04-DOCTRINAS BIBLICAS – 02 LA DOCTRINA DE LA JUSTIFICACION – Introducción

Introducción

Nuestro primer pensamiento fue dedicar un capítulo introductorio exponiendo los principales errores que se han generado sobre este tema por parte de distintos hombres y grupos, pero después de una mayor reflexión decidimos que esto sería de poco o de ningún provecho a la mayoría de nuestros lectores.

Mientras que hay tiempos, sin duda, en los cuales es el desagradable deber de los siervos de Dios exponer lo que está pensado para engañar y para dañar a Su pueblo, no obstante, como una regla general, la manera más eficaz de eliminar las tinieblas es dejar entrar la luz. Deseamos, entonces, escribir estos artículos con el mismo espíritu del piadoso John Owen, quien, en la introducción a su extenso tratado sobre este tema dijo, “Debe darse más importancia a la continua guía de la mente y la conciencia de un creyente, verdaderamente entrenado acerca del fundamento de su paz y aceptación ante Dios, que a la contradicción de una decena de agresivos opositores. Afirmar y reivindicar la verdad en la instrucción y la edificación de los que la aman en sinceridad, librar sus mentes de aquellas dificultades sobre este caso particular, que algunos intentan arrojar sobre todos los misterios del evangelio, dirigir las conciencias de aquellos que quieren saber acerca de alcanzar la paz con Dios, y establecer las mentes de los que creen, son las cosas a las que he apuntado.”
Hubo un tiempo, no hace mucho, cuando la bendita verdad de la justificación era una de las más conocidas doctrinas de la fe cristiana, cuando ella era asiduamente explicada por los predicadores, y cuando el conjunto de los asistentes de las iglesias estaba familiarizado con sus aspectos principales. Pero ahora, ¡ay!, ha surgido una generación que es casi totalmente ignorante de este precioso tema, porque con muy raras excepciones ya no se le da más un lugar en el púlpito, y apenas se escribe algo sobre éste en las revistas religiosas de nuestro día; y, en consecuencia, comparativamente, pocos entienden lo que el término en sí implica, menos aún se tiene en claro sobre que base Dios justifica al impío. Esto pone al escritor en una considerable desventaja, porque mientras él desea evitar un tratamiento superficial de un asunto tan vital, incluso profundizar en éste, y entrar en los detalles, hará una importante contribución por causa de la mentalidad y paciencia de la persona promedio. No obstante, respetuosamente instamos a cada cristiano a hacer un esfuerzo real para ceñir los lomos de su entendimiento y buscar en oración dominar estos capítulos.
Lo que hará más difícil para seguirnos a través de estas
series es el hecho de que estamos tratando el lado
doctrinal de la verdad, antes que el práctico; el judicial,
antes que el experimental. No que la doctrina sea algo
impracticable; de ningún modo; lejos, lejos de ello. “Toda
Escritura es inspirada divinamente y útil (primero) para
enseñar, (y luego) para redargüir, para corregir, para
instituir en justicia” (2 Tim. 3:16). La instrucción doctrinal
fue siempre la base desde la cual los apóstoles
promulgaron los preceptos para regular el modo de
andar. No puede encontrarse exhortación alguna hasta el
capítulo 6 de la Epístola a los Romanos: los primeros
cinco están dedicados enteramente a la exposición
doctrinal. Así también en la Epístola a los Efesios: recién
en 4:1 es dada la primera exhortación. Primero los santos
son recordados de las abundantes riquezas de la gracia
de Dios, para que el amor de Cristo pueda impulsarles, y
luego son urgidos a andar como es digno de la vocación
con que fueron llamados.
Aunque es verdad que se requiere un esfuerzo mental
real (así como un corazón piadoso) para poder captar
inteligentemente algunas de las más sutiles distinciones
que son esenciales para una apropiada comprensión de
esta doctrina, sin embargo, debe señalarse que la verdad
de la justificación está lejos de ser una mera pieza de
especulación abstracta. No, ella es una enunciación de
un hecho divinamente revelado; ella es una enunciación
de un hecho en el cual cada miembro de nuestra raza
humana debería estar profundamente interesado. Cada
uno de nosotros ha perdido el favor de Dios, y cada uno
de nosotros necesita recuperar Su favor. Si no lo
recuperamos, entonces las consecuencias deben ser
nuestra absoluta ruina y la irremediable perdición. Como
seres caídos, como rebeldes culpables, como pecadores
perdidos, somos restaurados en el favor de Dios, y se
nos da una posición delante de Él inestimablemente
superior a la que ocupan los santos ángeles, (Dios
mediante) nuestra atención será atraída a medida que
prosigamos con nuestro tema.
