20-HERMENEUTICA – APOCALÍPTICOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO – 20/28

APOCALÍPTICOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO

“Apocalíptico” es un término teológico de origen moderno en cuanto a su oficio de designar una clase de escritos proféticos referentes a juicios inminentes o, por lo menos, futuros, y a la gloria final del reino mesiánico.

Según Lücké, el apocalíptico bíblico incluye “la suma total de las revelaciones de las cosas finales del Antiguo y del Nuevo Testamento”. El gran tema de todas estas Escrituras es el santo reino de Dios en su conflicto con las potencias impías y perseguidoras del mundo conflicto en el cual está asegurado el triunfo final de la justicia. Por consiguiente, esta forma de profecía puede incluir tales predicciones mesiánicas como las tratadas en el capítulo anterior pero abarca un radio más amplio. Exhi­biendo una vista del mundo del hombre cual se puede suponer que tenga quien viva en plano superior al del mundo y conjeturando lo futuro, da énfasis a la interposición divina en todos los asuntos de los hombres y de las naciones, de allí que haya tenido una fascinación especial para mentes ansiosas de hallar en la Palabra de Dios acontecimientos detallados de historia escrita de antemano.

En 1 Cor. 14:6, el apóstol hace distinción entre Apocalipsis y profecía. Uno puede hablar “con (o por medio de) Apocalipsis, o con ciencia o con profecía o con doctrina”. El “Apocalipsis” ha de entenderse, especialmente, de la revelación celestial, en la recepción de la cual el hombre es instrumento pasivo; por otra parte, la profecía denota, más bien, la actividad humana inspirada, la emisión de la verdad de Dios. Dice Auberlen: “En la profecía, el Espíritu de Dios halla su inmediata expresión en palabras; en el Apocalipsis desaparece el lenguaje humano por el motivo dado por el apóstol (2 Cor. 12:4.) ; él “oyó palabras secretas que al hombre no le es lícito decir”. Aquí aparece un nuevo elemento que corresponde al elemento subjetivo del ver, la visión. El ojo del profeta está abierto para mirar dentro del mundo invisible; tiene trato con ángeles; y al contemplar, así, lo invisible, contempla, también, el futuro, el que se le aparece como to­mando cuerpo en simbólicas formas plásticas como en un sueño, con la diferencia de que estas imágenes no son hijas de su propia fantasía sino el producto de revelación divina, adaptándose esencialmente a nuestro ho­rizonte humano”.

Los apocalípticos bíblicos comprenden aquella serie completa de revelaciones divinas que armonizan con la idea de un Apocalipsis divino como el definido más arri­ba. Por consiguiente, su objeto es muy extenso. Desde el período más primitivo en que Dios se revelase a sí mis­mo al hombre, las manifestaciones apocalípticas de los propósitos divinos de justo juicio y de gracia abundante sirvieron para alegrar los corazones de los piadosos y para consolarles en los días de prueba. Se les comunicó en muchas porciones y bajo múltiples formas y sirvieron con sus visiones impresionantes, para robustecer su fe en Dios. Se permitió al vidente inspirado mirar por arriba y más allá de los males de su propia época, contemplar, en el cercano horizonte, el “die crux” del Señor y describir una época que se aproximaba, en la cual todos los agravios serían recompensados y la justicia, la gloria y el gozo serían patrimonio permanente del pueblo de Dios.

Además de su riqueza de tropos y de símbolos, de los que exhiben más que cualquier otra clase de escritos, las profecías apocalípticas son notables por la gran elaboración de su artístico arreglo y toques finales. Aparece constantemente la doble visión de juicio y de salvación; y las divisiones y subdivisiones naturales de los principales Apocalipsis; frecuentemente caen en cuatros y en sietes. El doble cuadro de juicio y de gloria se ve en los dos símbolos que fueron colocados en la puerta del Edén (Gén. 3:240. La espada flamígera representaba la justicia divina que exige el castigo del pecado; y los que­rubines, símbolos de perdurable vida edénica, comunica­ban al hombre caído la bendita esperanza de un paraíso restaurado. Las comunicaciones de Dios a Noé y a Abraham son una serie de revelaciones de juicio y de amor. Partes considerables de Isaías, Amos, Ezequiel, Daniel y Zacarías están vaciadas en forma apocalíptica. Quizá el libro de Joel sea el libro completo más antiguo de este carácter, y sus dos divisiones principales están consagradas, respectivamente, a juicios inminentes y a la gloria de Jehová. Otra cosa que se nota es que los escritores sucesivos se apropian con toda libertad, tanto el lenguaje como los símbolos de sus predecesores y los modifican o alteran para adaptarlos a la revelación especial que cada uno quiere hacer conocer. Isaías imita algunos pasajes de Joel; Ezequiel saca de los dos; Zacarías hace mucho uso de Daniel y Ezequiel, y apenas hay una figura o símbolo usado en el Apocalipsis de Juan que no esté apropiada de los libros del A. Testamento.

