46-EL SERMON DEL MONTE – Capitulo 46/60 – La Paja y la Viga – D.M. Lloyd Jones

CAPITULO XLVI
La Paja y la Viga

Hemos examinado ya el mandato de nuestro Señor, “No juzguéis” y lo que implica en la práctica. Ahora pasamos, en los versículos 1-5, a las razones que da para no juzgar. También aquí no podemos sino sentir, al leerlos, que su alegato es irrefutable, su lógica ineludible. Al mismo tiem¬po, experimentaremos nuestra condición pecadora y vere¬mos la fealdad del pecado.


Veamos las razones que da. La primera es: “No juzguéis, para que no seáis juzgados!’ No juzguéis, para que voso¬tros mismos no seáis juzgados. Se trata de una razón muy práctica y personal, pero ¿qué significa exactamente? Hay quienes quisieran hacernos creer que significa algo así. No hay que juzgar a otras personas si uno no quiere que lo juzguen a uno. No juzguemos a otras personas si no que¬remos que ellas, a su vez, nos juzguen. Afirman que lo que realmente significa es que, lo que uno hace a los otros, se lo harán ellos a uno, o, como dice la expresión, recibirá uno el pago con la propia moneda que pague. Dicen que equivale a esto, que la persona que siempre critica y cen¬sura a los demás, es una persona que casi siempre se atraerá críticas. Y claro que esto es verdadero y perfectamente justo. También es cierto que no hay personas más sensibles a la crítica que las que siempre están criticando a los demás. Les disgusta y se quejan cuando les sucede; pero no pare¬cen recordarlo cuando lo hacen a otros. Debemos estar de acuerdo, pues, en que esta afirmación es cierta, que la per¬sona que siempre critica es a su vez criticada, y que, en consecuencia, si se quiere evitar críticas, hay que ser menos crítico y censurador de los demás. Y, por otra parte, se puede decir con certeza que la persona que critica me¬nos es más querida, y no se ve sometida a tantas críticas como las personas que critican mucho.
Pero sería completamente erróneo interpretar esta afir¬mación como si sólo significara esto. Si bien debemos acep¬tarlo en general, parece que nuestro Señor va mucho más allá. Decimos esto, no sólo basados en lo que contiene es¬te capítulo, el cual, como hemos visto, tiene como fin en¬frentarnos con el juicio de Dios, sino también debido a otras afirmaciones bíblicas paralelas a ésta, y que la ex¬plican y, consiguientemente, la refuerzan. Sin duda que sig¬nifica esto: “No juzguéis, para que no seáis juzgados” – por Dios-. Hay muchos cristianos evangélicos que de inmediato reaccionan en contra de una exposición tal en fun¬ción de la gran enseñanza de la Biblia respecto a la justifi¬cación sólo por fe. Señalan que Juan 5:24 enseña que, si creemos en el Señor Jesucristo, hemos pasado por el jui¬cio y del juicio a la vida. Agregan que el primer versículo de Romanos 8 dice, “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús!’ Esto significa sin duda, expre¬san, que por ser cristianos ya hemos sido sacados por com¬pleto del terreno del juicio. Basados en esa enseñanza ar¬guyen que ya no hay juicio para el hombre que es verda¬deramente cristiano.
Esta crítica requiere nuestra atención y respuesta, y que¬remos hacerlo así. Recordamos otra vez que las palabras que estamos examinando se dirigen a creyentes, no a in¬crédulos. Se dirigen a personas en quienes se cumplen las Bienaventuranzas, a aquellos que son hijos de Dios y na¬cidos de nuevo del Espíritu. Está bien claro, por consiguien¬te, que en cierto sentido esas personas siguen estando so¬metidas a juicio.
