y hermanas, nuestro tiempo casi se agota; la necesidad es tan desesperante y
nuestra responsabilidad es cada vez mayor. Por consiguiente, como moribundos a
quienes se les está extinguiendo el aliento y se les está desvaneciendo la
oportunidad, debemos entregarnos por completo a predicar el evangelio a
aquellos que se están muriendo a nuestro alrededor. Pero si arrastramos nuestros
pies con pereza y no sabemos ver las necesidades en nuestro entorno, ni vemos
nuestra gran responsabilidad ni el poco tiempo que nos queda, no lograremos
acabar mucho de la obra del Señor. Hoy es el tiempo en que todo siervo de Dios
debe servir con una urgencia apremiante. ¿Quién puede continuar con su pereza
bajo tal presión? Hermanos, tenemos que levantarnos y disciplinar nuestro
cuerpo a fin de ser diligentes. Tal como lo dijo Pablo, tenemos que abofetear
nuestro cuerpo y ponerlo en servidumbre. No es suficiente con decir que estamos
deseosos de servir al Señor. Si somos perezosos, no seremos capaces de afrontar
ningún problema que se nos presente. No piense que la pereza es algo sin
importancia. En 2 Pedro 1:8 se implica que la pereza es ociosidad y esterilidad. La
ociosidad y la esterilidad no deben estar en nosotros. Tenemos que abofetear
nuestro cuerpo una y otra vez hasta darnos cuenta de que la única manera para
trabajar y ser útiles es mediante un sacrificio total, genuino y diario, de nuestra
vida. No podemos engañarnos a nosotros mismos. Algunas personas dicen que
darían su vida con gozo por el Señor. Sin embargo, llevan una vida perezosa.
Tratan de no involucrarse en nada. Si tales personas quieren venir a la obra sin
dejar atrás su carácter, hábitos y manera de ser, descubrirán que detienen la obra
del Señor. Si Pablo cada vez hubiera esperado por un llamamiento macedonio a
fin de acudir a laborar, el libro de los Hechos sólo tendría la narración del viaje de
Pablo a Macedonia. Pero el llamamiento macedonio fue sólo una misión entre
muchas en la obra de Pablo. En cuanto al resto de su obra, Pablo la llevó a cabo
como respuesta a la carga que llevaba delante del Señor. Si tenemos que esperar
hasta que los hermanos vengan a suplicarnos para estar dispuestos a trabajar,
nos quedaríamos esperando el resto de nuestra vida y no pasaría nada.
Laboramos porque tenemos una carga, porque sabemos que el tiempo es corto,
que la necesidad es muy grande y que el ataque de Satanás es feroz. Nos vemos
forzados a ser diligentes. De otra manera, la pereza puede hacer que una persona
útil se vuelva inútil. ¡La pereza puede reducir la gran capacidad de una persona, a
una tercera, quinta o incluso una décima parte! Todo aquel que conoce a Dios y
que es útil en Su mano es diligente.
TRES
Volvamos al pasaje de Mateo 25:18-30. ¿Qué dice la parábola de este pasaje? En
dicha parábola vemos que en el tribunal enfrentaremos dos posibles acusaciones,
el cargo de “malo” y el cargo de “perezoso”. El esclavo era malo porque albergó
pensamientos negativos acerca del Señor. Tal vez muchas personas no sean así de
malas, pero nueve de cada diez tendrán que admitir cuando estén delante del
Señor que son esclavos perezosos. En aquel tiempo el propio Señor pronunciará
la sentencia: “Y al esclavo inútil, echadle en las tinieblas de afuera” (v. 30). El
Señor considera que un siervo perezoso es “inútil”. Tal vez nos preguntemos por
qué el Señor usa a cierto hermano. Lo usa porque él se dedica día y noche a su
labor. El camino está con los diligentes; ningún perezoso puede adoptar este
camino. A fin de tomar tal camino tenemos que sacrificarlo todo. Hermanos y
hermanas, si no resolvemos el problema de la pereza, no podremos realizar obra
alguna. Una vez que nos volvemos perezosos, nuestra capacidad se reduce a la
mitad, y si continuamos por ese camino, terminaremos con sólo una décima parte
de lo que valemos. En la actualidad hay muy pocas personas que conocen al
Señor. Si arrastramos nuestros pies perezosamente para laborar y no nos
esforzamos un poco, ¿cómo podremos lograr algo? No considere este asunto a la
ligera, ni tampoco piense que la diligencia es un asunto insignificante. Muchos en
el pasado se han hecho inútiles, se han desperdiciado y se han quedado postrados
a lo largo del camino, por causa de su pereza. Tomemos esto como una solemne