Los principios hermenéuticos a observarse en la interpretación de apocalípticos son, en lo esencial, los mismos que aplicamos a toda profecía predictiva. Pero, probablemente, a ninguna regla o exhortación debemos dar mayor énfasis que a la de que el estudiante preste gran consideración a los elementos de mera forma, a que antes nos hemos referido, y aprenda a distinguirlos de los grandes pensamientos o verdades que mediante esos elementos se expresan. El confundir lo substancial con la mera forma, demasiado a menudo ha sobrecargado a la Revelación Divina con una carga que nunca fue dispuesto que llevara; y el hábito de hacer tal cosa, con toda seguridad, correrá tal velo sobre la mente que impedirá su comprensión correcta de importantes partes, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento (comp. 2 Cor. 3:14). Los grandes Apocalipsis deben compararse unos con otros, notarse bien sus elementos de forma y familiarizar la mente con sus métodos de enunciación de grandes juicios y grandes triunfos. Estos principios sólo podemos ilustrarlos median­te una aplicación prolija de los mismos a tales libros y parte de libros que puedan servir al propósito de ejem­plos. En consecuencia, procedemos a examinar en este capítulo la estructura y propósito de varias de las más importantes porciones apocalípticas del Antiguo Testamen­to, reservando para un capítulo aparte el gran Apocalipsis del Nuevo Testamento.

La revelación de Joel
Comenzamos por dirigir la atención a la forma y método apocalípticos del libro de Joel. Su profecía está arreglada en dos divisiones principales. La primera parte consiste en una doble revelación de juicio, estando cada revelación acompañada por palabras de consejo y promesa divinos (cap. 1:1 a 2:27); la segunda parte cubre, nuevamente, una porción del mismo campo pero delinea más claramente las bendiciones y triunfos que acompañarán al día de Jehová (cap. 2:28 a 3:21). A estas dos partes puede llamárseles, con toda propiedad: (1) Juicios inminentes de Jehová; (2) Advenimiento, trunfo y gloria de Jehová. La primera puede, nuevamente, dividirse en cuatro secciones, y la segunda en tres, de la manera siguiente:

1. Capítulo 1:1‑12. A la manera de Moisés en Ex. 10:1‑6, se comisiona a Joel para anunciar una cuádruple plaga de langostas. Lo que una manga deja tras sí, la que le sigue la devora (v. 4) hasta que toda vegetación se destruye y el país entero está de duelo. Este cuádruple azote, como principio de dolores en el inminente día de Jehová, debe comparársele con los cuatro jinetes en ca­ballos de diversos pelos y los cuatro cuernos de Zac. 1:8, 18, las cuatro carrozas de guerra, Zac. 6:1‑8, las guerras, hambres, pestilencias y terremotos de Mat. 24:7; Luc. 21:10‑11 y los cuatro caballas de Apoc. 6:1‑8. Es, pues, una costumbre de los apocalípticos el representar los juicios primitivos de una manera cuádruple.

2. Capítulo 1:13‑20. A la manera de Josafat, cuando las fuerzas combinadas de Moab, Ammon y Seir estaban marchando contra él (2 Crón. 20:1‑13), el profeta lla­ma a los sacerdotes a lamentarse y a proclamar ayuno y a reunir al pueblo en solemne asamblea para que se lamenten por el día terrible que está viniendo de Shaddai, como una destrucción. Bajo esta división se mencionan incidentalmente otros aspectos de la calamidad, tales como la aflicción de las bestias, los bueyes y ovejas y las destruc­ciones del fuego (vs. 1E‑20).

3. Capítulo 2:1‑11. En esta sección, el profeta proclama el día de Jehová en aspectos aún más terribles. Bajo la mezcla de imágenes de tinieblas, fuego devorador, langostas innumerables, ejércitos que se precipitan (todo lo que está representado por una plaga de langostas), el cielo y la tierra son sacudidos y el sol, la luna y las estrellas retiran su luz. Los elementos de forma de este terrible cuadro apocalíptico merecen especial mención. En toda la literatura del mundo hay pocas descripciones más sublimes que ésta.

4. Cap. 2:12‑27. La segunda descripción del día grande y terrible está, en su turno, seguida por otro llamado a penitencia, ayuno y oración, y también por la promesa de liberación y gloriosa recompensa. Así, la doble proclamación de juicio tiene, por cada anuncio, la correspondiente palabra de consuelo y esperanza. La segunda parte de la profecía se distingue por las palabras: “Y será que después de esto”, una fórmula que, simplemente, indica un futuro indefinido.

1. Cap. 2:28‑32. De acuerdo con la oración de Moisés (Núm 11:29), Jehová promete un gran derramamien­to de Espíritu sobre todo el pueblo de modo que todos se harían profetas. Este signo de gracia va seguido por pro­digios en el cielo y en la tierra (signos prodigiosos, como las plagas de Egipto). Léanse atentamente los vs. 30‑32.

2. Cap. 3:1‑7. El gran día de Jehová introducirá un juicio de todas las naciones (comp. Mat. 25:31‑46). Co­mo los ejércitos combinados de Moab, Ammon y Seir, que vinieron contra Judá y Jerusalén en tiempos de Josafat, las naciones hostiles serán conducidas “al valle de Josafat” (vs. 2‑12) y recompensadas allí como ellas recompensaron a Jehová y su pueblo (comp. Mat. 25:41‑46 ¡Multitudes, más multitudes en el valle del juicio! Porque cercano está el día de Jehová En el valle del juicio. (v. 14). Jehová, que mora en Sión, hará de ese valle, valle de juicio para sus enemigos, como otro valle de bendiciones para su pueblo (comp. 2 Crón. 20:20‑26) .

