05-LA SANTIDAD DE DIOS – 5/11 – LA LOCURA DE LUTERO – R.C. Sproul

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LA LOCURA DE LUTERO

Que Dios sea Dios

MARTIN LUTERO

Si fijamos nuestra mente en la santidad de Dios, el resultado nos puede perturbar. El espíritu de Martín Lutero fue turbado debido al profundo conocimiento del carácter santo de Dios. La inusual personalidad de Lutero fue formada en parte por su estudio sobre Dios.

¿Mejoró o distorsionó esto su personalidad? ¿Se purificó o se atormentó su espíritu por su encuentro con Dios? “¿Amo a Dios? Algunas veces le odió.” Esta es una expresión extraña saliendo de los labios de un hombre tan respetado por su celo religioso como Lutero. Pero así es. El se destacó por hacer declaraciones fuera de lo común. “A veces Cristo me parece un juez airado que viene a mí con una espada en sus manos.” ¿Estaba este hombre loco? Antes de responder a esta pregunta, examinemos algunas características de la vida y la conducta de Lutero que han hecho que se le juzgue como tal. La primera clave para un perfil de Lutero se encuentra en sus tempestuosos arranques de cólera y en su lenguaje exagerado. A él le gustaba llamar a sus críticos “perros.” “Los perros comenzaron a ladrar,” diría él cuando las reacciones de sus críticos llegaban a sus oídos. Su lenguaje era a veces terreno, salpicado con referencias escatológicas. Consideremos un ejemplo de la réplica de Lutero a la diatriha de Erasmo: Me parece una pérdida de tiempo contestar sus argumentos. Lo he hecho ya una y otra vez, y Phillips Melancthon, en su insuperable volumen sobre las doctrinas de teología, las ha aplastado en el piso. Ese libro, en mi opinión, merece vivir mientras existan libros para leer, tanto para ser colocado en el canon de la iglesia; mientras que su libro me impresiona por ser tan inservible y pobre que tengo la conmiseración de usted por haber arruinado su precioso brillante uso del lenguaje con tan algo tan vil. Me parece escandaloso exponer material de tan baja calidad entre los adornos de tan rara elocuencia. Es como usar platos de oro o plata para servir basura del patio, o excremento.
La tempestuosa conducta de Lutero surgió en una importante reunión de Marburg. Los líderes del nuevo movimiento protestante se unieron para arreglar sus desacuerdos acerca de la Cena del Señor. En medio del diálogo, Lutero comenzó a golpear la mesa con su puño diciendo una y otra vez, “Hoc est corpus meum, hoc est corpus meum. (“Esto es mi cuerpo.”) Sus arranques
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fueron similares a los que hicieron famoso a Nikita Khrushchev cuando azotó su zapato en las naciones unidas. Lutero era a veces incontrolable. Era dado a las explosiones de carácter. Sus insultos, llamando a la gente perros por ejemplo, eran severos. Pero estas cosas, aunque suficientes para cuestionar su decoro, no tenían que ver con perder su juicio. Pero hay más sobre Lutero que su forma de hablar. Su conducta era a veces absolutamente grotesca. Desde temprano, lo afligían una variedad de fobias. Una historia bien conocida dice que Lutero caminaba en medio de una severa tormenta cuando un rayo cayó tan cerca de él que lo tiró al suelo. El gran historiador de la iglesia y biógrafo de Lutero, Roland Bainton, cuenta la historia: En un caluroso día de julio de 1505, un viajero solitario caminaba al Iado de la Villa de Stotternheim. Era joven y pequeño, más robusto. Vestía con el uniforme de un estudiante universitario. Mientras se acercaba a la villa, el cielo se nubló. Repentinamente comenzó a llover y se desató una tormenta. Un rayo iluminó la penumbra y derribó al hombre al suelo. Luchando por levantarse, gritó aterrorizado, “Santa Ana, ¡ayúdame!” y me haré monje.” Este hombre que invocó a un santo, más tarde habría de repudiar el cuIto a los santos. Este que prometió hacerse monje, más tarde renunció al monasticismo. Este hijo fiel de la iglesia católica, más tarde conmovió la estructura del catolicismo medieval. Este siervo devoto del papa, más tarde identificó a los papas con el anticristo. Este joven era Martín Lutero. Poco después de esta experiencia, Lutero cumplió su voto. Renunció a sus estudios de leyes y entró al monasterio para la decepción de su padre, Hans. El temor de una muerte violenta, como una expresión del juicio y el castigo divino, espantaba a Lutero. El sufrió enfermedades estomacales y de piedras en los riñones toda su vida. En más de una ocasión predijo su muerte. Numerosas veces estuvo seguro que estaba a sólo días o semanas del sepulcro. Aquel rayo ge grabó en su memoria con una cicatriz que nunca olvidó. No todos reaccionan de la misma manera a un encuentro cercano con la muerte. Varios años atrás tres golfistas profesionales fue-ron derribados al suelo por un rayo durante una torneo. Uno de los tres, Lee Trevino, sufrió una herida en la espalda que limitó severamente su carrera. Cuando fue entrevistado en un programa de tele-visión acerca del incidente, el anfitrión le preguntó a Trevino, “¿Qué aprendió de esta experiencia?” A lo que este contestó, “Aprendí que si el Todopoderoso quiere jugar donde usted está, mejor quítese de su camino.”