Pero, además de esto, debemos enfocar el problema tam¬bién en función de la enseñanza de otros pasajes. Quizá la mejor forma de tratar esto es plantearlo así. En la Biblia se nos enseña que hay tres clases o tipos de juicio, y es el no aislar y distinguir estas tres clases lo que produce esta confusión. Debería de preocuparnos este tema por muchas razones. Una es que muchos de nosotros, que deci¬mos ser cristianos evangélicos, no sólo somos culpables de volubilidad en estos asuntos, sino que carecemos tam¬bién curiosamente de lo que se solía llamar ‘temor de Dios’. Algunos de nosotros tenemos una ligereza, una vocingle¬ría, una superficialidad, que me parece estar muy lejos de lo que debe ser el verdadero cristiano, pueblo religioso, como se ve que ha sido en la Biblia y en la iglesia a lo largo de los siglos. En nuestro anhelo de crear la impresión de que somos felices, a menudo carecemos de reverencia y de lo que la Biblia quiere decir con ‘reverencia y temor religioso’. La idea toda del ‘temor del Señor’ y de la piedad se ha ido perdiendo de una forma u otra entre nosotros. Esto se debe en parte a este fracaso en caer en la cuenta de la enseñanza bíblica respecto al juicio. Deseamos tanto dejar bien sentada la doctrina de la justificación por fe sola, que con frecuencia, nos hacemos culpables de tener en menos las otras doctrinas bíblicas, que son igualmente parte de nuestra fe y, en consecuencia, igualmente verdaderas. Por ello es importante entender esta doctrina acer¬ca del juicio.
Ante todo, hay un juicio que es definitivo y eterno, es el juicio que determina el estado del hombre y su posición frente a Dios. Este juicio decide la gran separación entre el cristiano y el no cristiano, entre las ovejas y las cabras, entre los que van a la gloria y los que van a la perdición. Este es una especie de primer juicio, como un juicio bási¬co que establece la gran línea divisoria entre los que per¬tenecen a Dios y los que no le pertenecen. Esto se enseña claramente en muchos pasajes de la Biblia, desde el principio hasta el fin. Ese es el juicio que determina y fija el destino final del hombre, su condición eterna, si va a es¬tar en el cielo o en el infierno.
Pero ese no es el único juicio que se enseña en la Biblia; hay un segundo juicio, el juicio al que estamos sometidos como hijos de Dios, y por ser hijos de Dios.
Para entender esto, deberíamos leer 1 Corintios 11, donde Pablo expone la doctrina respecto a la Santa Cena. Dice, “Cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la san¬gre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, jui¬cio come y bebe para sí” (versículos 27-29). Luego -”Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen (lo cual significa ‘muchos han muer¬to’). Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castiga¬dos por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo” (versículos 30-32).
Esta afirmación es muy importante y significativa. In¬dica claramente que Dios juzga a sus hijos de esta forma, que si somos culpables de pecado, o de vivir mal, es pro¬bable que Él nos castigue. El castigo, dice Pablo, puede tomar la forma de enfermedad. Hay quienes están enfer¬mos por su mal vivir. No quiere decir necesariamente que Dios les ha enviado la enfermedad, pero probablemente significa que Dios retira su protección de ellos y permite que el demonio los ataque con la enfermedad. La misma clase de afirmación la tenemos en la misma Carta cuando habla de entregar un hombre a Satanás para que esté lo corrija de esa forma (capítulo 5). Es una doctrina suma¬mente grave e importante. En realidad, Pablo va más allá y dice que algunos de esos corintios habían muerto debi¬do a su mala vida, el juicio que había caído sobre ellos de esa forma. Habla del juicio de Dios, y por consiguien¬te lo podemos interpretar así, que Dios permite a Satanás, el cual controla el poder de la muerte, llevarse a estas per¬sonas debido a su negativa a juzgarse a sí mismos y a arrepentirse y a volver a Dios. La exhortación que hace, por consiguiente, es que debemos examinarnos a nosotros mis¬mos, debemos juzgarnos a nosotros mismos y condenar lo malo que hay en nosotros mismos a fin de que poda¬mos eludir ese otro juicio. Se equivoca, pues, el cristiano que pasa superficialmente por la vida diciendo que cree en el Señor Jesucristo y que, por consiguiente, nada tiene que ver con el juicio, que todo va bien. En absoluto; debe¬mos andar con cautela y circunspección, debemos exami¬narnos y hurgar en nuestra conciencia para que esta clase de juicio no venga sobre nosotros.