3. Capítulo 3:18‑21. El juicio de las naciones será seguido por una paz y una gloria perpetuas, como la calma y reposo que Dios clló al reino de Josafat (2 Crón. 20: 30). Las figuras de grande abundancia, las corrientes de aguas procedentes de la casa de Jehová, Judá y Jerusalén permaneciendo para siempre y “Jehová morando en Sión”, son, en sustancia, equivalentes a los capítulos finales de Ezequiel y de Juan.

De esta manera éste, el más antiguo de los Apocalipsis, virtualmente asume una séptuple estructura y repite sus revelaciones en varias formas. Las primeras cuatro secciones se refieren a un día de Jehová, cercano, un juicio inminente, del cual el azote de la langosta quizá ya había aparecido como un principio de dolores; las tres últimas aparecen en el futuro más distante (después los últimos días, Act. 2:17) . Las alusiones del libro a acontecimientos del reinado de Josafat ha hecho creer a la mayoría dé los críticos que Joel profetizó muy poco tiem­po después de los días de aquel monarca pero, excepto esas alusiones este antiguo profeta es desconocido. La ausencia de algo que determine su punto de vista histórico y la importancia de alcances lejanos de sus palabras hacen de sus oráculos una especie de profecía genérica susceptible de múltiples aplicaciones.

Las visiones de Ezequiel
Los numerosos paralelos entre el libro de Ezequiel y el Apocalipsis de Juan han llamado la atención de todos los lectores, pero el número y la extensión de las pro­fecías de Ezequiel lo conducen sobre un campo más amplio que el de ningún otro vidente apocalíptico, de mo­do que combina la visión, la acción simbólico‑típica, la parábola, la alegoría y la profecía formal. Dice Keil: “El estilo de representación profética, de Ezequiel, tiene muchas peculiaridades. En primer lugar, la vestidura de símbolo y alegoría prevalece en él en un grado mayor que en todos los otros profetas; y su simbolismo y alegoría no se limitan a bosquejos y cuadros generales, sino que son elaborados hasta en sus más mínimos detalles, de manera que presentan figuras de sobresaliente y atrevida realidad y representaciones ideales que producen una impresión de imponente grandeza y exuberante plenitud”.

Las profecías de Ezequiel, como las de Joel, pueden dividirse en dos partes: la primera (cap. I‑XXXII) anunciando los juicios de Jehová sobre Israel y las naciones paganas; la segunda (cap. XXXIII‑XLVIII) anunciando la restauración y la glorificación final de Israel. Sin embargo, no deja la primera parte de tener misericordiosas palabras de promesa (11:13‑20; 17:22‑24) y la segunda contiene el terrible juicio de Dios (XXXVII‑XXXVIII) a la manera del juicio de todas las naciones descrito en la segunda parte de Joel (3:2‑14) . El espacio no nos permite más que hacer notar la sección terminal de este gran Apocalipsis, comprendida en los capítulos XL‑XLVIII y que contiene una elaborada visión del reino de Dios y es como la reproducción en el A. Testamento de los nuevos cielos y la nueva tierra descritos en Apoc. XXI y XXII. En visiones de Dios, Ezequiel es transportado a una mon­taña muy alta en la tierra de Israel (40:2; comp. Apoc. 21:10) y ve un nuevo templo, nuevas ordenanzas de culto, un río de aguas de vida, nueva tierra y nuevas divisiones de tribu y una nueva ciudad, Jeltova‑shammah. La minuciosidad del detalle es característica de Ezequiel y nadie hubiese descrito con tanta naturalidad los tiempos mesiánicos bajo las imágenes de una Jerusalén glorificada, como un profeta que, al mismo tiempo, era sacerdote. Desde su punto de vista histórico, como un pros­crito a orillas de los ríos de Babilonia, azotado por la pena al recordar a Sión y la ciudad y templo en ruinas, y la desolada tierra de Canaán (comp. Salmo. CXXXVII) ningún ideal de restauración y de gloria podía ser más atractivo y agradable que el de un templo perfecto, un servicio continuo, un santo sacerdocio, una ciudad restaurada y una tierra enteramente ocupada, regada por un río de incesante corriente que transformaría los desiertos en jardines.