advertencia. Miremos al Señor desde este día en adelante pidiéndole que nos
capacite para revertir completamente nuestro hábito y nuestro carácter. Que el
Señor erradique de nosotros la pereza. No debemos ser perezosos y quedarnos
sin nada que hacer. Si lo somos, nuestra obra no tendrá ningún futuro.
Debemos disciplinar estrictamente nuestro cuerpo a fin de que nos obedezca en
todo. Tenemos que ser diligentes y no perezosos. La pereza es la enfermedad más
común en nuestra obra. Tal vez nueve de cada diez personas sean perezosas. Un
siervo del Señor debe tener la energía para esforzarse siempre en avanzar. La
Biblia usa el buey en lugar del caballo como un símbolo de nuestro servicio. El
buey es constante, y puede hacer el mismo trabajo hoy, mañana y el día
subsiguiente; jamás se cansa. Si trabajamos un día porque nos sentimos bien y
descansamos el siguiente día debido a que no nos sentimos tan bien; o si
trabajamos sólo cuando el clima es excelente y descansamos cuando hay mal
clima, jamás veremos resultados en nuestra obra. En cambio, si avanzamos paso
a paso, día tras día, sin descanso y con firmeza, tarde o temprano veremos los
resultados. Que Dios nos libre de hacer las cosas en forma superficial y necia,
para que podamos ser como el buey, firmes, soportadores, constantes, tenaces y
diligentes, trabajando diligentemente todo el tiempo. Sólo así podremos avanzar.
El libro de Proverbios habla de la pereza más que ningún otro libro del Antiguo
Testamento. Presenta un cuadro muy claro de lo que es la pereza. La palabra
hebrea atsel se traduce catorce veces, como “perezoso” u “ocioso” (6:6, 9; 10:26;
13:4; 15:19; 19:24; 20:4; 21:25; 22:13; 24:30; 26:13-16). Se traduce una vez como
“pereza” (19:15). La palabra hebrea remiyah también es traducida en dos
ocasiones como “perezoso” (12:24, 27). Salomón describió claramente lo que es la
pereza.
Ya que la pereza es un hábito que ha sido desarrollado a través de los años, no
podemos esperar corregirlo en uno o dos días. Si no nos ocupamos seriamente en
resolver dicho hábito, puede que éste siga con nosotros por el resto de nuestra
vida. No pensemos que por escuchar un mensaje resolveremos el problema. No es
tan sencillo. Este hábito ha tomado años en formarse y ha llegado a ser parte de
nuestro carácter. A menos que tratemos con él severamente delante del Señor, no
podremos erradicarlo de nosotros. Esperamos que aquellos que estén
acostumbrados a la pereza estén aún más conscientes que tienen que eliminar su
pereza, pues a menos que resuelvan este asunto sobriamente, no podrán
participar en la obra del Señor. La obra de Dios no puede tolerar a los haraganes.
Ninguna persona perezosa puede producir una obra apropiada, porque su
manera de ser siempre trata de ignorar o posponer el trabajo. Cuando a tales
personas se les presenta algo que hacer, ellos desearían que ese trabajo
desapareciera. Aquellos que tienen el hábito de la pereza no tienen esperanza en
cuanto a la obra de Dios. Todo siervo del Señor tiene que ser una persona
ocupada, que siempre esté en busca de algo en qué ocuparse. Debe tomar sobre sí
todas las cargas y debe profundizar en cada problema; no debe evadir ningún
problema. Todo siervo de Dios debe aceptar toda clase de responsabilidades y no
debe temerle a los problemas. Hermanos y hermanas, debemos terminar con
nuestro mal hábito de evitar trabajos, problemas y tareas. Debemos resolver esto
cabalmente. Un perezoso nunca podrá servir a Dios.

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  1. HERNAN CORTEZ

    HERMANOS;SOYCREYENTE EN EL SEÑOR JESUCRISTO POR 15 AÑOS Y ES PRIMERA VEZ Q´LEO A WATCHMAN, Y LES ASEGURO Q´MEHA SIDO DE MUCHA BENDICION.

    DESEO QUE DIOS NUESTRO SEÑOR LES CONTINÚE BENDICIENDO A USTEDES SIEMPRE.

  2. yohana

    Guao…. no sabia que tan perososa era hasta que lei estas palabras. Si bien pues soy nueva creyente, de igual manera me muestra la palabra que he sudo perezosa la mayoria de las veces…

    pues veo con claridad que debo cambiar, y quiero cambiar.

    Yo creia que iba a buacar el ser diligente por trabajo pues resulta que para todo se necesita ser diligente, Dios gracias por mostrarme tu amor…TE AMO




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