Todo esto se confirma en Hebreos 12, donde la doctri¬na se plantea de esta forma: “El Señor al que ama, disci¬plina, y azota a todo el que recibe por hijo!’ El argumento en este caso tiene como fin confortar y alentar a los cris¬tianos hebreos que se hallaban en tiempos difíciles. Dice así: debemos tener cuidado de ver las pruebas a la luz ade¬cuada. En cierto sentido el hombre debería tener más te¬mor si nada le va mal en la vida en este mundo, que si las cosas le van mal, porque ‘el Señor al que ama disciplina’. Conduce a sus hijos a la perfección, y en consecuencia los disciplina en este mundo. Juzga sus pecados y sus imper¬fecciones en este mundo para prepararlos para la gloria. Los que no son tan santos son ‘bastardos’ y les deja que prosperen. Se encuentra lo mismo en el salmo 73, en que encontramos al salmista muy perplejo ante este hecho. Dice: “No entiendo los caminos de Dios. Vean todas esas per¬sonas impías y malas. Los ojos se les saltan de gordura; no tienen congojas por su muerte; siempre parecen pros¬perar. Verdaderamente en vano he lavado mis manos!’ Pe¬ro llegó a comprender que esta forma de pensar estaba equi¬vocada, porque estaba viendo la vida de los impíos sólo en este mundo. Quizá disfruten en esta vida; pero es todo lo que obtienen, y de repente el juicio descenderá sobre ellos, y será definitivo y eterno. Dios juzga a su pueblo en este mundo a fin de ahorrarles eso. “Si nos examinamos a nosotros mismos,” dice Pablo, “no seremos conde¬nados con el mundo”. Ésta, pues, es la segunda forma de ver el juicio, y es una perspectiva muy importante. Esta¬mos siempre bajo la mirada de Dios, y Dios vigila nuestra vida y juzga nuestros pecados, todo para beneficio nuestro.
Pero debemos examinar la tercera clase de juicio que se enseña en la Biblia, el juicio que a menudo se denomina ‘juicio de recompensa’. No importa que este nombre sea adecuado o no, pero hay un juicio para el pueblo de Dios después de la muerte; Se enseña bien claramente en la Bi¬blia. Lo encontramos en Romanos 14 donde Pablo dice, “Todos compareceremos ante el tribunal de Cristo;’ No juz¬guemos a los demás acerca de estos asuntos de observar ciertos días, de comer ciertos manjares, y así sucesivamente, dice el apóstol, porque todo hombre deberá enfrentarse con su propio juicio, y es responsable delante de Dios -Aporque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo”. Tene¬mos lo mismo en las cartas a los Corintios. Está el pasaje en 1 Corintios 3 donde dice: “La obra de cada uno se ha¬rá manifiesta” y “el día la declarará”. Todo lo que el hom¬bre ha edificado sobre el fundamento -oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca- será juzgado por fue¬go. Parte de ello quedará completamente destruido, la ma¬dera, el heno, la hojarasca, etc., pero el hombre mismo se salvará, “aunque así como por fuego”. Todo esto indica juicio, juicio de nuestras obras desde que llegamos a ser cristianos, y, sobre todo en este pasaje, desde luego, de la predicación del evangelio y la obra de los ministros en la iglesia.
Luego, en 2Corintios 5, el juicio se presenta claramen¬te no sólo para los ministros sino para todos -”Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo!’ “Conociendo, pues” dice Pablo, “el temor del Señor, persuadimos a los hombres!’ No se dirige a no creyentes; se dirige a creyentes cristianos. Los creyentes cristianos ten¬drán que presentarse delante del tribunal de Cristo, y ahí serán juzgados de acuerdo a lo que han hecho en el cuer¬po, sea bueno o sea malo. No será así para decidir nuestro destino eterno; no es un juicio que decida si iremos al cie¬lo o al infierno. No, ya hemos pasado por eso. Es un jui¬cio que va a afectar nuestro destino eterno, pero no me¬diante la decisión de si será en el cielo o en el infierno, sino decidiendo lo que nos sucederá en el reino de la glo¬ria. No se nos dan más detalles acerca de esto en la Biblia, pero se enseña clara y específicamente que hay un juicio de los creyentes.
Se encuentra también en Calatas 6:5 “Porque cada uno llevará su propia carga”. Esto alude al mismo juicio, “So¬brellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo!’ Pero también “Cada uno llevará su pro¬pia carga”; cada uno de nosotros es responsable de su pro¬pia vida, por su propia conducta. Tampoco esto, y permí¬tanme enfatizarlo otra vez, decide nuestro destino eterno, pero va a constituir una diferencia, es un juicio de nuestra vida desde que llegamos a ser cristianos. Luego está esa afirmación conmovedora de 2 Timoteo 1:16-18, donde, al referirse a Onesíforo, Pablo da gracias a Dios por este hom¬bre que había sido tan bondadoso con él cuando estuvo en prisión. Esto es lo que pide para él: “Concédale el Se¬ñor que halle misericordia cerca del Señor en aquel día”; en aquel día en que se va a juzgar, que el Señor tenga mi¬sericordia de él. Y en Apocalipsis 14:13 encontramos la afir¬mación respecto a todos los que mueren en el Señor: “Bie¬naventurados de aquí en adelante los muertos que mue¬ren en el Señor…; sus obras con ellos siguen!’ Nuestras obras nos siguen.