Trevino ganó unas risas por su experiencia. Lutero por su parte, se ganó una nueva carrera como monje y teólogo. Los problemas estomacales crónicos de Lutero han sido relacionados con sus problemas psicosomáticos. Sus fobias neuróticas parecían ir directamente a su estómago, afectando su digestión. Su
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problema con la flatulencia era legendario, debido en parte a sus descripciones exageradas. Sus escritos están salpicados con referencias a sus constantes eructos y escapes de gases. El dijo, “Si se me escapa un gas en Wittemburg, lo van a oír en Lipzig.” Afortunadamente, Lutero fue capaz de encontrar un uso santificado para su flatulencia. El aconsejó a sus estudiantes que los escapes de gases eran un instrumento efectivo para repeler los ataques del diablo. En otras ocasiones Lutero habló de resistir a Satanás tirándole un frasco de tinta. Así este hombre describió su batalla con Satanás como la de un hombre bajo ataque. Estaba seguro que él era un objetivo personal del príncipe del infierno. Sus historias de Satanás son ideales para los psicólogos, que ven en estos relatos dos indicaciones de desequilibrio mental. Por un lado se piensa que Lutero sufría de alucinaciones, y por el otro de delirios de grandeza pensando que el príncipe de las tinieblas lo había escogido como su objetivo favorito. Pero desde el punto de vista ventajoso de la historia de la iglesia, no debe sorprendemos que en el siglo dieciséis, el poder satánico pudiera haberse enfocado muy fuertemente sobre Martín Lutero. Otro episodio que ha hecho a los psiquiatras fruncir el ceño, fue la primera misa que celebró Lutero. El ya se proyectaba como un prometedor teólogo y no era tímido, aunque su futuro como orador público y predicador aún era desconocido para sus contemporáneos. La celebración de su primera misa después de su ordenación fue el debut de Lutero como clérigo. Su padre Hans casi se había reconciliado con la decisión de su hijo de abandonar una lucrativa carrera de leyes por la vida del monasterio, e inclusive sentía cierto orgullo por su hijo, el sacerdote. De tal suerte, la celebración de la misa fue motivo de orgullo para su familia, la cual asistió a tal evento. Nadie esperaba lo que sucedió. Lutero comenzó la ceremonia con mucho porte, proyectando una conducta sacerdotal de confianza y autocontrol. En el momento de la oración de consagración de la hostia, en el que Lutero por primera vez habría de ejercitar su autoridad sacerdotal para evocar el poder de Dios en el gran milagro de la transubstanciación. (La transformación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo), éste se tambaleó.
Se paralizó en el altar, como traspasado por una flecha, sus ojos se pusieron vidriosos y gotas de sudor aparecieron en su frente. Un nervioso rumor llenó la congregación, la cual urgía al joven sacerdote a que continuara. Hans Lutero se inquietaba cada vez más, sintiendo que una ola de vergüenza paternal lo sobrecogía. El labio inferior de su hijo comenzó a temblar mientras trataba de decir la misa, pero ninguna palabra salía de su boca. Regresó desmoralizado a la mesa donde su padre y los invitados de la familia estaban sentados. Había fracasado, arruinando la misa y humillando a él y a su familia. Hans estaba furioso, pues había hecho una generosa contribución al monasterio y ahora se
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sentía humillado en el mismo lugar en el que había venido a presenciar el triunfo de su hijo. Reprendió a Martín, y se preguntó si su hijo tenía lo necesario para ser sacerdote. Martín defendió su llamado apelando a la convocatoria celestial que él sintió por su experiencia en la tormenta eléctrica. Hans le replicó, “Quiera Dios que no haya sido una aparición del diablo.” ¿Qué sucedió en el altar? Lutero ofrece su propia explicación de lo que le pasó cuando estaba a punto de decir las palabras, “Nos ofrecemos a TI, el Dios vivo, eterno y verdadero.”: “Ante estas palabras yo me quedé estupefacto y aterrorizado. Pensé para mí mismo, “¿Con qué lengua voy a dirigirme a tal Majestad, si todos los hombres deberían de temblar aún ante la presencia de un príncipe terreno? ¿Quién soy yo para levantar mis ojos o mis manos hacia la majestad divina? Los ángeles lo rodean. Uno solo de sus movimientos hace temblar la tierra, y yo, un miserable y pequeño pigmeo diré, ‘yo quiero esto y pido aquello’? Porque yo soy polvo y ceniza, lleno de pecado y estoy hablándole al Dios vivo, eterno y verdadero.” Pues, estos episodios son consideraciones menores en cuanto a los testimonios sobre la cordura de Lutero. Nuestra atención debe dirigirse hacia uno de los momentos más dramáticos de su vida y para todo el cristianismo. La prueba suprema en la vida de Lutero, la ocasión para su más elevado conflicto vino en el Concilio Imperial de Worms en el año de mil quinientos veintiuno. Delante de los príncipes de la iglesia y el estado, y la del santo Emperador Romano Carlos, el hijo de un minero de carbón estaba siendo juzgado por herejía. Los eventos se habían salido de control desde que el profesor de Teología había clavado sus 95 tesis en la puerta de la Iglesia de Todos los Santos en Wittemburg. Estos fueron puntos de debate que Lutero estaba exponiendo para una disputa teológica. El no quiso encender un fuego nacional o internacional. Alguna gente, probablemente estudiantes, cogieron esas tesis e hicieron uso del maravilloso nuevo invento de Gutenberg -la imprenta. En dos semanas las tesis estaban siendo discutidas en Alemania. Bainton presta una expresión de Karl Barth para explicar lo que sucedió: “Lutero era como un hombre ascendiendo en la oscuridad de la escalera de caracol, en la cima de una vieja catedral. En esas penumbras, él trató de sostenerse, y su mano cogió una soga, que era la soga de la campana.”