Como dijo Abram Booth en su espléndido trabajo “El
reino de la gracia” (escrito en 1768), “Lejos de ser un
punto solamente teórico, éste propaga su influencia a
través del conjunto entero de la teología, fluye a través
de toda la experiencia cristiana, y opera en cada parte de
santidad práctica. Tal es su gran importancia, que un
error acerca de éste tiene una eficacia maligna, y es
acompañado con una serie de peligrosas consecuencias.
Ni puede esto parecer extraño, cuando se considera que
esta doctrina de la justificación no es otra que la manera
para que un pecador sea aceptado por Dios. Siendo de
tan especial importancia, ella está inseparablemente
conectada con muchas otras verdades evangélicas, de
las cuales no podremos contemplar la armonía y belleza,
mientras ésta sea mal comprendida. Hasta que esta
doctrina aparezca en su gloria, esas verdades estarán en
la oscuridad. Ésta es, si así pudiera ser llamada, un
artículo fundamental; y ciertamente requiere nuestra más
seria consideración” (de su capítulo sobre “La
justificación”).
La gran importancia de la doctrina de la justificación fue
sublimemente expresada por el puritano holandés,
Witsius, cuando dijo, “Ella ayuda mucho a revelar la
gloria de Dios, cuyas más destacadas perfecciones
resplandecen con un brillo sobresaliente con esta
doctrina. Ésta manifiesta la infinita bondad de Dios, por la
cual Él estuvo predispuesto a proveer la salvación
gratuitamente para el perdido y miserable hombre, ‘para
alabanza de la gloria de Su gracia’ (Ef. 1:6). Ésta muestra
también la más estricta justicia, por la cual Él no pasaría
por alto ni la más pequeña ofensa, excepto con la
condición del compromiso adecuado, o la plena
satisfacción del Mediador, ‘para que Él sea el justo, y el
que justifica al que es de la fe de Jesús’ (Rom. 3:26).
Esta doctrina muestra además la inescrutable sabiduría
de la divinidad, la cual descubrió una manera para
ejercer el más benevolente acto de misericordia, sin
mella a Su más absoluta justicia y a Su verdad infalible,
que amenazaban de muerte al pecador: la justicia
demandaba que el alma que pecaba debía morir (Rom.
1:32). La verdad ha pronunciado las maldiciones por no
obedecer al Señor (Deut. 28:15-68). La bondad, al mismo
tiempo, fue inclinada a decretar la vida a algunos
pecadores, pero de ninguna otra forma que la que era
propia de la majestad del Dios más santo. Aquí la
sabiduría interviene, diciendo, ‘Yo, yo soy el que borro
tus rebeliones por amor de mí; y no me acordaré de tus
pecados’ (Isa. 43:25). Ni la justicia de Dios ni Su verdad
tendrán alguna causa de reclamo porque la paga
completa será hecha para usted por un mediador. Por lo
tanto la increíble benevolencia del señor Jesús
resplandece, quien, aunque Señor de todo, estuvo sujeto
a la ley, no para la obediencia de ella solamente, sino
también para la maldición: “Al que no conoció pecado,
por nosotros lo hizo pecado, para que fuésemos hechos
justicia de Dios en Él.” (2 Cor. 5:21).
¿No debería el alma piadosa, que está profundamente
comprometida en la ferviente meditación de estas cosas,
encenderse en las alabanzas a un Dios que justifica, y
cantar con la iglesia?: “¿Qué Dios como tú, que perdonas
la maldad, y olvidas el pecado?” (Miqueas 7:18). ¡Oh la
pureza de esa santidad que prefiere castigar los pecados
del escogido en Su Hijo unigénito, antes que soportar
dejarlos impunes! ¡Oh la profundidad de Su amor para
con el mundo, para el cual Él no escatimó a Su
entrañable Hijo, a fin de rescatar a pecadores! ¡Oh la
profundidad de las riquezas de insondable sabiduría, por
la cual Él provee su misericordia hacia el culpable
arrepentido, sin mancha alguna al honor del Juez más
imparcial! ¡Oh los tesoros de amor en Cristo, por el cual
Él se hizo maldición por nosotros, a fin de librarnos de
ésta! Cuan propio del alma justificada, que está presta a
fusionarse en el sentimiento de este amor, con pleno
júbilo es cantar un cántico nuevo, un cántico de mutuo
retorno de amor al Dios que justifica.