La principal razón por la que los cristianos no deben juzgar, es la de no ser ju/gados por el Señor. Le veremos como Él es; no encontraremos con Él, y se emitirá el jui¬cio. Si en esa ocasión no queremos ser avergonzados, como dice Juan (1Jn. 2:28), seamos cuidadosos ahora. Si queremos tener ‘confianza en el día del juicio’, entonces tengamos cuidado de cómo vivimos aquí ahora. Si juzga¬mos, seremos juzgados en función de ese mismo juicio. Aquí tenemos pues, algo que nunca debemos perder de vis¬ta. Aunque seamos cristianos, y estemos justificados por fe, y tengamos seguridad de la salvación, y sepamos que vamos al cielo, todavía estamos sometidos a ese juicio aquí en la vida, y también después de esta vida. Es la enseñan¬za clara de la Biblia. Está sintetizada aquí, en la primera afirmación de nuestro Señor en esta sección del Sermón del Monte: “No juzguéis, para que no seáis juzgados!’ No es simplemente que si uno no quiere que los otros hagan críticas de uno tampoco se deben decir cosas críticas de ellos. Eso está bien; es cierto. Pero es mucho más impor¬tante el hecho de que uno se está exponiendo a sí mismo a juicio, y que habrá que responder por estas cosas. Uno no pierde la salvación, pero es evidente que va a perder algo.
Esto nos conduce a la segunda razón que nuestro Señor presenta para no juzgar. Se encuentra en el versículo 2: “Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido”. Podemos decir esto en forma de principio. La segunda razón para no juzgar es que, si lo hacemos, no sólo provocamos jui¬cio contra nosotros mismos, sino que también establece¬mos la pauta para nuestro propio juicio -”Con la medi¬da con que medís, os será medido!’ Tampoco aquí signifi¬ca simplemente lo que otros nos pueden hacer a nosotros. Decimos que al hombre siempre se le paga con su propia moneda, y esto es verdad. Los que se preocupan mucho por examinar e investigar a los otros, y hablan acerca de los más mínimos defectos que encuentran en ellos, se sor¬prenden a menudo cuando esas mismas personas los juz¬gan a ellos. No lo pueden entender, pero son juzgados con su propia medida.
Pero no podemos contentarnos con esto; esta afirmación significa algo más, y así lo dice la Biblia. Nuestro Se¬ñor en realidad declara que Dios mismo, en este juicio que hemos venido describiendo, nos juzgará según nuestra pro¬pia medida.
Veamos algunos textos bíblicos que refrendan esta in¬terpretación. Consideremos la afirmación de nuestro Se¬ñor que se contiene en Lucas 12, donde habla acerca de ‘cosas dignas de azotes’ o ‘ser azotado poco’, y dice “a to¬do aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le deman¬dará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedi¬rá” (versículo 48). Enseña que Dios actúa según este prin¬cipio. Luego leemos a continuación la afirmación de Ro¬manos 2:1, “Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quien¬quiera que sea tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mis¬mo!’ Está uno demostrando, dice Pablo, al juzgar a otros, que sabe lo que es justo; por lo tanto, si no hace lo que es justo se condena a sí mismo.
Pero, quizá, la afirmación más clara sobre esto se en¬cuentra en Santiago 3:1, versículo que es de importancia vital, al que a menudo no se presta atención porque no gusta la carta de Santiago, al pensar que no enseña la jus¬tificación sólo por fe. Así es como plantea este punto es¬pecífico: “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación”. En otras palabras, si uno se pone a sí mismo como maes¬tro y autoridad, que recuerde que será juzgado con su pro¬pia autoridad; uno será juzgado con el mismo criterio que usa. ¿Se coloca uno delante de los demás como autoridad? Muy bien; esta será la medida que se le aplicará a uno en su propio juicio.