Una tormentosa controversia tomó lugar. Las tesis fueron enviadas a Roma, al papa Leo. La leyenda dice que Leo las leyó y dijo, “Lutero es un borracho alemán; ya pensará diferente cuando esté sobrio.” El conflicto llegó hasta las órdenes monásticas y a los teólogos. Lutero se involucró en debates, el más serio en Augsburgo y Leipzig. Finalmente, fue censurado en la publicación de una bula papal. Su título, Exsurge Domine, viene de las palabras de apertura: “Levántate, oh Dios, y juzga tu causa, que cerdos salvajes han invadido tu
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viña.” Después de que la bula fue publicada, los libros de Lutero fueron quemados en Roma. El apeló para una audiencia con el emperador. Finalmente la reunión se realizó en Worms, donde a Lutero le fue dado un salvoconducto para hacerse presente. Lo que sucedió en Worms fue legendario. Las leyendas surgen de los eventos. Hollywood le ha dado su toque de glamor a esta escena. La imagen prevaleciente de Lutero es la de un valiente héroe desafiando a una jerarquía maligna. A Lutero se le pregunta, “¿Se retracta usted de sus escritos?” Nos imaginamos a Lutero de pie, sin temor a los oficiales, y diciendo con su puño cerrado en el aire, “esta es mi posición!”. Luego le vemos volverse y alejarse osadamente del salón mientras la gente lo vitorea, se monta en su caballo blanco y galopa hacia el horizonte para comenzar la Reforma Protestante. Pero esto no es lo que sucedió. La primera sesión tuvo lugar el 17 de abril. El aire estaba electrizado por la emoción del momento. Lutero se había expresado atrevidamente antes de su llegada diciendo, “Esta será mi retractación en Worms: ‘Previamente dije que el Papa es el vicario de Cristo; me retracto. Ahora digo que es el adversario de Cristo y el apóstol del diablo.” La multitud esperaba más declaraciones atrevidas. Contenían su emoción, esperando que el cerdo salvaje se desbordara. Cuando la Reunión Imperial se abrió, Lutero se paró en el centro del salón; a un lado estaba una mesa con sus libros controversiales. Un oficial le preguntó si eran suyos. El contestó, su voz poco más alta que un susurro, “Los libros son todos míos y he escrito más.” Luego, vino la pregunta decisiva de su disposición para retractarse. La asamblea esperó su respuesta. Pero no hubo puño levantado, ni desafío. De nuevo Lutero respondió inaudiblemente, “Les ruego que me den tiempo para pensarlo.” Como sucedió en su primera misa, Lutero se tambaleó. Su confianza lo abandonó; el cerdo salvaje fue de repente como un cachorro lloriqueando. El emperador estaba asombrado por la petición, y se preguntó si ésta no podría ser más que una táctica dilatoria, un artilugio teológico. Sin embargo, le concedió clemencia dándole veinticuatro horas más para pensar. Esa noche en la soledad de su cuarto, Lutero escribió la que creo, es una de las oraciones más conmovedoras jamás escritas. En ella se revela el alma de un hombre humilde postrado ante su Dios, desesperadamente buscando el coraje para permanecer solo delante de hombres hostiles. Para Lutero era su Getsemaní privado:
“¡Oh Dios, Todopoderoso Dios eterno! ¡Cuán terrible es el mundo! Mira cómo su boca se abre para tragarme, y cuán pequeña es mi fe en Ti!… ¡Oh, cuan débil es la carne y cuan fuerte es el poder de Satanás! Si tuviera que depender de la fortaleza del mundo, todo se acabaría… La campana de la muerte ha sonado… la sentencia ha sido dictada… ¡Oh, Dios! ¡Oh, mi Dios! Tú ayúdame
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en contra de la sabiduría de este mundo. Haz esto te lo ruego; tú deberías de hacer esto… por tu gran poder… la obra no es mía sino tuya, yo no tengo nada que ver aquí… no tengo nada por lo cual contender con estos hombres grandes del mundo. Preferiría vivir mis días con paz y felicidad. Pero la causa es tuya… y es justa y eterna. ¡Oh Dios, ayúdame! ¡Oh Dios, fiel e inmutable! Yo no me apoyo en el hombre porque sería vano. Lo de los hombres es inestable, todo lo que procede de él fallará. ¡Dios mío, Dios mío! ¿No me escuchas? ¡Dios mío, ¿Acaso no vives más?! No, Tú no puedes morir, solamente te estás ocultando, me has escogido para este trabajo. ¡Yo lo sé!… Por eso Oh Dios, cumple tu voluntad. No me abandones, por el amor de tu amado Hijo, Jesucristo, mi defensa, mi escudo y mi fortaleza. Señor, ¿dónde estás?.. Dios mío, ¿dónde estás?.. Ven, te lo ruego, estoy listo… Mírame preparado para ofrecer mi vida por tu verdad… sufriendo como un cordero, porque tu causa es santa y es sólo tuya. No te dejaré ir, no, ni aun por la eternidad. Y aunque el mundo estuviera saturado de demonios y este cuerpo, que es obra de tus manos, fuese arrojado y pisoteado, cortado en pedazos y consumido hasta las cenizas, mi alma es tuya. Sí, tu propia Palabra me lo asegura. Mi alma te pertenece y habitará contigo para siempre. ¡Amén! ¡Oh Dios, envía tu ayuda!