06-ESTUDIO POR LIBRO -TIC5- FUNDAMENTOS DE LA FE CRISTIANA – LA PRUEBA DE LAS ESCRITURAS – James M. Boice

5. LA PRUEBA DE LAS ESCRITURAS

LA EVIDENCIA MAYOR DE QUE LA BIBLIA ES LA PALABRA DE DIOS está dada por el testimonio interno del Espíritu Santo que así lo afirma. Sin dicho testimonio, la veracidad de la Escritura nunca podrá registrarse satisfactoriamente en el lector. Tanto el cristiano maduro como cualquiera que recién comienza a estudiar las aseveraciones del cristianismo deberían conocer los argumentos racionales.


¿Cuáles son estos argumentos? Algunos ya han sido sugeridos. Primero, están las aseveraciones que lasEscrituras hacen de sí mismas. Los libros de la Biblia afirman ser la Palabra de Dios, y, mientras esto por sí solono prueba que lo son, sin embargo es un hecho a tener en cuenta. Debemos preguntarnos cómo es posible quelos libros que parecen ser tan ciertos en otros aspectos puedan estar equivocados con respecto al punto crucialsobre sí mismos. Segundo, está el testimonio de Jesús. Su testimonio es el argumento fundamental. Porque aunsi Jesús hubiera sido sólo un gran maestro, no podríamos dejar de ver que Él consideraba la Biblia como laautoridad final en la vida. Tercero, está la superioridad doctrinal y ética de la Biblia frente a todos los demáslibros. La superioridad de la Biblia ha sido reconocida en varias oportunidades aun por lo no creyentes y sólo esnegada por muy pocos de los que realmente han leído y estudiado sus páginas. Cuarto, está el poder de laBiblia que nos afecta mientras la leemos. ¿Qué puede producir tales resultados si la Biblia no es divina, tanto ensu origen como en su operación en las vidas humanas?Thomas Watson, uno de los grandes puritanos ingleses, escribió:
Me pregunto de dónde podría provenir la Biblia si no proviene de Dios. Los hombres malvados nopodrían ser sus autores. ¿Cómo podrían sus mentes redactar tales líneas santas? ¿Podrían condenar tanfieramente al pecado? Los hombres buenos tampoco podrían ser los autores. ¿Podrían escribir bajotanta tensión? ¿Podrían plagiar el nombre de Dios y escribir así dice el Señor, en un libro que ellosestán componiendo?

1Tenemos aquí cuatro buenas razones para considerar la Biblia como la revelación de la Palabra de Dios; y otraquinta razón que surge del argumento de Watson: los escritores bíblicos no podrían haber alegado un origendivino para un libro que ellos consideraban propio. A continuación tenemos otras cinco bases para la mismaconclusión.

LA UNIDAD EN LA DIVERSIDAD
Una sexta razón para considerar la Biblia como la revelación de la Palabra de Dios es la asombrosa unidad del
libro. Este argumento no es nuevo, pero sin duda es bueno. Es un argumento que se toma más fuerte en la
medida que más se estudian los documentos. La Biblia está compuesta por sesenta y seis partes, o libros,
escritos en un período que abarca alrededor de mil quinientos años (entre aproximadamente 1450 a.C. hasta
alrededor del año 90 d.C), por más de cuarenta personas distintas. Estas personas no se parecían entre sí.