Nuestro Señor lo dice bien claramente en las palabras que estamos examinando: “Con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido!’ Es una de las afirmaciones más alarmantes de toda la Biblia. ¿Pretendo tener un conocimiento excepcional de la Biblia? Si es así, seré juzgado en función del conocimiento que alego. ¿Pretendo ser servidor que conoce real¬mente estas cosas? Entonces no debo sorprenderme si se me azota mucho. Deberíamos tener mucho cuidado, por consiguiente, en cómo nos expresamos. Si con autoridad juzgamos a otros, no tenemos derecho a quejarnos si se nos juzga con la misma norma. Es completamente justo y adecuado, y no tenemos razón ninguna de quejarnos. Pre¬tendemos tener este conocimiento; si lo tenemos debemos demostrarlo viviendo de acuerdo con el mismo. Según lo que pretendo ser, seré juzgado. Si, por consiguiente, pon¬go mucho empeño en examinar la vida de otras personas, esa misma norma se me aplicará, y no tendré motivo para quejarme. La respuesta que se me daría, si me quejara, se¬ría ésta: ya lo sabías, lo hacías con los demás, ¿por qué no también en tu propio caso? Es un pensamiento sorpren¬dente y alarmante. No conozco ninguna otra cosa que pue¬da apartamos más de la práctica pecaminosa de conde¬nar a otros y de ese espíritu feo y detestable que se complace en hacerlo.
Esto nos conduce a su vez a la última razón que nues¬tro Señor nos presenta. La plantea en los versículos 3-5: “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu herma¬no, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! saca pri¬mero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano!’ ¿Hubo jamás sar¬casmo igual? ¿Hubo jamás un ejemplo más perfecto de ironía? ¡Cuánto lo merecemos! Podemos sintetizar el ar¬gumento en forma de una serie de principios. Nuestro Se¬ñor nos enseña que la tercera razón para no juzgar a otros es que somos incapaces de juzgar. No podemos juzgar. Por consiguiente, como no lo podemos hacer adecuadamente ni siquiera debemos intentarlo. Dice que nuestro espíritu es tal que no tenemos derecho a juzgar. No sólo debemos recordar que nosotros mismos seremos juzgados y que fi¬jamos las normas de ese juicio, sino que además dice: un momento, no juzguéis porque sois incapaces de juzgar.
Nuestro Señor lo demuestra de esta manera. Ante todo, indica que no nos preocupa la justicia y el verdadero jui¬cio, porque si estuviéramos preocupados por ello, nos ocu¬paríamos de eso en nosotros mismos. Nos gusta persua¬dirnos de que estamos realmente preocupados por la ver¬dad y la justicia, y que ése es nuestro único interés. Pre¬tendemos que no deseamos ser injustos con las personas, que no deseamos criticar, sino que estamos realmente preo¬cupados por la verdad. Ah, dice de hecho nuestro Señor, si realmente estuviéramos preocupados por la verdad, nos juzgaríamos a nosotros mismos. Pero no lo hacemos; por consiguiente, nuestro interés no es realmente la verdad. Es un argumento justo. Si alguien pretende que su único in¬terés es por la justicia y la verdad, y no por las personas, entonces será tan crítico de sí mismo como los demás. El que es realmente un gran artista suele ser el crítico más severo de sí mismo. No importa en qué esfera de la vida se dé, ya sea en el canto, en el drama, en la pintura, o en cualquier otra cosa; el que es realmente gran artista y crí¬tico verdadero se critica tanto a sí mismo como a la obra de los demás, e incluso quizá más, porque tiene normas objetivas. Pero tú, dice nuestro Señor, no tienes normas objetivas. No estás interesado por la verdad y la justicia, de lo contrario no pasarías por alto tu propia vida, como de hecho lo haces, para criticar sólo a los demás. Esta es la primera afirmación.