Se han sostenido tres interpretaciones distintas, de estos capítulos finales de Ezequiel. (1) La primera considera esta descripción del templo como un modelo del tem­plo (le Salomón, que fue destruido por los caldeos. Los que sostienen esta opinión, suponen que el profeta se propuso dar este plan para que sirviera en la reedificación de la casa de Dios a la vuelta de los judíos de su destierro. (2) Otra clase de intérpretes sostiene que todo este pasaje es una profecía literal de la restauración final de los ju­díos. En la Segunda Venida de Cristo todo Israel será reunido de entre las naciones, se establecerá en su antigua tierra prometida, reedificará su templo de acuerdo a este glorioso modelo y habitará en divisiones de tribu, de acuerdo con las declaraciones literales de esta profecía. (3) A la exposición que ha sido sostenida probablemente por la mayoría de los teólogos evangélicos puede llamársele la figurada o símbolo‑típica. La visión es un cuadro levítico‑profético de la Iglesia del Nuevo Testamento o reino de Dios. Su significado general Keil lo presenta en la siguiente forma:

“Las tribus de Israel que reciben a Canaán en posesión perpetua no son el pueblo judío convertido a Cristo, sino el Israel de Dios, es decir, el pueblo de Dios riel nue­vo pacto, reunido tanto de entre los judíos como de entre los gentiles; y la Canaán que han de habitar no es la Canaán terrena o la Palestina situada entre el Jordán y el Mar Mediterráneo, sino la Canaán del Nuevo Testamento, el territorio del reino de Dios cuyos límites alcanzan de mar a mar y desde el río hasta los confines de la tierra. Y el templo sobre un monte altísimo, en medio de esta Canaán, en el cual está entronizado el Señor, quien hace correr el río de vida desde su trono por todo su reino de modo que la tierra produce el árbol de vida con hojas como medicina para los hombres; y el Mar Muerto, lleno de peces y otras criaturas, es una representación figu­rada y típica de la graciosa presencia del Señor en su Iglesia, la que se realiza en el actual período del tempra­no desarrollo del reina del cielo, en la forma de la Iglesia Cristiana, de una manera espiritual e invisible, en la morada del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en los corazones de los creyentes y en una operación espiritual e invisible en la Iglesia, pero que eventualmente ha de manifestarse cuando nuestro Señor aparezca en la glo­ria del Padre a trasladar su Iglesia al reino de la gloria, de manera que veremos al Todopoderoso Dios y al Cordero con los ojos de nuestro cuerpo glorificado y adoraremos ante su trono”.

Esta interpretación simbólico‑típica reconoce una armonía del método y estilo de Ezequiel con otras representaciones apocalípticas del reino de los cielos y halla en ello un poderoso argumento a su favor. Las medidas registradas, el carácter ideal de las divisiones de tribu y especialmente el río de aguas curativas corriendo desde el umbral del templo hasta el mar oriental, son dificultades insuperables que obstaculizan cualquiera interpretación literal de la visión. La moderna idea de los milenarios de un futuro retorno de los judíos a Palestina y de un restablecimiento del culto de sacrificios del A. Testamento es cosa opuesta al espíritu todo de la dispensación del Evangelio.

Revelación de Daniel
Todos los intérpretes convienen en que los imperios o potencias mundiales denotados por las varias partes de la gran imagen, en Daniel 2:31‑45 y por las cuatro bes­tias del mar (Dan. VII), son los mismos. La profecía se repite bajo símbolos diversos, pero la interpretación es una sola. Esta doble revelación, entonces, será de especial valor para ilustrar los principios Hermenéuticos ya anunciados, pero con ninguna porción de las Escrituras hace falta andar con mayor discernimiento y cuidado. Estas profecías, en su detalles, han sido entendidas de diversas maneras y los exegetas más capaces y eruditos han diferido mucho en sus explicaciones. Y esto no sólo en detalles de menor cuantía, sino que hasta el día de hoy prevalece una notable divergencia respecto a tres de los cuatro de los grandes reinos que ocupan lugar tan notable en las visiones y ensueños registrados.

Hasta donde sea posible hay que dejar que el profeta se explique a sí mismo, y el intérprete izo debe esforzarse por hallar en Daniel lo que no contiene, por el prurito de hacer encajar allí sus ideas sacadas de la his­toria profana o de pueblos y siglos remotos. Siendo un hecho demostrado y muy notable el de que la historia profana nada sabe acerca de Belsazar o de Darío el meda, seamos muy cautelosos en la manera que consentimos que nuestra interpretación de otras partes de las profecías de Daniel se vean controladas por tal historia.

Han prevalecido durante largo tiempo tres interpretaciones de la visión de Daniel de las cuatro potencias mundiales. Según la primera y la más antigua de ellas, el cuarto reino es el Imperio Romano; otro lo identifica con el dominio entremezclado de los sucesores de Alejan­dro; y un tercero lo hace incluir a Alejandro y sus suce­sores. Los que adoptan esta última opinión consideran el dominio meda de Darío en Babilonia (Dan. 5:31) como una dinastía distinta. Los cuatro reinos, según estas va­rias exposiciones, pueden verse en el siguiente trazado:

A. 1. Babilónico, 2. Medo‑persa , 3. Greco‑macedónico, 4. Romano

B. 1. Babilónico , 2. Medo‑persa, 3. Alejandro, 4, Suces. de Alejandro

C. 1. Babilónico, 2. Persa, 3. Medo, 4. Greco‑macedónico

Cualquiera de estas opiniones bastará para extraer las grandes lecciones éticas y religiosas de la profecía. Por consiguiente, no se afecta ninguna doctrina cualquiera que sea la interpretación que se adopte. El asunto en cuestión es puramente de exactitud exegética y de consecuencia propia: ¿Cuál de las opiniones satisface mejor todas las condiciones de profeta, lenguaje y símbolo?