Provenían de distintas clases sociales y las circunstancias que las rodeaban eran diferentes. Algunas fueron
reyes. Otras fueron estadistas, sacerdotes, profetas, un recaudador de impuestos, un médico, un
confeccionador de carpas, pescadores. Si se les hubiera preguntado sobre cualquier tema, habrían tenido
puntos de vista tan dispares como las opiniones de las personas contemporáneas. Pero juntos produjeron un
volumen de una unidad maravillosa en cuanto a su doctrina, su perspectiva histórica, su ética y sus
expectativas. En resumen, se trata de una sola historia de la redención divina que comenzó con Israel, se
centró en Jesucristo y culminará con el fin de la historia. La naturaleza de esta unidad es importante. Para
comenzar, R. A. Torrey señala:
No se trata de una unidad superficial sino profunda. Superficialmente, a veces nos encontramos con
aparentes discrepancias y contradicciones; pero, en la medida que la estudiamos, estas aparentes
discrepancias y contradicciones desaparecen, y aflora la profunda unidad subyacente. Cuanto más a
fondo estudiamos, más completa se nos presenta esta unidad. Además, esta unidad es orgánica -es
decir, no se trata de la unidad de algo muerto, como una piedra, sino de algo que está vivo, como una
planta. En los primeros libros de la Biblia, tenemos el pensamiento germinante; a medida que
avanzamos, tenemos la planta; y luego, el pimpollo; y luego, la flor; y por último, la fruta madura. En la
Revelación tenemos la fruta madura del Génesis.2
¿Cómo es posible explicar esta unidad? Existe una sola explicación posible: detrás de los esfuerzos de más de
cuarenta autores humanos está la perfecta, soberana y conductora mente de Dios.
UNA EXACTITUD INUSUAL
Una séptima razón para creer que la Biblia es la Palabra de Dios es su exactitud inusual. Para ser precisos, esta
exactitud no prueba que la Biblia sea divina -los seres humanos pueden ser en ocasiones bastante exactospero
es lo que deberíamos esperar que sucediera si la Biblia es el resultado del esfuerzo de Dios. Por otro lado,
si la exactitud de la Biblia implica también su infalibilidad (que consideraremos en el capítulo siguiente),
entonces esto sí sería una prueba directa de su divinidad. Porque, si bien el error es humano, la infalibilidad es
divina.
En algunas partes la exactitud de la Biblia puede ser probada externamente, como en las porciones históricas
del Nuevo Testamento. Podemos tomar como ejemplos al evangelio de Lucas o el libro de Hechos. Lucas y
Hechos son un intento de “poner en orden la historia” sobre la vida de Jesús y la rápida expansión de la iglesia
cristiana primitiva (Lc. 1:1-4; Hch. 1:1-2). Esto sería un enorme emprendimiento aún en la actualidad. Más aún
lo era en la antigüedad, cuando no habían ni diarios ni libros de referencia. En realidad había muy pocos
documentos escritos. Pero, a pesar de ellos, Lucas ilustró el crecimiento de lo que comenzó como un
movimiento religioso insignificante en un rincón recóndito del imperio romano, un movimiento que progresó
calladamente y sin la sanción oficial pero que cuarenta años después de la muerte y resurrección de Jesucristo
ya tenía congregaciones cristianas en casi todas de las grandes ciudades del imperio. ¿Fue la labor de Lucas
exitosa? Sí, lo fue; y exacta de principio a fin.
En primer lugar, ambos libros muestran una exactitud asombrosa cuando mencionan títulos oficiales y las
correspondientes esferas de influencia. Esto ha sido documentado por F. F. Bruce de la Universidad de
Manchester, en Inglaterra, en un pequeño libro titulado The New Testament Documents: Are They Reliable?
Bruce escribe:
Una de las muestras más notorias de su exactitud (con respecto a Lucas) es su familiaridad con los
títulos que le corresponden a todas las personas notables que figuran en sus páginas. Esto no era una
proeza tan fácil en sus días como lo es en los nuestros, cuando es muy sencillo consultar un libro de
referencias. Se ha comparado el uso que Lucas hace de los distintos títulos existentes en el imperio
romano con la manera suelta y confiada con que un hombre de Oxford, en una conversación, puede
referirse a los directores de los distintos colegios: el Provost de Oriel, el Master de Balliol, el Rector de
Exeter, el President de Magdalen, y así sucesivamente. Uno que no vive en Oxford, como este autor,
nunca se siente como en su casa con la multiplicidad de títulos de Oxford.3
Obviamente, Lucas sí se sentía como en su casa con los títulos romanos; nunca se equivoca al utilizarlos.