Podemos ir más allá y decir que también nos muestra que esas personas no están preocupadas por los principios en cuanto tales, sino sólo por las personas. El espíritu de hipercrítica, como hemos visto, se preocupa de las perso¬nas y no de los principios. Este es el problema que mu¬chos de nosotros tenemos a este respecto. Estamos real¬mente interesados por la persona que criticamos, no por el tema o principios específicos; y nuestro verdadero deseo es condenar a la persona, más que eliminar el mal que hay en la persona. Claro que esto de inmediato nos hace incapaces de emitir un verdadero juicio. Si hay parciali¬dad, si hay sentimiento y animosidad personales, no po¬demos ser verdaderos examinadores. Incluso la ley reco¬noce esto. Si se puede demostrar que hay alguna conexión entre un miembro del jurado y la persona sometida a jui¬cio, se puede descalificar a ese miembro del jurado. Lo que se desea en un jurado es imparcialidad. No puede haber prejuicio, no puede haber nada personal; debe ser un jui¬cio objetivo y ponderado. El elemento personal se debe ex¬cluir por completo para que pueda haber juicio verdadero. Si aplicamos esto a nuestro juicio de otras personas, me temo que tendremos que estar de acuerdo con nuestro Se¬ñor en que somos completamente incapaces de juzgar, por¬que lo que más nos interesa en ese caso son las personas o las personalidades. Hay muy a menudo un motivo ulte¬rior en nuestro juicio y por ello no acertamos a distinguir entre las personas y su acción.
Pero sigamos a nuestro Señor en su análisis. Su siguiente argumento está en el versículo 4: “¿O cómo dirás a tu her¬mano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?” Esto es sarcasmo en su forma más inten¬sa. Dice que nuestra propia condición es tal que somos completamente incapaces de ayudar a otros. Pretendemos estar preocupados por esas personas y por sus faltas, y tra¬tamos de dar la impresión de que estamos preocupados sólo por su bien. Decimos que estamos inquietos por esa pequeña mancha que vemos en ellos, y que estamos de¬seosos de eliminar esa paja. Pero, dice nuestro Señor, no lo podemos hacer, porque es un proceso sumamente deli¬cado. La viga que está en nuestros propios ojos nos vuel¬ve incapaces de ello.
En cierta ocasión leí una observación muy aguda que expresaba esto a la perfección. Decía que hay algo muy ridículo en la persona ciega que trata de guiar a otro cie¬go, pero que hay algo mucho más ridículo que eso, y es el oculista ciego. El oculista ciego no puede en modo al¬guno quitar la mota del ojo ajeno. Si el ciego en general es incapaz de ayudar a los demás ¿cuánto más inútil es el oculista ciego? Eso es lo que dice nuestro Señor aquí. Si uno quiere poder ver claramente para quitar esa mota diminuta del ojo de esa otra persona por la que pretende interesarse, asegúrese de tener los ojos propios bien lim¬pios. No se puede ayudar a otro si uno está cegado por la viga que hay en el ojo propio.
Finalmente, el Señor nos condena de hecho como hipó¬critas. “¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces veras bien para sacar la paja del ojo de tu her¬mano!’ Cuan verdadero es esto. El hecho es que no esta¬mos realmente preocupados por ayudar a esa otra perso¬na; estamos interesados sólo en condenarla. Pretendemos tener este gran interés; pretendemos que estamos angus¬tiados en encontrar esa falta. Pero en realidad, como nues¬tro Señor ya nos ha mostrado (y esta es la parte terrible), estamos realmente contentos de descubrirla. Esto es hipo¬cresía. Una persona se dirige a otra como amiga y le dice “es realmente una vergüenza que tengas ese defecto!’ Pero ¡cuan a menudo esa acción va envuelta en malicia, y qué placer se procura esa persona! No, dice nuestro Señor, si deseamos realmente ayudar a los demás, si somos since¬ros en esto, hay ciertas cosas que nosotros mismos tene¬mos que hacer. En primer lugar -debemos advertir esto- hay que sacar la viga de los ojos propios, entonces uno podrá ver con claridad para sacar la paja del ojo del hermano.
Esto se puede interpretar así. Si deseas realmente ayu¬dar a los demás, y ayudarlos a eliminar esas manchas, fal¬tas, fragilidades e imperfecciones, ante todo hay que caer en la cuenta de que el espíritu de juicio, hipercrítica y cen¬sura que hay en ti es realmente como una viga, si se la compara con la pequeña paja en el ojo ajeno. “La verdad es” dice de hecho nuestro Señor, “que no hay forma más te¬rrible de pecado que este espíritu de juicio del cual somos culpables. Es como una viga. La otra persona quizá ha caí¬do en inmoralidades, en algún pecado de la carne, o quizá sea reo de algún pequeño error de vez en cuando. Pero es¬to no es más que una pequeña paja en el ojo si se la com¬para con el espíritu que hay en ti, que es como una viga. Has de comenzar con tu propio espíritu’ dice en otras pa¬labras; “enfréntate contigo mismo con toda honestidad y sinceridad y admite la verdad acerca de ti mismo!’ ¿Cómo hay que hacer todo esto en la práctica? Leamos 1 Corin¬tios 13 todos los días; leamos esta afirmación de nuestro Señor todos los días. Examinemos nuestra actitud hacia las otras personas; hagamos frente a la verdad acerca de nosotros mismos. Tomemos las afirmaciones que hacemos respecto a otros; sentémonos a analizarlas y preguntémonos qué queremos decir en realidad. Es un proceso muy doloroso y angustiador. Pero si nos examinamos a noso¬tros mismos, nuestros juicios y pronunciamientos, con ho¬nestidad y sinceridad, estamos en camino de sacar la viga de nuestro propio ojo. Entonces, una vez hecho esto, esta¬remos tan humillados que nos sentiremos libres del espíri¬tu de censura e hipercrítica.