Los defensores de la teoría romana han puesto mucho peso sobre tres consideraciones: (1) Primeramente, arguyen que Roma era demasiado importante para quedar fuera de la vista en semejante visión de dominio mundial. Dice Keil: “El reino romano fue la primera monarquía universal en el sentido más amplio. Junto con los tres primitivos reinos mundiales, las naciones del futuro histórico‑mundial aún permanecían sin subyugan”. Pero no es posible conceder peso alguno a tales presunciones. No importa en lo más mínimo cuán grande fuese Roma o cuál sea la importancia del sitio que ocupe en la historia universal.. La única cuestión que debe afectar al intérprete de Daniel es: “¿Qué potencias mundiales, grandes o pequeñas, caían dentro del círculo de su visión profética?” Esa pretensión en favor de Roma está más que contra balanceada por la consideración de que geográfica y políticamente ese imperio más moderno tenía su asiento y centro de influencia muy lejos del territorio de los reinos asiáticos, pero el Imperio Greco‑macedónico, en todas sus relaciones con Israel y, en realidad, en sus principales componentes, era una potencia mundial asiática y no europea. Además, el profeta alude repetidamente a reyes de Grecia (javan) pero nunca menciona a Roma.

(2) Se arguye, además, que el carácter fuerte y terrible del cuarto reino conviene mejor a Roma. Se nos recuerda que ningún dominio anterior era de tal naturaleza férrea, despedazándolo todo. Insistimos en lo dicho: el asunto no es si las imágenes convienen a Roma sino si no pueden también, en forma apropiada, representar algún otro reino. La descripción de la fuerza férrea y de la violencia indudablemente conviene a Roma pero el asegurar que las conquistas y dominio de Alejandro y de sus sucesores no “desmenuzó y quebrantó” (Dan. 7:4.0 ) y no holló con terrible violencia los reinos de muchas naciones, es manifestar una torpeza asombrosa para leer los hechos de la historia. El poder greco‑macedónico quebrantó las antiguas civilizaciones y despedazó y holló los varios elementos de las monarquías asiáticas más com­pletamente que lo que nunca antes se hubiese hecho. Roma nunca tuvo semejante triunfo en el Oriente y, en realidad, ningún gran poder mundial asiático, compa­rable en magnitud y potencia al de Alejandro, jamás sucedió al suyo. Si conservamos in mente esta completa derrota y destrucción de las más antiguas dinastías por Alejandro y luego observamos lo que parece especialmente haber afectado a Daniel, a saber, la ira y violencia del “cuernito”, y notamos cómo, en diversas formas, este perseguidor duro e implacable, resalta en este libro (caps. VIII y IX) podemos decir con seguridad que las conquis­tas de Alejandro el Grande y la furia blasfema de Antioco Epifanio, en su violencia contra el pueblo escogido, cum­plieron ampliamente las profecías del cuarto reino.

(3) Preténdese también que la teoría romana está favorecida por la declaración, en el cap. 2:44, de que el reino de Dios se establecería “en los días de estos reyes”, pues se alega que el Imperio Romano dominaba en Palestina cuando Cristo nació, en tanto que todas las otras grandes monarquías habían desaparecido. Pero, ¿sobre qué base puede pretenderse, tranquilamente, que “estos reyes” eran reyes romanos? Si decimos que eran reyes denotados por los dedos de los pies de la imagen, por cuanto la piedra hirió a la imagen en los pies (2:34) nos envolvemos en grave confusión. El Cristo apareció cuan­do Roma se hallaba en el apogeo de su poder y de su gloria. Fue trescientos años más tarde que el Imperio se dividió y aún mucho más tarde cuando fue roto en pedazos y hecho desaparecer. Pero la piedra no hirió las piernas de hierro sino los pies que eran, en parte de hierro y en parte de barro cocido (2:33‑34) ). Cuando, pues, se arguye que el poder greco‑macedónico había caído antes que el Cristo naciera, puede, por otra parte, replicarse con mayor fuerza que un tiempo mucho mayor transcurrió después de la venida de Cristo antes que el poder romano se rompiera en pedazos.

Evidentemente, pues, no puede alcanzarse ninguna conclusión satisfactoria mientras nos dejemos dominar por nociones subjetivas acerca del significado de fases secundarias de los símbolos o por suposiciones acerca de lo que pensamos que el profeta debió haber visto. Los defensores de la teoría romana están dando énfasis conti­nuamente al supuesto significado de los dos brazos y dos piernas y diez dedos de los pies de la imagen, en tanto que todo eso no es más que partes naturales de una imagen humana, necesarias para completar un bosquejo coherente de la misma. El profeta no les da énfasis en su exposición y en ninguna parte dice que la imagen tuviera diez dedos en los pies. Debemos apelar a una vista más íntima del punto de vista histórico del profeta y de su campo de visión y especialmente debe­mos estudiar sus visiones a la luz de sus propias expli­caciones y declaraciones históricas, más bien que a la de las narraciones de los historiadores griegos.