Bruce agrega que Lucas tenía otra dificultad, en cuanto los títulos no eran siempre los mismos, sino que se
modificaban con el tiempo. Por ejemplo, la administración de una provincia podía pasar de un representante
directo del emperador a un gobierno senatorial, para ser gobernada por un procónsul en lugar de un delegado
imperial (legatus pro praetore). Chipre, una provincia imperial hasta el año 22 a.C., se convirtió en una
provincia senatorial en ese año y fue gobernada por un procónsul en vez de un delegado imperial. Fue así que
cuando Pablo y Bernabé arriban a Chipre alrededor del año 47 d.C., es el procónsul Sergio Pablo quien les da la
bienvenida (Hch. 13:7).
También Acaya era una provincia senatorial desde el año 27 a.C. hasta el año 15 d.C., y luego con posterioridad
al año 44 d.C. Por eso Lucas se refiere a talión, el gobernante romano en Grecia, como el “procónsul de Acaya”
(Hch. 18:12), el título del representante romano durante la visita de Pablo a Corinto, pero no durante los
veintinueve años con anterioridad al año 44 d.C.4
Este tipo de exactitud por parte de uno de los escritores bíblicos es un testimonio que puede multiplicarse casi
indefinidamente. Por ejemplo, en Hechos 19:38, el escribano de Efeso trata de apaciguar a los ciudadanos
alborotados refiriéndoles a las autoridades romanas: “Y procónsules hay”, dice, usando el plural. A primera
vista, el escritor parece haber cometido un error, ya que había sólo un procónsul romano para cada región
determinada. Pero si lo examinamos vemos que poco tiempo antes del alboroto en Efeso, Junio Silano, el
procónsul, había sido asesinado por los mensajeros de Agripina, la madre del adolescente Nerón. Como el
nuevo procónsul aún no había llegado a Efeso, la expresión vaga del escribano puede ser intencional o puede
estar referida a los dos emisarios, Helio y Celer, quienes eran los sucesores aparentes de Silano. Lucas captura
el clima de la ciudad en un momento de disturbios internos, del mismo modo que también captura el clima de
Antioquía, Jerusalén, Roma y otras ciudades, cada una con sus características exclusivas.
La arqueología ha constatado la extraordinaria confiabilidad de los escritos de Lucas y de otros documentos
bíblicos. Una placa fue descubierta en Delfos identificando a Galión como el procónsul de Corinto cuando Pablo
visitó la ciudad. El estanque de Betesda, con sus cinco pórticos, fue encontrado a unos setenta pies por debajo
del presente nivel de la ciudad de Jerusalén. Se lo menciona en Juan 5:2, pero se había perdido de vista luego
de la destrucción de la ciudad por los ejércitos de Tito en el año 70 d.C. También se ha descubierto el Enlosado,
Gabata, que se menciona en Juan 19:13.
Documentos antiguos -de Dura, Ras Shamra, Egipto y el Mar Muerto- han echado luz sobre la confiabilidad
bíblica. Se han recibido informes sobre hallazgos en Tell Mardikh, en el noroeste de Siria, el sitio de la antigua
Ebla. Hasta el momento, mil quinientas tabletas que datan de alrededor de 2300 a.C. (unos doscientos a
quinientos años antes de Abraham) han sido descubiertas. En ellas aparecen nombres como los de Abram,
Israel, Esaú, David, Jahvé, y Jerusalén, lo que nos está indicando que estos eran nombres comunes antes de
aparecer en los relatos bíblicos. Al ser estudiadas cuidadosamente, estas tabletas indudablemente habrán de
aclarar muchas de las costumbres de la época subsiguiente, de los patriarcas del Antiguo Testamento, Moisés,
David, y otros. Su sola existencia ya tiende a verificar los relatos del Antiguo Testamento.
También está disponible la evidencia interna de la exactitud de la Biblia, en especial cuando tenemos relatos
paralelos del mismo acontecimiento. Un ejemplo lo constituyen los relatos de las apariciones del Señor
Jesucristo luego de su resurrección. Son cuatro relatos independientes y escritos por separado; de otro modo
no habrían aparentes discrepancias. Si los escritores hubieran trabajado conjuntamente habrían aclarado
cualquier dificultad. Sin embargo, los evangelios no se contradicen realmente. Se complementan mutuamente.
Aun más, un pequeño detalle en uno de ellos, puede servir para aclarar lo que parecía ser una contradicción
entre otros dos.