…¡Amén!” Más tarde del día siguiente, Lutero regresó a la sala. Esta vez su voz no tembló ni se alteró. Trató de responder a la pregunta dando un discurso. Su inquisidor finalmente le demandó una respuesta: “Te mando Martín, responde claramente y sin rodeos. ¿Repudias o no tus libros y los errores que ellos contienen?” Lutero replicó: Puesto que vuestra majestad y vuestras señorías desean una res-puesta simple, responderé sin rodeos y directamente: A menos que sea convencido por las Escrituras y por la razón clara, yo no aceptaré la autoridad de los Papas y de los Concilios, porque ellos se contradicen unos a otros. Mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios, por ello no puedo retractarme de nada, porque ir en contra de la conciencia no es bueno ni es seguro. Esta es mi posición, no puedo hacer otra cosa. Que Dios me ayude. Amén. ¿Las palabras de un hombre loco? Tal vez. La pregunta radica en cómo puede un hombre atreverse a oponerse al Papa y al emperador, a los Concilios y a los Credos, y a toda la organización de la autoridad del cristianismo. ¿Qué” arrogancia tiene que haber para contradecir a los más refinados académicos y a los más altos oficiales de la iglesia, para poner sus propios poderes mentales e interpretación bíblica en contra de todo el mundo? ¿Es esto arrogancia y ego manía, o son solo las reflexiones de un genio bíblico, un santo valiente? o ¿Simplemente son los delirios de un maniático? Cualquiera que sea el veredicto, esta determinación solitaria, para bien o para mal, dividió al cristianismo en dos.
No obstante la importancia de este evento tanto para la iglesia como para la vida personal de Martín Lutero, no fue la principal razón por la cual los futuros
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académicos juzgaran a Lutero demente. Hubo algo aún más extraordinario, más morboso, ciertamente macabro acerca de este hombre. Tenía que ver con los hábitos de conducta de Lutero mientras fue monje en el monasterio. Como tal, Lutero dedicó su vida a una rigurosa austeridad. Se propuso ser un monje perfecto, ayunaba por días y se sometía a severas formas de auto flagelación, y traspasaba las reglas del monasterio en asuntos de auto negación. Sus vigilias de oración eran más largas que las de cualquiera. Rehusaba las cobijas que se le asignaban, y se congelaba casi hasta la muerte. Castigaba su cuerpo tan severamente que luego comentó que fue en su celda de monje donde dañó permanentemente su sistema digestivo. Acerca de esta experiencia escribió, “Yo era buen monje y guardaba las reglas de mi orden tan estrictamente, que si algún monje llegara al cielo por su monjerío, habría sido yo. Todos mis hermanos en el monasterio que me conocían, lo pueden verificar. Si hubiese seguido así por más tiempo, me habría matado a mí mismo con vigilias, oraciones, lecturas y otros trabajos.” La práctica más extraña de Lutero tenía que ver con su hábito diario de confesión. El requerimiento era que todos los pecados fuesen confesados. Lutero no podía pasar un día sin pecar, así que sentía la necesidad de ir diariamente al confesionario buscando absolución. La confesión era una parte regular de la vida monástica. Los otros hermanos veían regularmente a sus confesores y decían, “Padre, he pecado, anoche estuve despierto después de que se apagaron las luces leyendo mi Biblia con una candela,” o “Ayer en el almuerzo, codicié la ensalada de papas del hermano Felipe.” (¿En cuántos pecados puede meterse un monje en el monasterio?) El padre confesor escuchaba, otorgaba la absolución y asignaba una penitencia. Eso era todo, y se tomaba sólo unos minutos. Pero no así con el hermano Martín. El estaba perturbando al padre confesor, pues no se satisfacía con una breve descripción de sus pecados. El quería asegurarse de que ningún pecado quedaba sin confesar. Entraba al confesionario y se estaba allí por horas diariamente. En una ocasión Lutero se pasó seis horas confesando los pecados que había cometido el día interior. Los superiores del monasterio comenzaron a tener dudas acerca de él. Consideraban la posibilidad de que él fuera un holgazán que prefería estarse confesando, que estudiar y realizar sus otras tareas. ‘También se consideró que pudiese estar mentalmente desabarrancado, a punto de sufrir una seria psicosis. Su mentor, Staupitz, finalmente se enojó y reprendió a Lutero: “‘Mira, le dijo, ‘si esperas que Cristo te perdone, trae algo para perdonar – parricidio, blasfemia, adulterio – en lugar de todos estos pecadillos… Dios no está enojado contigo. Tú estás enojado con Dios. ¿No sabes que Dios te manda tener esperanza?’”