Tan importante consideraba el apóstol Pablo a esta
doctrina, bajo la guía del Espíritu Santo, que la más
sobresaliente de sus epístolas en el Nuevo Testamento
está dedicada a una completa exposición de ella. El eje
sobre el que gira todo el contenido de la Epístola a los
Romanos es aquella notable expresión: “la justicia de
Dios” -comparada a la cual no hay nada de mayor
importancia que pueda ser encontrado en todas las
páginas de las Sagradas Escrituras, y es necesario que
cada cristiano haga el máximo esfuerzo para entenderla
claramente. Ésta es una expresión abstracta que significa
la satisfacción de Cristo en su relación a la Ley Divina. Es
un nombre descriptivo para la causa sustancial de la
aceptación del pecador delante de Dios. “La justicia de
Dios” es una frase referida al trabajo terminado del
Mediador como aprobado por el tribunal divino, siendo la
causa meritoria de nuestra aceptación delante del trono
del Altísimo.
En los siguientes capítulos (Dios mediante)
examinaremos en más detalle esta vital expresión “la
justicia de Dios,” que da a entender esa perfecta
compensación que el Redentor ofreció a la justicia divina
en beneficio y en lugar de aquel pueblo que le ha sido
dado. Por ahora, sea suficiente decir que esa “justicia”
por la cual el pecador creyente es justificado es llamada
“la justicia de Dios” (Rom. 1:17; 3:21) porque Él es el
encargado, aprobador, y dador de ella. Ella es llamada
“la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo” (2
Pedro 1:1) porque Él la consumó y presentó delante de
Dios. Ella es llamada “la justicia de la fe” (Rom. 4:13)
porque la fe es la que la aprehende y la que la recibe.
Ella es llamada “justicia del hombre” (Job 33:26) porque
ella fue pagada para él e imputada a él. Todas estas
variadas expresiones se refieren a muchos aspectos de
aquella perfecta obediencia hasta la muerte que el
Salvador efectuó en favor de Su pueblo.
Sí, el apóstol Pablo, bajo la guía del Espíritu Santo,
estimaba a esta doctrina como algo tan vital, que él
presenta extensamente como la negación y
tergiversación de ella por parte de los judíos fue la causa
principal por la cual ellos fueron desaprobados por Dios:
ver los versículos finales de Romanos 9 y el comienzo
del capítulo 10. De nuevo, a lo largo de toda la Epístola a
los Gálatas, encontramos al apóstol empeñado en la más
vigorosa defensa y contendiendo con gran celo con
aquellos que habían atacado esta verdad básica. Allí él
habla de la enseñanza opuesta como destructiva y
mortífera para las almas de los hombres, como una
agresión a la cruz de Cristo, y llama a esa enseñanza
otro evangelio, declarando solemnemente “aún si
nosotros o un ángel del cielo os anunciare otro
evangelio… sea anatema (Gál. 1:8). Que pena, que bajo
la amplia libertad y bajo la falsa “caridad” de nuestros
tiempos, hay ahora tan poco santo aborrecimiento de esa
prédica que rechaza la obediencia substituta de Cristo
que es imputada al que cree.
Mediante Dios, la predicación de esta gran verdad causó
el mayor avivamiento que la causa de Cristo ha gozado
desde los días de los apóstoles. “Ésta fue la grandiosa,
fundamental y distintiva doctrina de la Reforma, y fue
estimada por todos los reformadores como de primaria y
suprema importancia. La principal acusación que ellos
sostenían en contra de la Iglesia de Roma fue que ella
había corrompido y pervertido la doctrina de las
Escrituras sobre esta cuestión en una forma que era
peligroso para las almas de los hombres; y fue
principalmente por la exposición, el estricto apego, y la
aplicación de la verdadera doctrina de la palabra de Dios
respecto a esto, que ellos atacaron y trastornaron las
principales doctrinas y prácticas del sistema papal. No
hay asunto que posea una importancia más intrínseca
que el que se relaciona con éste, y no hay otro con
respecto al cual los reformadores estuvieron más
completamente de acuerdo en sus convicciones” (W.
Cunningham).
Esta bendita doctrina provee el gran tónico divino para
reanimar a uno cuya alma está abatida y cuya conciencia
está intranquila por un profundo sentimiento de pecado y
culpa, y desea conocer el camino y los medios por los
cuales podría obtener la aceptación para con Dios y el
derecho a la herencia celestial. Para uno que está
profundamente convencido de que ha sido toda su vida
un rebelde contra Dios, un constante trasgresor de Su
Santa Ley, y que comprende que está con justicia bajo la
condenación e ira de Dios, ninguna búsqueda puede ser
de tan profundo interés y apremiante importancia como
aquella que se relaciona con los medios para recuperar
el favor divino, el perdón de sus pecados, y el hacerle
apto para permanecer confiado en la presencia divina:
hasta que este punto vital haya sido aclarado para saciar
su corazón, toda otra información religiosa será
totalmente inútil.