Mateo nos dice que María Magdalena y la “otra” María habían ido al sepulcro en la primera mañana de Pascua.
Marcos menciona a María Magdalena, María la madre de Jacobo (y así identificamos a la “otra” María de Mateo),
y Salomé. Lucas menciona a dos Marías, Juana, “y las demás con ellas”. Juan menciona sólo a María
Magdalena. A simple vista estos relatos son diferentes, pero cuando los analizamos en detalle, revelan una
notable armonía. Resulta claro que un grupo de mujeres, incluyendo todas las anteriormente mencionadas,
fueron al sepulcro. Al encontrarse con que la piedra había sido removida, las mujeres más ancianas enviaron a
María Magdalena a decirles a los apóstoles lo que había sucedido y a pedirles consejo. Mientras ella iba, las
restantes mujeres vieron a los ángeles (como lo relatan Mateo, Marcos y Lucas) pero no al Señor resucitado, al
menos no hasta más tarde. Por otro lado, María, volviendo más tarde y sola, lo vio (como nos informa Juan). De
la misma manera, cuando Juan menciona a “el otro discípulo” que acompañó a Pedro al sepulcro, nos está
aclarando el versículo de Lucas 24:24 que dice que “fueron algunos de los nuestros al sepulcro”, después de las
mujeres, aunque Lucas había mencionado sólo a Pedro (un individuo singular) en su relato.
Todos estos son pequeños detalles, es cierto. Pero porque son pequeños le dan más peso a la exactitud total de
los evangelios.
LA PROFECÍA
Una octava razón para creer que la Biblia es la Palabra de Dios la brinda la profecía. También este se trata de
un gran tema, que escapa a los alcances de este capítulo. Sin embargo, es posible demostrar brevemente el
impacto de este argumento.
Primero; están las profecías explícitas. Estas conciernen al futuro del pueblo judío (incluyen algunas cosas que
ya han ocurrido y otras que todavía no han tenido lugar) y el futuro de las naciones gentiles. Por encima de
todo, muchas describen la venida del Señor Jesucristo, primero para morir y luego para volver con poder y gran
gloria. Toney cita cinco pasajes -Isaías 53 (todo el capítulo); Miqueas 5:2; Daniel 9:25-27; Jeremías 23:5-6; y el
Salmo 16:8-11 -y comenta:
En los pasajes citados tenemos predicciones sobre un Rey de Israel venidero. Se nos dice el tiempo exacto de su
manifestación a su pueblo, el lugar exacto de su nacimiento, la familia en que habría de nacer, las circunstancias
de su familia en oportunidad de su nacimiento (unas circunstancias totalmente diferentes de las existentes
cuando se escribió la profecía, y contraria a todas las probabilidades), cómo habría de ser recibido por su pueblo
(una recepción totalmente distinta a la que sería naturalmente previsible), el hecho, el medio y los detalles en
torno a su muerte, con las circunstancias específicas en cuanto a su sepultura, su resurrección, y la victoria
luego de su resurrección. Estas predicciones fueron cumplidas con la más exacta precisión por Jesús de
Nazaret.5
Otro escritor, E. Schuyler English, que fuera presidente de la comisión editorial de The New Scofield Referente
Bible (1967) y editor en jefe de The Pilgrim Bible (1948), observó que
más de veinte de las predicciones del Antiguo Testamento relacionadas con eventos que rodearían la
muerte de Cristo, palabras escritas siglos antes de su primera venida, se cumplieron con precisión en
un período de veinticuatro horas durante su crucifixión. Por ejemplo, en Mateo 27:35 está escrito:
“Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes.” Este era el
cumplimiento del Salmo 22:18, que afirmaba: “Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa
echaron suertes.”6
Muchas de estas profecías han sido cuestionadas y se han hecho intentos de datar los libros del Antiguo
Testamento en fechas más cercanas al tiempo de Cristo. Pero aunque traigamos las fechas de algunas profecías
lo más tarde en el tiempo como lo sugieren los críticos más radicales y destructivos, todavía estarán cientos de
años antes del nacimiento de Cristo. Más aún, el testimonio acumulado de ellas es devastador. Estos son
hechos, y exigen una explicación. ¿Cómo puede ser explicados? Esta evidencia sólo puede ser explicada por la
existencia de un Dios soberano. Él reveló con anticipación lo que había de suceder cuando enviara a Jesús para
redimir nuestra raza, y luego se encargó que dichos sucesos tuvieran lugar.