Aplicando principios ya suficientemente acentuados, atendemos primeramente a la posición histórica de Da­niel. En su primera visión, Nabucodonosor estaba reinando con gran esplendor (Dan. 2:37‑.38) . En la segunda, Belsasar ocupaba el trono de Babilonia (7:1). Este monarca, desconocido a los historiadores griegos, llena un lugar importante en el libro de Daniel. Fué muerto en la noche en que Babilonia fue tomada y el reino pasó a manos de Darío el meda (5:30‑31) . Sean cuales fueren nuestras ideas, Daniel reconoce a Darío como el repre­sentante de una nueva dinastía sobre el trono de Babilonia (9:1) . El profeta gozó de una posición elevada en su gobierno (6:2‑3) y durante su reinado fue milagrosamente salvado de las garras de los leones. Darío el meda fue un monarca con autoridad para lanzar proclamas “a todos los pueblos, naciones y lenguas que habitan en toda la tierra” (6:25) . Desde el punto de vista de Daniel, pues, la dominación de los medas en Babilonia no era cosa tan insignificante como muchos expositores, creyendo más a la historia profana que a la Biblia, pretenden. Isaías había predicho que Babilonia caería a manos de los medas ( Is. 13:17; 21:2) y Jeremías había repetido la profecía (Jer. 51:11, 28). Daniel alcanzó a ver pasar el reino a manos de Ciro, el persa, y en el tercer año de su reinado recibió la minuciosa revelación de los capítulos X y XI respecto; a los reyes de Persia y de Grecia. Ya en el reino de Belsasar, había recibido revelaciones especiales acerca de los reyes de Grecia que habían de suceder a los de Media y Persia (8:1‑21) . Pero no se halla en el libro de Daniel mención alguna de ningún poder mundial más moderno que el de Grecia. La posición profética del capítulo VIII es Susan, centro del trono del dominio medo-persa, y largo tiempo después que los medas habían dejado de tener precedencia en el reino. Todas estas cosas, que testifican la posición histórica de este profeta, deben mantenerse constantemente a la vista.

Habiendo comprendido claramente la posición histórica del escritor, tócanos ahora tomar las profecías que él mismo, ha explicado claramente y razonar de lo que es claro a lo que no lo es. En la explicación de la gran imagen (2:36‑45) y de las cuatro bestias (7:17‑27), no se menciona por nombre ninguna de las potencias mundiales excepto Babilonia bajo Nabucodonosor (2:38). Pero la descripción y explicación de la cuarta bestia (7:17‑27) corresponde tan plenamente con las del macho cabrío en el capítulo VIII, que casi no deja base razonable para dudar de que no sean más que descripciones variadas de una misma gran potencia mundial; y en el cap. 8:21, se declara que esa potencia es la griega. En 11:3, se vuelve a ocupar de la potencia griega, exhibiéndose su carácter, en parte fuerte y en parte quebradizo (comp. 2:42), jun­to con las tentativas de los reyes rivales de fortalecerse mediante matrimonios (comp. 2:43 y 11:6 ), y también los conflictos de estos reyes, especialmente los sobreve­nidos entre los Ptolomeos y los Seléucidas. En el versículo 21 se introduce al “vil” (hebr. despreciado o doprecia­ble) y la descripción que corre a través del capítulo, de sus engaños y astucias, su violencia y su impiedad sacrílega, no es más que un cuadro más detallado del rey designado por el cuernito de los capítulos VII y VIII. Como la repetición de los sueños de José y del faraón tenían por objeto impresionarles más intensamente y demostrar que las cosas estaban establecidas por Dios (Gén. 41:32), así la repetición de estas visiones proféticas bajo formas e imágenes distintas servía para reforzar su verdad y certidumbre. Parece no existir motivo serio para dudar de que el cuernito del capítulo VIII y el vil del cap. 11: 21, indicaban a Antioco Epifanio. Ya hemos demostrado en otro capítulo que las razones que comúnmente se adu­cen para probar que el cuernito del capítulo VIII denota una persona distinta de la del cuernito del capítulo VII, son superficiales y frívolas. Se sigue, pues, que el cuarto reino descrito en 2:40, etc., y 7:23, etc., es el mismo que el reino griego simbolizado por el macho cabrío en el capítulo VIII. Las repeticiones y variadas descripciones de este tremendo poder se hallan en perfecto acuerdo con otras analogías del estilo y estructura de la profecía apocalíptica.

Si la aplicación de nuestros principios ha sido correcta hasta aquí, se sigue ahora que debemos descubrir los cuatro reinos de Daniel entre Nabucodonosor y Alejandro el Grande, incluyendo estos dos monarcas. Razonando e investigando desde la posición de Daniel y a la luz de sus propias interpretaciones, estamos obligados a adoptar la tercera opinión mencionada más arriba, según la cual los cuatro reinos son, respectivamente, el babilónico, el meda, el persa y el greco‑macedónico. No hemos podido hallar más que dos argumentos reales contra esta opinión, a saber: (1) la suposición de que el do­minio meda de Babilonia era demasiado insignificante para que se le mencionase en tal forma y (2) la declaración del cap. 8:20, de que el carnero representaba los reyes de Media y Persia. El primer argumento no debe tener fuerza para con los que permiten a Daniel que se explique a sí mismo. El reconoce claramente a Darío el meda, como sucesor de Belsasar al trono de Babilonia (5:31) . Este Darío era “hijo de Asuero, de la nación de los medas” (9:1) y aunque no reinó más que dos años, ese reino fue, desde la posición del profeta, tan realmente una nueva potencia mundial en Babilonia como si hubiese reinado cincuenta años. Fuese cual fuere su rela­ción para con Ciro el persa, él puso ciento veinte príncipes sobre su reino (6:1) y se atribuyó el derecho de lanzar decretos “a todos los pueblos, naciones y lenguas que habitan en toda la tierra” (6:25‑26). La mayor par­te de los escritores ¡hecho extraño!‑ parece haber mostrado poca voluntad de conceder a las declaraciones de Daniel tanto valor como a las de los historiadores griegos, quienes se muestran sumamente confusos y dan poca satisfacción en sus relatos acerca de Ciro y de sus relaciones con los medas.

