SOLAMENTE POR GRACIA – DIOS JUSTIFICA A LOS IMPIOS – Romanos 4:5: «Al que no obra, pero cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia». CHARLES SPURGEON

DIOS JUSTIFICA A LOS IMPIOS

Atención a este breve discurso. Hallarás el texto en la Epístola a los Romanos 4:5: «Al que no obra, pero cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia».

Te llamo la atención a las palabras: «Aquel que justifica al impío.» Estas palabras me parecen muy maravillosas. ¿No te sorprende el que haya tal expresión en la Sagrada Biblia como esta: «Aquel que justifica al impío»? He oído que los que odian las doctrinas de la cruz, acusan de injusto a Dios por salvar a los impíos y recibir al más vil de los pecadores. Mas he aquí, como la misma Escritura acepta la acusación y lo declara francamente. Por boca del apóstol Pablo, por la inspiración del Espíritu Santo, consta el calificativo de «Aquel que justifica al impío» El justifica a los injustos, perdona a los que merecen castigo y favorece a los que no merecen favor alguno. ¿No habías pensado siempre que la salvación era para los buenos, y que la gracia de Dios era para los justos y santos, libres del pecado? Te había caído bien en la mente, sin duda, que si fueras bueno, Dios te recompensaría, y has pensado que no siendo digno, nunca podrías disfrutar de sus favores. Por tanto te debe sorprender la lectura de un texto como este: «Aquel que justifica al impío.»

No me extraña que te sorprendas, pues con toda mi familiaridad con la gracia divina no ceso de maravillarme de este texto. ¿Suena muy sorprendente, verdad, el que fuera posible de que todo un Dios Santo, justificara a una persona impía? Según la natural lealtad de nuestro corazón, estamos hablando siempre de nuestra propia bondad y nuestros méritos, tenazmente apegados a la idea de que debe haber algo bueno en nosotros para merecer que Dios se ocupe de nuestras personas. Pero Dios que bien conoce todos nuestros engaños, sabe que no hay bondad ninguna en nosotros y declara que «no hay justo ni aun uno» (Rom.3:10). El sabe que «todas nuestras justicias son como trapos de inmundicia» (Isa.64:6); y por lo mismo el Señor Jesús no vino al mundo para buscar bondad y justicia para entregárselas a las personas que carecían de ellas. No vino porque éramos justos, sino para hacernos justos, justificando al impío.

Presentándose el abogado ante el tribunal, si es persona honrada, desea defender al inocente, justificándole de todo lo que falsamente se le imputa. El objeto del defensor debe ser la justificación del inocente y no encubrir al culpable. Tal milagro está reservado para el Señor únicamente. Dios, el Soberano infinitamente justo, sabe que en toda la tierra no hay un justo alguien que haga bien y no peque; y por lo mismo en la Soberanía infinita de su naturaleza divina y en el esplendor de su amor maravilloso. El emprende la obra, no tanto de justificar al justo cuanto de justificar al impío. Dios ha ideado maneras y medios de presentar delante de si al impío justamente aceptable; ha concebido un plan mediante el cual puede, en justicia perfecta, tratar al culpable, como si siempre hubiera vivido libre de ofensa; sí, tratarle como si fuera del todo libre de pecado. El justifica al impío.

Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores. Esto es cosa sorprendente; cosa maravillosa especialmente para los que disfrutan de ella. Se que para mi, hasta el día de hoy, ésta es la maravilla más grande que he conocido, a saber que me justificase a mi. Aparte de su amor inmenso, me siento indigno, corrompido, un conjunto de miseria y pecado. No obstante, se por certeza plena que por fe soy justificado mediante los méritos de Cristo, y tratado como si fuera perfectamente justo, hecho heredero de Dios y coheredero de Cristo, todo a pesar de corresponderme, por naturaleza, el lugar del primero de los pecadores. Yo, del todo indigno, soy tratado como si fuera digno. Se me ama con tanto amor como si siempre hubiera sido piadoso, siendo así que antes era un pecador. ¿Quién no se maravilla de esto? La gratitud por tal favor se reviste de admiración indecible.