¡Qué lleno de lógica está todo esto! Cuando el hombre se ha visto verdaderamente a sí mismo nunca juzga a los demás de forma equivocada. Dedica todo el tiempo a con¬denarse a sí mismo, a lavarse las manos y tratar de purifi¬carse. Hay sólo una forma de librarse del espíritu de cen¬sura e hipercrítica, y es juzgarse y condenarse uno mismo. Esto nos humilla hasta el polvo, y luego se sigue por nece¬sidad que, habiéndonos, de esta manera, librado de la vi¬ga de los ojos propios, estaremos en condiciones adecua¬das para ayudar a los demás, y sacarles la paja de los ojos.
El proceso de sacar la paja del ojo es difícil. No hay ór¬gano más sensible que el ojo. En cuanto el dedo lo toca, se cierra; así es de delicado. Lo que se necesita por encima de todo al tratar de hacer esto es afecto, paciencia, calma, equilibrio. Esto es lo que se necesita, debido a la delicadeza de la operación. Traslademos todo esto al ámbito espiri¬tual. Vamos a ocuparnos de un alma, vamos a tocar la parte más sensible del hombre. ¿Cómo podemos sacar de ella la paja? Sólo una cosa importa a este respecto, y es ser humilde, ser compasivo, estar consciente del propio peca¬do y de la propia indignidad, a fin de que al encontrarla en otra persona, lejos de condenarla, uno sienta ganas de llorar. Se está lleno de compasión y simpatía; se desea real¬mente ayudar. Se ha disfrutado tanto del librarse de lo malo que había en uno, que se desea que la otra persona tenga el mismo placer y el mismo gozo. No se puede ser oculista espiritual hasta que se vea con claridad. Así pues, al en¬frentarnos con nosotros mismo y librarnos de la viga, cuan¬do nos hayamos juzgado y condenado y estemos en ese estado de humildad, de comprensión, de simpatía, de ge¬nerosidad, y caridad, entonces podremos, como dice la Es¬critura, “decir la verdad en amor” a los demás y con ello ayudarlos. Es una de las cosas más difíciles de la vida, es una de las últimas cosas que logramos. Que Dios tenga misericordia de nosotros. Pero hay personas, gracias a Dios, que saben decir ‘la verdad en amor’, y cuando la dicen, no solamente sabe uno que están diciendo la verdad, sino que les da las gracias por ello. Hay otras personas que le dicen a uno la misma verdad, pero de tal forma que lo co¬locan de inmediato a la defensiva, y lo conducen a odiar¬los por ello. Es porque no han dicho ‘la verdad en amor’. Que todo hombre, por consiguiente -vuelvo a citar a Santiago- “sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Stg. 1:19).
“No juzguéis” por estas tres razones. Que Dios tenga misericordia de nosotros. Bueno es que podamos enfren¬tarnos con esa verdad a la luz del calvario y de la sangre derramada de Cristo. Pero si queremos evitar el castigo en esta vida, y el sufrimiento de una pérdida -esta es la afir¬mación bíblica- en la vida futura, no juzguemos, a no ser que nos juzguemos a nosotros mismos primero

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  1. Any Ferrada

    Muy edificante esta predicacion, objetiva clara, realmente dirigida por el Espíritu Santo. Me confrontó como mujer que ama a Dios y que ejerce un liderazgo que permanentemente requiere ser corregido y encausado para poder ayudar a otros de una manera que agrade a Dios y no a nosotros mismos.
    Gracias, que el Señor les siga bendiciendo.
    Any




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