¡Aquí está! Este era el aspecto de Lutero que más le ha valido el veredicto de locura. El hombre era radicalmente anormal. Su complejo de culpa era distinto
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a cualquiera antes de él. Era tan morboso en su culpa, tan turbado en sus emociones, que ya no podía funcionar como un ser humano normal, ni siquiera como un monje normal. El seguía escapando de la tormenta de rayos. Bainton lo resume así: En consecuencia, la más temible inseguridad lo acechaba, el pánico invadía su espíritu. Su conciencia estaba tan inquieta como para ponerse a temblar ante la caída de una hoja. El horror de la pesadilla atrapaba su alma, temerosa de despertar a media noche para encontrarse con los ojos del que venía a tomar su vida. Los ángeles se retiraban; los demonios gesticulaban con llamados maliciosos a su alma impotente. Estos eran los tormentos de los que Lutero repetidamente testificó que le eran peores que cualquier enfermedad física jamás sufrida. Su descripción concuerda con un reconocido tipo de desorden mental donde uno se siente tentado a preguntarse si su turbación debería ser considerada como producto de una auténtica dificultad religiosa o de una deficiencia gástrica o glandular.” ¿A que se debía la conducta de Lutero? Una cosa es cierta: cualquiera que son los mecanismos que todos usamos para callar nuestra conciencia, no funcionaban para Lutero. Algunos teóricos arguyen que una persona demente puede tener una visión más aguda de la realidad que una normal. Pensemos en el hombre agobiado por la ansiedad que va al psiquiatra y se queja de estar tan paralizado por el miedo, que no puede ir ni a un día de campo. Cuando el psiquiatra lo analiza, el hombre explica que él teme que podría chocar su carro camino hacia el parque, ser mordido por una serpiente venenosa, ser alcanzado por un rayo o atragantarse con un bocado. Todos estos miedos representan posibilidades reales. La vida es peligrosa. Howard Hugues, con todos sus millones, no podía encontrar un ambiente donde estuviera totalmente a salvo de los ataques hostiles de los gérmenes. Por ejemplo, nadie puede asegurar que todos los días de campo serán seguros. La percepción del hombre de que todas las cosas podrían salir mal es correcta, pero aun así él es anormal, porque ha perdido las defensas que nos capacitan para superar los peligros que nos rodean cada día. Hay algo sobre los antecedentes y de la personalidad de Lutero que con frecuencia sus analistas pasan por alto. Ellos no toman en cuenta que antes de ir al monasterio, Lutero se distinguió como una de las mentes jóvenes más iluminadas de Europa en el campo de la jurisprudencia. Lutero era brillante. No había ningún problema con su mente. Su comprensión de los sutiles y difíciles puntos de la ley lo hacía sobresaliente. Algunos lo celebraban como a un genio legal.