Todavía se puede decir mucho más con respecto a la profecía. Este material que hemos visto se refiere
únicamente a la venida de Cristo. También hay profecías referidas a la dispersión y la reunificación de Israel,
como también profecías generales y específicas concernientes a las naciones gentiles y a las capitales de dichas
naciones, muchas de las cuales han sido destruidas de la forma indicada por la Biblia, generaciones y hasta
siglos antes. Las instituciones, las ceremonias, los sacrificios y las fiestas de Israel también son profecías de la
vida y el ministerio de Jesús.7
LA CONSERVACIÓN DE LA BIBLIA
Una novena razón para creer que la Biblia es la Palabra de Dios es su asombroso estado de conservación a
través de los siglos del Antiguo, Testamento y la historia de la iglesia. Hoy, luego de que la Biblia ha sido
traducida en parte o en su totalidad a cientos de idiomas, y en algunos idiomas en varias versiones, y luego de
que millones de copias del texto sagrado han sido publicadas y distribuidas, sería casi imposible destruir la
Biblia. Pero estas no siempre fueron las condiciones reinantes.
Hasta la Reforma, el texto bíblico se preservaba por un proceso largo y laborioso de copiado a mano, una y otra
vez; al principio sobre papiro, y luego sobre pergaminos. Durante ese tiempo la Biblia fue en varias
oportunidades objeto de un odio extremo por muchos de los que estaban en el poder. Trataron de acabar con
ella. En los inicios de la iglesia, Celso, Porfirio y Luciano trataron de destruirla con argumentos. Luego, los
emperadores Diocleciano y Juliano trataron de destruirla con la fuerza. En varias instancias fue una ofensa
capital el poseer una copia de alguna parte del Texto Sagrado. Sin embargo, el texto sobrevivió.
Si la Biblia hubiera sido sólo los pensamientos y la obra de seres humanos, habría sido eliminada hace mucho
tiempo frente a tal oposición, como le sucedió a otros libros. Pero ha resistido, cumpliendo así las palabras de
Jesús cuando dijo: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt. 24:35).
VIDAS TRANSFORMADAS
La décima razón para creer que la Biblia es la palabra de Dios es su habilidad comprobada de transformar hasta
los peores hombres y mujeres, convirtiéndolos en bendición para sus familias, sus amigos y su comunidad. La
Biblia habla de este poder: “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel,
que hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de
Jehová es puro, que alumbra los ojos. El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; los juicio de
Jehová son verdad, todos justos” (Sal. 19:7-9). Como vimos en el capítulo anterior, esta transformación tiene
lugar por el poder del Espíritu Santo que obra a través de la Palabra.
¿La Biblia transforma en realidad a los hombres y las mujeres, cobvirtiéndolos en personas santas? Sí, lo hace.
Hay prostitutas que han sido reformadas; borrachos que se han vuelto sobrios; arrogantes que se han vuelto
humildes; personas deshonestas que se han vuelto personas íntegras; mujeres y hombres débiles que se han
vuelto fuertes; y todo por la transformación que Dios ha obrado en ellos mientras escuchaban y estudiaban las
Escrituras.
Tenemos una ilustración muy notoria sacada de la vida del doctor Harry A. Ironside. Cuando comenzó su
ministerio este gran evangelista y expositor bíblico vivía en el barrio de la Bahía de San Francisco y trabajaba
con un grupo de creyentes llamados “Hermanos”. Un domingo, caminando por la ciudad, se encontró con unos
trabajadores del Ejército de Salvación que estaban teniendo una reunión en la esquina de las avenidas Market y
Grant. Serían unos sesenta. Cuando reconocieron a Ironside, inmediatamente le pidieron que diera su
testimonio. Y así lo hizo, hablando sobre cómo Dios lo había salvado mediante la fe en la muerte corporal y la
resurrección literal de Jesús.