Siendo esto tan admirable, deseo que tomes nota de cuán accesible esto hace el evangelio para ti y para mí. Si Dios justifica al impío, entonces, querido amigo, te puede justificar a ti. ¿No es esta precisamente la persona que eres? Si hasta hoy vives inconverso, te cuadra perfectamente la palabra; pues has vivido sin Dios, siendo lo contrario a piadoso o temeroso de Dios; en una palabra, has sido y eres impío. Acaso ni has frecuentado los cultos en el día domingo, has vivido sin respetar el día del Señor, ni su iglesia, ni su Palabra, lo que prueba que has sido impío. Peor todavía, quizá has procurado poner en duda su existencia, y esto hasta el punto de declarar tus dudas. Habitante de esta tierra hermosa, llena de señales de la presencia de Dios, has persistido en cerrar los ojos a las pruebas palpables de su poder y Divinidad. Cierto, has vivido como si no existiera Dios. Y gran placer te hubiera proporcionado el poder probar para ti mismo satisfactoriamente la idea de que no hay Dios. Tal vez has vivido ya muchos años en este estado de ánimo, de manera que ya estás bien afirmado en tus caminos, y sin embargo, Dios no está en ninguno de ellos. Si te llamaran «impío» te cuadraría este nombre tan bien como si al mar se le llamara agua salada, ¿verdad? Acaso eres persona de otra categoría, pues has cumplido con todas las exterioridades de la religión. Sin embargo, de corazón nada has hecho, y así en realidad has vivido impío. Te has relacionado con el pueblo de Dios, pero nunca te has encontrado a él mismo. Has cantado en el coro, pero no has alabado al Señor en el alma. Has vivido sin amar, de corazón, a Dios y sin respetar sus mandamientos. Sea como fuere, tú eres precisamente la persona, a la cual este evangelio se proclama: esta buena nueva que nos asegura que Dios justifica al impío. Maravilloso es y felizmente te sirve al caso. Te cuadra perfectamente. ¿Verdad que si? ¡Cuánto deseo que lo aceptaras! Si eres persona de sentido común, notarás lo maravilloso de la gracia Divina anticipándose a las necesidades de personas como tú, y dirás entre ti: «¡Justificar al impío! Pues entonces, ¿por qué no seré yo justificado, y justificado ahora mismo?»

Toma nota, por otra parte, del hecho de que esto debe ser así: a saber, que la salvación de Dios debe ser cosa para los que no la merecen ni estén preparados para recibirla. Es natural que conste la afirmación del texto en la Biblia; porque, apreciado amigo, sólo necesita ser justificado quien carezca de justicia propia. Si alguno de mis lectores fuese persona absolutamente justa, no necesitaría ser justificada. Pues tú que sientes que cumples bien todo deber y por poco haces al cielo deudor a ti por tanta bondad, ¿para qué necesitas tú misericordia, ni Salvador alguno? ¿Para qué necesitas tú justificación? Estarás ya cansado de esta lectura, pues no te interesa el asunto.

Si alguno de ustedes se rodea de aires tan legalistas, escúcheme un momento. Tan cierto como que vives, te encaminas hacia la perdición. Ustedes, justos, rodeados de justicia propia, o viven engañados o son engañadores; porque dice la Sagrada Escritura que no puede mentir, y lo dice claramente: «No hay justo, ni aun uno.» De todos modos, no tengo evangelio alguno, ni una palabra para los rodeados de justicia propia, Jesucristo mismo declaraba que no había venido para llamar a los justos, y no voy a hacer lo que él no hacía. Pues si les llamara, no vendrían; y por lo mismo no los llamaré bajo este punto de vista. Al contrario, les suplico que contemplen su justicia propia hasta descubrir lo falsa que es. Ni la mitad de la fuerza de una telaraña tiene. ¡Deséchenla! ¡Aléjense de la misma!