Se dice que hay una fina línea entre la genialidad y la locura y que alguna gente la cruza para atrás y para adelante. Quizás ése era el problema de Martín Lutero. El no estaba loco. Era sin duda un genio que tenía un
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entendimiento superior de la ley. Una vez que aplicó su astuta mente legal a la ley de Dios, vio cosas que mucha gente no ve. Lutero examinó el Gran Mandamiento, “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente;” y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lucas 10:27). Entonces él se preguntó a sí mismo, “¿Cuál es la Gran Transgresión?” Algunos responden esta pregunta diciendo que el gran pecado es matar, adulterar, blasfemar o no creer. Lutero disentía. El concluyó que si el Gran Mandamiento era amar a Dios con todo el corazón, entonces la Gran Transgresión era no amar a Dios con todo el corazón. El vio un balance entre las grandes obligaciones y los grandes pecados. La mayoría de la gente no piensa de esta manera. Ninguno de nosotros guarda el Gran Mandamiento por cinco minutos. Superficialmente, podemos pensar que lo hacemos, pero en los momentos de reflexión descubrimos que no es así. Tampoco amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Podemos hacer lo posible para evitar pensar profundamente sobre esto, pero siempre hay una incómoda sensación en el fondo de nuestra mente que nos acusa de quebrantar este mandamiento todos los días. Como Isaías, sabemos que nadie más guarda el Gran Mandamiento también, y es aquí donde encontramos consuelo: nadie es perfecto. Todos nos quedamos cortos en amar perfectamente a Dios, así que, ¿para qué preocuparse por ello? Eso no hace a la gente normal pasarse seis horas confesando. Si Dios castigara a todos los que fallan en guardar el Gran Mandamiento, tendría que castigar a todo el mundo. La prueba es muy grande, demasiado exigente; no es justa. Dios tendrá que juzgamos a todos sobre una curva. Lutero no lo vio de esta manera. El se dio cuenta que si Dios juzgara sobre una curva, tendría que comprometer su santidad. Suponer que Dios hará eso es una suprema arrogancia y necedad. Dios no rebaja sus propias medidas para acomodarse a las nuestras. El siempre es absolutamente santo, recto y justo. Pero nosotros somos injustos, y allí radica nuestro dilema. La mente de Lutero era acosado con la pregunta, ¿Cómo puede una persona injusta sobrevivir en la presencia de un Dios justo? Lutero agonizaba en aquello en lo que de todos se sienten cómodos: “¿No saben que Dios habita en luz inaccesible? Nosotros, criaturas débiles e ignorantes, queremos probar y entender la incomprensible majestad de la indescifrable y maravillosa luz de Dios. Nos preparamos y nos acercamos, ¿Qué hay de extraño entonces que esa majestad nos sobrecoja y nos quebrante?”
Lutero era el polo opuesto al personaje bíblico del joven rico que vino a Jesús inquiriendo acerca de su salvación: Un hombre principal le preguntó, diciendo: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo Dios. Los mandamientos sabes: No adulterarás; no matarás; no hurtarás; no dirás falso testimonio; honra a tu padre ya tu madre. (Lucas 18:18-20)
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Hay algo que con frecuencia la gente pasa por alto en este conocido encuentro de Jesús con el joven rico: el significado del saludo de este hombre hacia Jesús. El le llamó “Maestro bueno.” Jesús no lo pasó por alto. El supo de inmediato que estaba hablando con un hombre cuyo entendimiento de la palabra bueno era superficial. El hombre quería hablar con Jesús sobre la salvación. En lugar de eso, Jesús sutilmente cambió la conversación acerca de lo que era bueno, y aprovechó para enseñarle una inolvidable lección sobre el significado de qué es “bueno.” Jesús ge fijaba en el saludo: “¿Por qué me llamas bueno?” y acentuaba la cuestión con una calificación rígida: Ninguno hay bueno, sino sólo Dios.” Levantamos un aviso aquí. Algunas personas, incluso teólogos eruditos, se han atropellado sobre estas declaraciones de Cristo. Algunos oyen a El diciendo en efecto, “¿Por qué me llamas bueno? No soy bueno. Solo Dios es bueno. No soy Dios y no soy bueno.” Pero aquí Jesús no estaba negando su divinidad, ni su bondad en ninguna manera. En el contexto de un buen conocimiento de Cristo, habría sido propio para el joven rico llamar a Jesús bueno, porque El era bueno. Era la encarnación de sumo bien. El punto es que el joven rico, no sabiendo esto, estaba honrando a Jesús como un gran maestro, sin saber que le estaba hablando al Dios encarnado. Obviamente, el joven rico no conocía su Biblia. Había fallado entender el Salmo 14: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios. Se han corrompido, hacen obras abominables; no hay quien haga el bien. Jehová miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres para ver si había algún entendido que buscara a Dios. Todos se desviaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.” (Salmo 14:1-3) Este salmo es citado y amplificado en el nuevo testamento por el apóstol Pablo. El mensaje es inconfundible. Nadie hace el bien, ni siquiera uno. Este “ni siquiera uno” borra toda posibilidad para la confusión. La acusación no permite excepciones salvo para el Hijo de Dios, quien es el único que hizo lo bueno. El espíritu humano se desentiende ante esta acusación universal. Seguramente las Escrituras exageran. Nosotros conocemos gente que hace lo bueno, algunos con frecuencia. Reconocemos que nadie es perfecto. Todos nos resbalamos ocasionalmente, pero aún hacemos cosas buenas de vez en cuando, ¿no es así? ¡No! Esto es precisamente la manera en que el joven rico pensaba. El medía la bondad con una regla equivocada; evaluaba las buenas obras desde la ventajosa posición del rasero humano y externo.