Mientras hablaba, Ironside se había percatado de un hombre, bien vestido, al borde de la multitud, que había
tomado una tarjeta de su bolsillo y había escrito algo en ella. Cuando Ironside terminó de hablar, el hombre se
adelantó, lo saludó levantando el sombrero, y amablemente le entregó la tarjeta. En un lado estaba su nombre,
que Ironside inmediatamente reconoció. Se trataba de uno de los primeros socialistas que se había hecho
famoso disertando no sólo a favor del socialismo sino también en contra del cristianismo. Al mirar la tarjeta del
otro lado, Ironside leyó: “Señor: Lo desafío a debatir conmigo la cuestión “El gnosticismo versus el cristianismo
en la Sala de la Academia de Ciencias, el próximo domingo a las cuatro de la tarde. Pagaré todos los gastos”.
“Estoy muy interesado en este desafío…”, contestó Ironside, luego de releer la tarjeta en voz alta. Y siguió
diciendo algo según este tenor: “Por lo tanto, estoy de acuerdo en tener este debate si se dan las siguientes
condiciones: el señor ___________, para comprobar que está luchando por algo valedero y por algo que vale la
pena debatir, se compromete a llevar a la Academia el próximo domingo a dos personas, cuyos requisitos ya le
daré, como prueba de que el gnosticismo es de real valor para cambiar las vidas humanas y para forjar un
verdadero carácter.
“Primero, debe prometerme llevar un hombre que haya sido por años lo que comúnmente llamamos un
“pordiosero”. No me interesa demasiado la naturaleza exacta de los pecados que arruinaron su vida y lo
convirtieron en un marginado de la sociedad -ya sea un borracho, o un criminal, o una víctima de su apetito
sexual-, pero un hombre que por años haya estado bajo el poder de esas costumbres sin poder librarse de
ellas; y que en alguna ocasión haya ido a alguna de las reuniones del señor _______, y haya escuchado las loas
al gnosticismo y las denuncias de la Biblia y el cristianismo, y que mientras escuchaba la disertación su mente y
su corazón hayan sido movidos de tal manera que haya salido de la reunión exclamando: “¡He aquí, yo también
soy un agnóstico!”, y como resultado de haberse permeado con esa filosofía en particular, haya encontrado un
nueve poder en su vida. Que los pecados que antes amaba, ahora los odia, y que la rectitud y la honradez son
ahora los ideales de su vida. Es ahora una nueva persona, un crédito para sí y un activo para la sociedad -todo
porque es un agnóstico “Segundo, me gustaría que el señor _________, me prometiera llevar una mujer -y
creo que tendrá más dificultad en encontrar a la mujer que al hombre- que haya sido una pobre y desamparada
marginada, una esclava de viles pasiones, una víctima de la vida corrupta de los hombres… quizás una que
haya vivido por años en un antro de maldad… completamente perdida, arruinada y desdichada por su vida de
pecado. Pero que esta mujer también haya entrado a una sala donde el señor ________ estaba proclamando su
gnosticismo y ridiculizando el mensaje de las Santas Escrituras. Y que mientras escuchaba, la esperanza haya
brotado en su corazón, y haya dicho: “¡Esto es justamente lo que necesitaba para librarme de la esclavitud del
pecado!” Siguió las enseñanzas y se convirtió en una inteligente agnóstica o librepensadora. Como resultado,
todo su ser se sublevó contra la degradación de la vida que había llevado hasta ese momento. Huyó del antro
de iniquidad donde había estado cautiva tanto tiempo; y hoy, rehabilitada, se ha ganado una posición venerada
en la sociedad y lleva una vida feliz, limpia y virtuosa -todo porque es una agnóstica.