Las únicas personas que necesitan justificación son las que reconocen que no son justas. Ellas sienten la necesidad de que se haga algo para que sean justas ante el tribunal de Dios. Podemos tener la seguridad de que Dios no hace nada fuera de lo necesario. La Sabiduría infinita nunca hace lo inútil. Jesús nunca emprende lo superfluo. Hacer justo a quien ya es justo no es obra de Dios, tal cosa es una insensatez. Justificar al impío es un milagro digno de Dios. Ciertamente así es.

Escuchen ahora. Si en alguna parte del mundo un médico descubre remedios eficaces y preciosos, ¿a quién a de servir el médico? ¿A gente de buena salud? Claro que no, colóquesele en un lugar sin enfermos, y se sentirá fuera de lugar. Allí sobra su presencia. «Los sanos no necesitan médico sino los enfermos» (Marc.2:17), dice el Señor. ¿No es igualmente cierto que los grandes remedios de gracia y redención son para las almas enfermas? No sirven para las almas sanas, porque les son remedios innecesarios. Si tu, querido amigo, te sientes espiritualmente enfermo, para ti ha venido el gran Médico al mundo. Si a causa del pecado te sientes completamente perdido, eres la misma persona comprendida en el plan de salvación por gracia. Afirmo que el Señor del amor eterno tuvo a la vista personas como tu al armonizar el sistema de la salvación por pura gracia. Supongamos que una persona generosa resolviera entre si que perdonaría a todos sus deudores; claro que esto solo podría hacerse respecto a los que realmente le fueran deudores. Uno le debe mil pesos; otro le debe cincuenta pesos; a cada cual tocaría tan solo conseguir la firma que cancelara las cuentas. Pero la persona más generosa del mundo no podría perdonar las deudas de personas que nada deben a nadie. Está fuera del poder del mismo Omnipotente perdonar a quien no tenga nada para perdonar. El perdón presupone alguien que sea culpable. El perdón es para el pecador. Sería absurdo hablar de perdonar al inocente, perdonar al que nunca ha faltado.

¿Crees acaso que te condenarás por ser pecador? Esta es la razón porque te podrás salvar. Por la misma razón de que te reconoces pecador, desearía animarte a creer que precisamente para personas como tu está destinada la gracia. Es positivamente cierto que Jesús busca y salva al perdido. Murió e hizo la expiación de verdad por pecadores de verdad. Si encuentro pecadores que admiten sin excusas que son pecadores, me es un verdadero placer hablar con ellos. Gustosamente platicaría toda la noche con pecadores de buena fe. Las puertas de misericordia no se cierran ni de día ni de noche para los tales y están abiertas todos los días de la semana. Nuestro Señor Jesús no murió por pecados imaginarios, sino la sangre de su corazón se derramó para limpiar las manchas carmesí que nada más que ella puede quitar.

El pecador que se sienta negro de pecado, es la persona que ha venido Jesucristo a blanquear. En cierta ocasión predicó un evangelista sobre el texto: «Ahora, ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles» (Luc.3:9), y lo hizo de modo que le dijo uno de los oyentes: «Nos trató usted como si fuéramos criminales. Ese sermón debiera usted haberlo predicado en el presidio de la ciudad y no aquí.» No, no, contestó el evangelista: «En el presidio no hablaría sobre este texto, sino sobre este: «Palabra fiel y digna de ser recibida por todos; que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores» (1Tim.1:15). ¡Correctamente! La Ley es para los que se rodean de la justicia propia para derribar su orgullo; el evangelio, es para los perdidos para remover su desesperación.

Si no estás perdido, ¿para que quieres al Salvador? ¿Iría el pastor en busca de los que nunca se extraviaron? ¿Por qué barrería una mujer su casa buscando monedas que hubiera guardado en su bolsa? No, no, la medicina es para los enfermos; la resurrección para los muertos; el perdón para los culpables; la libertad para los cautivos; la vista para los ciegos y la salvación para los pecadores. ¿Cómo se explica la venida del Salvador, su muerte en la cruz y el evangelio del perdón sin admitir de una vez que el hombre es un ser culpable y digno de condenación? El pecador es la razón de la existencia del evangelio. Y tú, amigo mío, objeto de estas palabras, si te sientes merecedor, no de la gracia, sino de la maldición y la condenación, tú eres precisamente el género de hombre para quien fue ordenado, arreglado y destinado el evangelio. Dios justifica al impío.