Dios manda que nosotros hagamos cosas buenas. Nos manda a dar a los pobres y nosotros damos a los pobres. Esta es una buena obra, ¿no es así? Pues, sí y no. Es buena en el sentido de que se ajusta a lo que Dios manda. Por ese lado, hacemos el bien con frecuencia. Pero Dios también mira el corazón. A El le interesan nuestras motivaciones. Para que una buena obra
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satisfaga la medida de la bondad de Dios, debe brotar de un corazón que ama a Dios y a su prójimo perfectamente. Puesto que ninguno de nosotros alcanza ese perfecto amor por Dios y por el prójimo, todas nuestras obras externas están contaminadas. Ellas llevan la mancha de nuestras motivaciones corruptas. La lógica de la Biblia es ésta: Puesto que nadie tiene un corazón perfecto, nadie hace una obra realmente buena. La ley de Dios es El espejo de la verdadera justicia. Cuando ponemos nuestras obras ante este espejo, el reflejo muestra nuestras imperfecciones. Jesús puso este espejo ante los ojos del joven rico: “Los mandamientos sabes: No adulterarás; no matarás; no hurtarás; no dirás falso testimonio; honra a tu padre y a tu madre. ” (Lucas 18:20). Los mandamientos que Jesús mencionó al joven rico son los de la así llamada segunda tabla de la ley, que son los mandamientos que tratan con nuestra responsabilidad hacia nuestros semejantes. En este sumario están ausentes los primeros mandamientos que tratan explícitamente de nuestras obligaciones directas hacia Dios. ¿Cómo respondió el joven rico? A él no le afectó. Miró calmadamente al espejo y no vio imperfecciones. El contestó, “Estas cosas las he guardado desde mi juventud” (Lucas 18:21). Imagine la arrogancia e ignorancia de este hombre. Encuentro difícil entender la paciencia de Jesús. Yo no habría podido contener mi indignación diciendo algo como, “¡Qué! ¿Has guardado los mandamientos desde que eras muchacho? Tú no has guardado ninguno de los mandamientos en los últimos cinco minutos. ¿No oíste el Sermón del Monte? ¿No te das cuenta que si te enojas injustamente con alguien haz vio-lado el más profundo significado de la ley contra la muerte? ¿No sabes que si deseas a una mujer quiebras la ley más profunda del adulterio? ¿Nunca has codiciado? ¿Honras siempre a tus padres? Tú estás loco o ciego. La obediencia ha sido externa, cuando mucho. Tú sólo obedeces superficialmente. Así es como yo hubiese reaccionado, más no Jesús. El fue más sutil y efectivo: “Jesús, oyendo esto, le dijo: Aún te falta una cosa. Vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme” (Lucas 18:21). Si alguna vez Jesús habló irónicamente fue aquí. Si tomásemos sus palabras literalmente concluiríamos que esta conversación la sostuvieron los dos hombres más justos de la historia, que fue un diálogo entre el Cordero sin mancha y un cordero con una sola mancha. Me encantaría oír a Jesús diciéndome que a mi perfección moral sólo le falta una cosa, pero nosotros sabemos bien que esto no es así. Especulando y tratando de penetrar en los pensamientos secretos de Jesús, podemos imaginamos que El pensó algo como esto.: Oh, tú has guardado todos los mandamientos desde niño. Bueno, veamos. ¿Cuál es el primer mandamiento? Oh, sí, “No tendrás dioses ajenos delante de mí.” Veamos cómo te va con ése.
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Jesús lo puso a prueba. Si había algo en el joven rico antes que Dios, era el dinero. Jesús lo desafió precisamente en este punto, el punto de su obediencia al mandamiento número uno: “Ve, vende todo lo que tienes…” ¿Qué hizo éste hombre? ¿Cómo lidió él con su única mancha? El se fue con tristeza porque tenía grandes posesiones. El hombre fue puesto a prueba ante los Diez Mandamientos, y fracasó en la primera pregunta del examen. El punto de este relato no es establecer una ley que obligue al cristiano a deshacerse de todas sus propiedades privadas. El punto es que entendamos lo que es la obediencia y lo que la bondad requiere. Jesús le siguió la corriente a su pretensión y el hombre se desplomó. Cuando Jesús conoció a otro hombre joven siglos más tarde, no tuvo que enseñarle una compleja lección para que entendiera su pecado. El nunca le dijo a Lutero, “Una cosa te falta.” Lutero ya sabía que a él le faltaban multitud de cosas. El era un abogado; había estudiado la ley del antiguo testamento; conocía las demandas de un Dios puro y santo, yeso lo estaba volviendo loco. El genio de Lutero dilucidó un dilema legal que no pudo resolver. Parecía no haber solución posible. La pregunta que lo acosaba día y noche era cómo un Dios justo podía aceptar a un hombre injusto. El sabía que su eterno destino dependía de la respuesta, pero él no podía hallada. Mentes inferiores iban disfrutando alegremente la vida en su ignorancia. Ellos se satisfacían pensando que Dios comprometería su propia excelencia y los dejaría entrar al cielo. Después de todo, no sería tan maravilloso si los excluían a