El otro argumento, a saber, que en el cap. 8:20, el carnero de dos cuernos denota “los reyes de Media y de Persia”, se supone muy correctamente que indica que Daniel mismo reconocía a los medas y persas como constituyendo una monarquía. Pero este argumento se hace a un lado por el hecho de que la posición del profeta en el capítulo VIII es Susan, (v. 2) residencia real y capital de la más moderna monarquía medo‑persa (Nehem. 1:1; Esther 1:2) . La posición de 1.a visión es, manifiestamente, en el último período del dominio persa y largo tiempo después que el poder de los medas en Babilonia había dejado de existir. El libro de Esther, escrito durante este período más moderno, usa la expresión “Persia y Media” (Esther 1:3, 14‑, 18, 19) implicando que entonces Persia tenía la supremacía. Los hechos, pues, según Daniel, son que una potencia mundial sucedió a la de Babilonia pero que, bajo Ciro el persa, subsecuentemente, perdió su primitiva precedencia y Media se consolidó enteramente con Persia en el grandioso imperio conocido en la historia como el medo‑persa.

Con esta opinión armonizan prontamente todas las profecías de Daniel. Según el cap. 2:39, el segundo reino era inferior al de Nabucodonosor y en el cap. 7:5, se lo representa por un oso levantado sobre un lado y con tres costillas entre sus dientes. No tiene mayor importancia en la explicación dada por el profeta y nada podía simbolizar con mayor propiedad el dominio medo en Babilonia que la imagen de un oso indolente, usurpador, y devorando lo que tiene pero sin alcanzar más que a tres costillas, aun­que llamado a voces a “levantarse y tragar mucha carne”. Ninguna ingenuidad de los críticos ha podido jamás hacer encuadrar estas representaciones del segundo reino con los hechos de la monarquía medo‑persa. Excepto en esplendor de oro, esta última no era inferior, en ningún sentido, a la babilónica, pues su dominio era en todo sentido más amplio y más poderoso. Estaba bien representado por el veloz leopardo con las cuatro alas y cuatro cabezas que, como el tercer reino de metal, adquirió amplio dominio sobre toda la tierra (comp. 2:39 y 7:6), pero no por el indolente oso, medio echado, que meramente mantiene agarradas y sostiene las tres costillas pero no parece dispuesto a levantarse y buscar más presa.

Aquellos intérpretes que adoptan la segunda opinión arriba citada y que, distinguiendo entre Alejandro y sus sucesores, hacen a estos últimos constituir el cuarto reino, han producido argumentos del mayor peso contra la primera teoría, la romana, demostrando que cronológica, geográfica y políticamente y en relación con el pueblo judío, el Imperio Romano está excluido del radio de las profecías de Daniel. Dice Cowles: “El Imperio Ro­mano no entró en relaciones importantes con los judíos hasta la era cristiana y nunca turbó en forma efectiva su reposo hasta el año 70 A. D… Roma nunca fue asiática, nunca fue oriental; nunca, por consiguiente, fue sucesora legítima de los tres primeros de estos imperios… Roma tenía el asiento dé su poder y las masas de su población en otra y remota parte del mundo”.

Pero esta segunda teoría es incapaz de mostrar ninguna razón suficiente para dividir el dominio de Alejandro y sus sucesores en dos distintas monarquías. Según toda analogía e implicación correctas la bestia, con sus diez cuernos y un cuernito del cap. VII, y el macho cabrío con su gran cuerno y los cuatro subsiguientes y el cuernito que surgió de uno de éstos, tal como se nos presenta en el capítulo 8:8‑9, 21, 23, todos representan un solo poder mundial. Desde el punto de visión de Daniel éstos no podían ser separados como el dominio medo en Babilonia estaba separado del caldeo, por un lado y del más moderno modo‑persa, por el otro. Sería una indiscu­tible confusión de símbolos el hacer que los cuernos de una bestia representen un reino distinto del denotado por la bestia misma. Los dos cuernos del carnero medo­-persa no han de ser entendidos así, porque los elemen­tos modo y persa están, según el ca p. 8:20, simbolizados por todo el cuerpo, no exclusivamente por los cuernos, del carnero; y la visión del profeta es desde una posición donde las potencias medo y persa se han consolidado completamente en un imperio. Si en el cap. 8:8‑9 consideramos al macho cabrío y su primer cuerno como denotan­do una potencia mundial; y los cuatro cuernos subsiguientes, otra potencia mundial distinta la analogía exige que también los diez cuernos de la cuarta bestia (7: 7‑8, 24) denoten un reino distinto del de la bestia misma. Además, ¡qué confusión de símbolos se introduciría en estas visiones paralelas si hacemos que un leopardo con cuatro alas y cuatro cabezas, en una visión, (7: 6) corresponda con el de un cuerno de un macho cabrío en otra y la terrible bestia del cap. 7: 7, ‑cuernos y todo‑, corresponder meramente con los cuernos del macho cabrío!