“Ahora bien”, dijo, dirigiéndose al caballero que le había presentado la tarjeta y el desafío, “si me promete llevar
estas dos personas como ejemplos de lo que puede hacer el gnosticismo, yo le prometo encontrarme con usted
en la Sala de Ciencias el próximo domingo a las cuatro de la tarde, y yo traeré conmigo unos cien hombres y
mujeres que por años han vivido en tal degradación pecaminosa como he tratado de describir, pero que han
sido gloriosamente salvados al creer en el evangelio que usted ridiculiza. Estos hombres y mujeres estarán
conmigo en la plataforma, como testigos del poder salvador milagroso de Jesucristo y como prueba actualizada
de la verdad de la Biblia”.
“Capitán”, dijo entonces el doctor Ironside, dirigiéndose a la capitana del Ejército de Salvación, “¿con cuántos
podría contar para acompañarme a esa reunión?”.
“Habría cuarenta sólo de este cuerpo”, contestó con entusiasmo la Capitana, “y ¡podríamos darle una banda de
vientos para liderar la procesión!”
“Perfecto”, contestó el doctor Ironside. “Ahora bien, señor ___________ no tendré ningún inconveniente en
conseguir otros sesenta de las distintas misiones, salas evangélicas e iglesias de esta ciudad; y si usted me
promete llevar dos casos como le he descrito, yo entraré marchando al frente de dicha procesión, con la banda
tocando “Firmes y adelante huestes de la fe”, y estaré pronto para el debate”.
Parece ser que el hombre que había realizado el desafío tenía algo de sentido del humor, porque se sonrió y
agitando su mano, como queriendo decir: “¡Así no hay trato!” se retiró, mientras los demás aplaudían a
Ironside.8
El poder del Cristo vivo operando por medio del Espíritu Santo a través de la Palabra escrita transforma las
vidas. Esto ha sido cierto en el transcurso de toda la historia. Es una prueba poderosa de que la Biblia
indudablemente es la Palabra de Dios.
Notas
1. Thomas Watson, A Body of Divinity: Contained in Sermons upon the Westminster Assembly’s Catechism (1692; reprint
ed., London: The Banner of Truth Trust, 1970), p. 26.
2. R. A. Torrey, The Bible and Its Christ (New York: Fleming H. Revell, 1904-6), p. 26.
3. E E Bruce, The New Testament Documents: Are They Reliable? (Downers Grove, Ili.: InterVarsity Press, 1974), p. 82.
4. Ibid., pp. 82-83.
5. Torrey, The Bible and Its Christ, p. 19.
6. E. Schuyler English, A Companion to the New Scofield Referente Bible (New York: Oxford University Press, 1972), p. 26.
El autor invita al lector a comparar también los siguientes versículos: Mt. 26:21-25 con Sal. 41:9. Mt 26:31, 56; Mr. 14:50
con Zac. 13:7. Mt. 26:59 con Sal. 35:11. Mt. 26:63; 27:12, 14; Mr. 14:61 con Is. 53:7. Mt. 26:67 con Is. 50:6; 52:14; Mi.
5:1; Zac. 13:7. Mt. 27:9 con Zac. 11:12-13. Mt. 27:27 con Is. 53:8. Mt. 27:34, Mr. 15:36; Jn. 19:29 con Sal. 69:21. Mt.
27:38; Mr. 15:27-28; Lc. 22:37; 23:32 con Is. 53:12. Mt. 27:46; Mr. 15:34 con Sal. 22:1. Mt. 27:60; Mr. 15:46; Lc.
23:53; Jn. 19:41 con Is. 53:9. Lc. 23:34 con Is. 53:12. Jn. 19:28 con Sal. 69:21. Jn. 19:33, 36 con Sal. 34:20. Jn. 19:34,
37 con Zac. 12:10.
7. Para una discusión más completa sobre esta área de estudio del Antiguo Testamento, ver Victor Buksbazen, The Gospel
in the Feasts of Israel (Fort Washington, Pa.: Christian Literature Crusade, 1954) y Norman L. Geisler, Christ: The Theme
of the Bible (Chicago: Moody Press, 1968), pp. 31-68.
8. H. A. Ironside, Random Reminiscences from Fifty Years of Ministry (New York: Loizeaux Brothers, 1939), pp. 99-107. Ya
había contado esta historia en The Gospel of John, vol. 1 (Grand Rapids, Mich.: Zondervan, 1975), pp. 226-28.

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