ellos. Dios tenía que calificar sobre una curva. Cada muchacho hace sus travesuras, y Dios es suficientemente grande como para no irritarse por unas cuantas faltas. Dos cosas separaban a Lutero de los demás hombres: Primero, él sabía quién era Dios. Segundo, el entendía las demandas de la ley de Dios. Dominaba la ley, y a menos que llegara a entender el evangelio, moriría en tormento. Entonces sucedió: la máxima experiencia religiosa de Lutero. No hubo rayos, ni tinteros volando. Tuvo lugar en su solitario estudio. La llamada “experiencia de la torre” de Lutero cambió el curso de la historia del mundo. Fue una experiencia que envolvía un nuevo entendimiento de Dios, un nuevo entendimiento de su divina justicia. Fue un entendimiento de cómo Dios puede ser misericordioso sin comprometer tal justicia. Fue una nueva comprensión de cómo un Dios santo expresa su santo amor:
“Yo anhelaba grandemente entender la Epístola de Pablo, a los Romanos y nada lo impedía sino una expresión, “la justicia de Dios,” porque yo pensaba que se refería a la justicia donde Dios es justo y trata justamente castigando al injusto. Mi situación era que, aun siendo un monje impecable, yo estaba frente a Dios como un pecador atormentado de conciencia, sabiendo que mis méritos no lo aplacarían. Como resultado, yo no amaba a un Dios justo y airado; más bien lo odiaba y murmuraba contra El. Sin embargo, me aferraba al querido Pablo y tenía un gran anhelo por saber de qué estaba hablando. Noche y día
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yo reflexionaba hasta que vi la conexión entre la justicia de Dios y la declaración de que “el justo por la fe vivirá.” Entonces entendí que la justicia de Dios es esa justicia por la cual a través de la gracia y la pura misericordia Dios nos justifica por la fe. De allí en adelante sentí como si hubiese nacido de nuevo y hubiese entrado por las puertas del paraíso. Toda la Escritura tomó un nuevo significado, y donde antes la “justicia de Dios” me llenaba de odio, ahora llegó a ser para mí inexpresablemente dulce con gran amor. Este pasaje de Pablo fue para mí la puerta del cielo…” “Si tienes una verdadera fe en Cristo como tu Salvador, entonces tienes un Dios de gracia, porque esa fe te guiará hacia el corazón y la voluntad de Dios, abriéndote sus puertas para que conozcas la gracia pura y el amor desbordante. Ver a Dios en fe es que veas su fraternal y compasivo corazón, en el cual no hay ira, ni falta de gracia. El que ve a Dios como airado no ve en El correctamente, sino que mira a través de una cortina como si una nube negra se le hubiese puesto frente a su rostro.” Como Isaías antes de él, Lutero sintió el brasa ardiente sobre sus labios. El sabía lo que significaba sentirse desolado; fue quebrantado por el espejo del Dios santo. Posteriormente, afirmó que antes de probar el sabor del cielo, Dios tuvo que colgarle sobre el abismo del infierno. Pero Dios no arrojó a su siervo al abismo sino que lo salvó de caer en él. El robo a Lutero que era a la vez el Dios justo y el que justifica al pecador. Cuando Lutero entendió el evangelio por primera vez, las puertas del paraíso se abrieron de par en par, y él entró por ellas. “El justo por la fe vivirá.” Este fue el grito de batalla de la Reforma Protestante:- La idea de que la justificación es sólo por la fe y por los méritos de Cristo solamente, es tan central para el Evangelio que Lutero le llamó “el artículo sobre el cual, la iglesia se sostiene o cae.” El sabía que eso sella el artículo sobre el cual él mismo se sostuviera o cayera. Una vez que Lutero comprendió las enseñanzas de Pablo en Romanos, nació de nuevo. La carga de su culpa fue levantada. El enloquecedor tormento terminó. Esto significó tanto para este hombre, que lo hizo capaz de estar firme contra el Papa y el Concilio, el príncipe y el emperador, y si fuese necesario, Contra todo el mundo. El había entrado por las puertas del paraíso, y nadie iba a arrastrarlo de regreso. Lutero fue un protestante que sabía por qué estaba protestando. ¿Era un loco? Tal vez. Pero si lo era, nuestra oración es que Dios envíe a esta tierra una epidemia de este tipo de locura, para que nosotros también podamos saborear la justicia que es sólo por la fe. Permitiendo que la Santidad de Dios Toque Nuestras Vidas:
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Mientras reflexiona sobre lo que ha aprendido y redescubierto acerca de la santidad de Dios, responda estas preguntas. Use un diario para registrar sus respuestas acerca de la santidad de Dios o discútalas con un amigo.
1. ¿Qué ve usted cuando mira en el espejo de la santidad de Dios?
2. ¿Qué aprende sobre usted y sobre Dios?
3. ¿Qué hace usted con la culpa que siente por sus pecados?
4. ¿Qué significan personalmente para usted las palabras, “El justo por la fe vivirá”?
5. ¿Cómo puede usted adorar a Dios por haberlo justificado?

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