Desde todo punto de vista, pues, estamos obligados por nuestros principios hermenéuticos a sostener aquella opinión de las cuatro bestias simbólicas de Daniel que las hace representar, respectivamente, la dominación babilónica, la medo, la medo‑persa y la griega, del Asia Occidental. Pero el “Anciano de días” (7: 9‑12) las trajo a juicio y quitó su dominio antes de entronizar al Hijo del hombre en su reino perenne. El juicio final está representado como un gran tribunal, se abren los libros e innumerables millares responden al llamado del Juez. A la bestia blasfema se la mata, su cuerpo es destruido y entregado a llamas consumidoras y su dominio es arrancado de ella y consumido por una destrucción gradual (vs. 10, 11, 26).

La profecía de las setenta semanas (Dan. 9:24‑27) suministra una notable luz colateral a las otras revelaciones de este libro. Fue una comunicación especial al profeta en respuesta a su intercesión por Jerusalén “el santo monte” “tu santuario” “tu cuidad” Y “tu pueblo” (vs. 16, 17, 19), y por consiguiente, era de presumirse que contuviera alguna revelación del propósito de Dios respecto a la ciudad y el santuario que, en esa época, había estado desolado durante unos setenta años.

El lenguaje del ángel es notablemente enigmático y varias de las expresiones nunca han sido satisfactoriamente explicadas, pero el significado evidente del pasaje, tomado en conjunto, es que tanto la ciudad como el santuario han de ser reedificados y sin embargo, finalmente oprimidos por una espantosa desolación. Además, un Príncipe Mesiánico ha de aparecer y ser cortado y el resultado de todo es una “terminación de la trasgresión y concluir el pecado y expiar la iniquidad y para traer la justicia perpetua y sellar la visión y la profecía y ungir al Santo de los santos”. Todo esto concuerda notablemente con la venida y el reino de Jesucristo, la consumación de la economía del A. Testamento y la introducción del Nuevo. Las setenta semanas es número simbólico, concebido como partido en tres porciones de siete, sesenta y dos, y uno (7 + 62+ 1= 70) . El primer número parece referirse al tiempo de reedificar la ciudad, el segundo al período que intervendría entre la restauración de la ciudad y el aparecimiento del Mesías; y el tercero es el último séptuplo decisivo, en medio del cual se confirma un nuevo pacto con muchos, pero el final del cual es la ruina de la ciudad y el santuario, con desolación indecible. La labor de los expositores por fijar la fecha exacta de “la salida de la palabra para restaurar y edificar a Jerusalén” (v. 25) hasta ahora no ha podido alcanzar resultados dignos de confianza general. La proclama de Ciro (Es­dras 1:1‑4), el decreto de Artaxerxes, dado a Esdras (7: 11‑26) y el dado a Nehemías (Neh. 2: 5‑8 ), todos suministran suficientemente la “palabra para restaurar y edificar”, pero ninguna de ellas cumple la profecía tan señaladamente como para fundar su derecho a ser la única fecha significada por el ángel. Poca probabilidad existe de llegar jamás a una interpretación satisfactoria mientras insistamos en hallar precisión matemática en el uso de cifras simbólicas. Si ni los setenta nombres del registro de la familia de Jacob han de entenderse con estricta exactitud, mucho menos los números simbólicos de estas setenta semanas.

La revelación final contenida en Daniel 11:2 a 12:3, es una delineación más completa de la del capítulo VIII, pero la liberación del pueblo de Dios, en ese lugar,, incluye una resurrección de entre los muertos y una beatificación celestial. De la manera como Isaías conectó la glorificación mesiánica de Israel con la caída de Asiria, pasando por alto acontecimientos interpuestos como si estuviesen ocultos entre dos montañas elevadas, hacia las cuales se volvía su visión, así Daniel no se preocupa de que otras cosas seguirían a la caída del gran opresor, pero se le dice que de en medio de indecible calamidad será libertado su pueblo, “cada uno que sea hallado inscrito en el libro”. Con la venida y el reino del Hijo del hombre, al cual llegaban todas sus visiones, él ve como en perspectiva todo lo que ese reino asegura para los santos del Altísimo.

De modo que el estudio comparativo de las cinco grandes profecías del libro de Daniel, revela una armonía de objeto y de líneas generales, una consistencia externa y un concepto profundo del reino y de la gloria de Dios. Estos hechos no sólo ilustran los métodos de los apocalípticos sino que también confirman el derecho de este li­bro a ocupar un lugar superior entre las revelaciones bíblicas.

Hermenéutica por M. S. Terry

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