Desearía hacer esto tan claro y patente como el día. Espero haberlo hecho ya; pero, a pesar de todo, únicamente el Señor puede hacerlo comprender al hombre. Al principio no puede menos que parecer asombroso al hombre de conciencia despierta que la salvación le venga de pura gracia al perdido y culpable. Piensa el tal que la salvación le viene por estar arrepentido, olvidando que su estado de arrepentimiento es parte de su salvación. «Debo de ser esto y lo otro,» dice. Todo lo cual es verdad, porque, sí, será esto y lo otro; pero es resultado de la salvación, y la salvación le viene primero antes de verse alguno de sus resultados. De hecho, la salvación le viene mientras no merezca otra cosa que lo contenido en la descripción fea y abominable de:

Esto y nada más es el hombre cuando le viene el evangelio de Dios para justificarle. Crean firmemente que nuestro misericordioso Dios es tan capaz como dispuesto a recibirles, sin nada que les recomiende, para perdonarles espontáneamente, no porque sean buenos sino porque él es bueno. ¿No hace brillar al sol sobre malos y buenos? ¿No es él, el que da los tiempos fructíferos, y a su tiempo envía lluvia del cielo y hace que salga el sol sobre las naciones más impías? Sí, a la misma Sodoma bañaba el sol, y caía el rocío sobre Gomorra. Amigo, la gracia inmensa de Dios sobrepasa mi entendimiento y tu entendimiento, y desearía que lo apreciaras de un modo digno. Tan alto como el cielo sobre la tierra son los pensamientos de Dios sobre nuestros pensamientos. Abunda en perdones. Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores: el perdón corresponde al culpable.

No emprendas la obra legalista de presentarte diferente a lo que en el fondo eres; pero acude tal cual eres al que justifica al impío. Cierto famoso pintor había pintado parte de la corporación municipal de su población y deseaba incluir en el cuadro ciertas personas características bien conocidas de todos en la ciudad. Cierto barrendero rústico, andrajoso y sucio se encontraba entre esta clase de personas, y en el cuadro había un lugar adecuado para él. «Venga usted a mi taller y permítame retratarle, pagándole yo la molestia,» dijo el pintor a este hombre. Al día siguiente por la mañana se presentó en el taller, pero pronto fue despedido, porque se presentó bañado, peinado y decentemente vestido. El pintor lo necesitaba en su estado ordinario con el aspecto de mendigo y no en otra forma. Así el evangelio te recibirá, si acudes al Señor como pecador, pero no de otro modo. No procures reformarte; permite a Jesús salvarte inmediatamente. Dios justifica a los impíos, lo que equivale a decir que te recoge donde estés en este momento y te favorece en el estado más deplorable.

Ven degradado, quiero decir: acude a tu Padre Celestial en tu estado de pecado y miseria. Acude a Jesús tal como eres, espiritualmente leproso, sucio desnudo, ni apto para vivir, ni apto para morir tampoco. Acudan ustedes que son como escoria de la creación, aun cuando no se atrevan a esperar más que la muerte. Acudan aun cuando la desesperación les oprima el pecho cual pesadilla horrible, pidiendo que el Señor los justifique como a otros impíos. ¿Por qué no lo haría? Acudan, porque esta gran misericordia de Dios esta destinada para personas como ustedes. Lo digo en las palabras del texto, por no poderse expresar en términos más vigorosos: El Señor Dios mismo asume este título bendito: «El que justifica al impío.» Este hace justos, y que se traten como justos, a los que por naturaleza son impíos. ¿No les parece este mensaje maravilloso a ustedes? Estimado lector, no te levantes del asiento hasta haber meditado bien este asunto.

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  1. rene arango

    poderosooooooo sea reconosida su gracia

  2. Lina

    Hola Padre… Lo estoy buscando, por fa me regala su teléfono al correo linadream@gmail.com?

    Gracias.

  3. Germán Nieto

    Edificante. Gracias Dios por Tu Gracia




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