“Las demostraciones de la existencia de Dios sólo
servirán para confirmar y grabar más profundamente
sobre su mente la terrible verdad que él ya cree, que hay
un Juez justo, delante del cual debe comparecer, y por
cuya sentencia será establecida su condena final.
Explicarle la ley moral, e inculcarle las obligaciones a
obedecer, obrará como un acusador público, cuando éste
cita las leyes de la región a fin de mostrar que los cargos
que ha traído contra el criminal en la corte están bien
establecidos, y, en consecuencia, que él es digno de
castigo. Cuanto más fuertes son los argumentos por los
cuales usted hace evidente la inmortalidad del alma, más
claramente prueba que su castigo no será temporario, y
que hay otro estado de existencia, en el cual él será
totalmente recompensado de acuerdo a su
merecimiento” (J. Dick).
Cuando Dios mismo llega a ser una realidad viviente al
alma, cuando Su majestuosidad temible, Su santidad
inefable, Su justicia inflexible, y Su autoridad soberana,
son realmente percibidas, aunque muy
inadecuadamente, la indiferencia a Sus demandas ahora
da lugar a una seria preocupación. Cuando hay un
adecuado sentido de la magnitud de nuestra separación
con Dios, de la depravación de nuestra naturaleza, del
poder y vileza del pecado, de la espiritualidad y severidad
de la ley, y de las eternas llamas que esperan a los
enemigos de Dios, las almas despertadas gritan, “¿Con
qué me presentaré ante Jehová, y adoraré al Dios
altísimo? ¿Me presentaré con holocaustos, con becerros
de un año? ¿Se agradará Jehová de millares de
carneros, o de diez mil arroyos de aceite? ¿Daré a mi
primogénito por mi rebelión, el fruto de mis entrañas por
el pecado de mi alma?” (Miqueas 6:6, 7). Entonces la
pobre alma exclama, “¿Cómo pues se justificará el
hombre con Dios? ¿Y cómo será limpio el que nace de
mujer?” (Job 25:4). Y es en la bendita doctrina que está
ahora por ser puesta ante nosotros en donde se nos
explica el método por el cual un pecador puede obtener
paz con su Hacedor y emerger a la posesión de la vida
eterna.
También; esta doctrina es de inestimable valor para el
cristiano con una conciencia despierta quien cada día
gime por sentir su intrínseca corrupción y las
innumerables fallas comparándose con el estándar que
Dios a puesto ante él. El Maligno, que es “el acusador de
nuestros hermanos” (Apoc. 12:10), frecuentemente
acusa con hipocresía al creyente ante Dios, inquieta su
conciencia, y pretende convencerle que su fe y su piedad
son nada más que una máscara y una apariencia para el
exterior, por las cuales él no solo engaña a otros, sino
también a sí mismo. Pero, gracias a Dios, Satán puede
ser vencido por “la sangre del Cordero” (Apoc. 12:11):
mirando lejos del incurablemente corrupto yo, y
contemplando al Fiador, que ha respondido plenamente
por cada falla del cristiano, ha expiado perfectamente por
cada pecado de éste, y le ha proporcionado una “justicia
eterna” (Dan. 9:24), que fue puesta en su cuenta en la
elevada corte celestial. Y de este modo, aunque
gimiendo por sus flaquezas, el creyente puede poseer
una confianza victoriosa que lo eleva sobre todo temor.
Esto fue lo que trajo paz y regocijo al corazón del apóstol
Pablo: porque mientras que en un instante exclamó,
“¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo
de esta muerte?” (Rom. 7:24), a continuación declaró,
“Ahora pues, ninguna condenación hay para los que
están en Cristo Jesús” (Rom. 8:1). A lo cual añadió,
“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que
justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que
murió; más aún, el que también resucitó, quien además
está a la diestra de Dios, el que también intercede por
nosotros. ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? (vers.
33-35). Pueda el Dios de toda gracia dirigir nuestra pluma
y bendecir lo que escribimos para los lectores, que no
pocos de los que están ahora en las sombrías prisiones
del Castillo de la Duda, puedan ser conducidos dentro de
la gloriosa luz y libertad de la plena certeza de fe.

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  1. MUY BUEN TRABAJO DE MUCHA BENDICION GRACIAS




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