01-ESTUDIO POR LIBRO – 08.EXÓDO: Juicio de Dios: El ángel de la muerte

Juicio de Dios: El ángel de la muerte (11.1, 4-8; 12.29-41)

Jehová dijo a Moisés: Una plaga traeré aún sobre Faraón y sobre Egipto, después de la cual él os dejará ir de aquí; y seguramente os echará de aquí del todo (11.1).


Aquella era una noche como cualquier otra, cuando en todo Egipto, los habitantes apagaban las lámparas para retirarse a descansar. Lo anterior no significaba que los eventos ocurridos durante las últimas semanas hubiesen sido normales. El pueblo había visto agua convertida en sangre, ranas, piojos, moscas, la muerte del ganado, úlceras, granizo, langostas y tres días de tinieblas. No hay duda de que habían sido días de mucha intranquilidad. Tal vez Faraón pensó que ya las plagas habían cesado. Moisés, el líder de los israelitas, había dicho que ya no volvería más ante su presencia. También, se oían rumores de que entre los israelitas habría un festín, de que se matarían corderos y de que habría toque de queda.
El ambiente debió haber estado muy callado cuando todos los israelitas se recogieron en sus casas. Iba a ser una noche que nadie olvidaría.
Dijo, pues, Moisés: Jehová ha dicho así: A la medianoche yo saldré por en medio de Egipto, y morirá todo primogénito en tierra de Egipto, desde el primogénito de Faraón que se sienta en su trono, hasta el primogénito de la sierva que está tras el molino, y todo primogénito de las bestias. Y habrá gran clamor por toda la tierra de Egipto, cual nunca hubo, ni jamás habrá. Pero contra todos los hijos de Israel, desde el hombre hasta la bestia, ni un perro moverá su lengua, para que sepáis que Jehová hace diferencia entre los egipcios y los israelitas (11.4-7).
Y aconteció que a la medianoche Jehová hirió a todo primogénito en la tierra de Egipto, desde el primogénito de Faraón que se sentaba sobre su trono, hasta el primogénito del cautivo que estaba en la cárcel, y todo primogénito de los animales (12.29).
Cuando el ángel de la muerte llegó, podemos imaginar que fueron miles los que murieron aquella noche. El primogénito de cada familia fue muerto, ya fuera recién nacido o anciano, esclavo o libre. Sólo sobrevivió el primogénito de aquellas casas cuyo dintel y postes de su entrada fueron untados de sangre de cordero.
No hay película de terror que pueda describir el horror de aquella noche. A medianoche, las lámparas de las casas egipcias, tuvieron que volver a ser encendidas, para que las familias pudieran ver los cadáveres de los seres queridos que habían muerto tan repentinamente. La noche debió haber sido perturbada por los gritos de los dolientes, y de los vecinos que frenéticamente hablaban entre sí para enterarse de que toda casa en Egipto, había tenido al menos una muerte. Hasta el primogénito de Faraón había muerto.
Y se levantó aquella noche Faraón, él y todos sus siervos, y todos los egipcios; y hubo un gran clamor en Egipto, porque no había casa donde no hubiese un muerto. E hizo llamar a Moisés y a Aarón de noche, y les dijo: Salid de en medio de mi pueblo vosotros y los hijos de Israel, e id, servid a Jehová, como habéis dicho. Tomad también vuestras ovejas y vuestras vacas, como habéis dicho, e idos; y bendecidme también a mí (12.30-32).
Faraón hizo llamar a Moisés y a Aarón en aquella misma hora y le dijo a Israel que saliera. Los egipcios apremiaron a Israel a salir de Egipto y lo hicieron de modo frenético. Decían: «¡Todos somos muertos!». Tan apresurada fue la partida de Israel, de Egipto, que se llevaron sus artesas de masa sin leudar, las envolvieron en sábanas y las cargaron sobre sus
hombros. Es probable que estas artesas fueran
como los pequeños tazones de madera que los
nómadas usan en Medio Oriente hoy día. Los
israelitas no tenían más que pedir, y los egipcios
les daban alhajas, plata y oro, y vestidos. Así, Israel
dejó la cautividad egipcia.
Esta noche reveló ciertas verdades acerca de la
naturaleza de Dios y de Su juicio. Si reducimos este
relato al nivel de una historia para niños, nos
habremos perdido de algo muy precioso.
EL JUICIO DE DIOS ES SEGURO
La seguridad con la que Dios sentenció, que
moriría el primogénito de toda casa sin sangre de
cordero untada sobre ella, es la misma con la que Él
juzgará el mundo un día. Ese día fue anunciado
desde tiempos antiguos en el Antiguo Testamento,
y también fue anunciado por Jesús y otros en el
Nuevo Testamento. La gente podrá pretender que
jamás sucederá, podrá hacer caso omiso o reírse de
ello, pero nada de esto evitará la venida de tal día.
En el caso de Egipto, el juicio vino a la mitad de
aquella noche de Pascua. Dios dijo que sucedería,
y sucedió. Dios también dice que un Día del Juicio
viene; y con la misma certeza que hace 3.500 años
cumplió Su promesa a Israel, también cumplirá Su
promesa de juzgar a todos los pueblos.
Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente
con toda cosa encubierta, sea buena o
sea mala (Eclesiastés 12.14).
Entonces todos los árboles del bosque rebosarán
de contento,
Delante de Jehová que vino;
Porque vino a juzgar la tierra.
Juzgará al mundo con justicia,
Y a los pueblos con su verdad (Salmos 96.12b-13).
Jesús habla de un «día del juicio» en Mateo
10.15; 11.22; 12.36. En Juan 12.48, se le llama «día
postrero» al Día del Juicio: «El que me rechaza, y
no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la
palabra que he hablado, ella le juzgará en el día
postrero».
Cuando Pablo le predicó a Félix acerca de «la
justicia, del dominio propio y del juicio venidero»
(Hechos 24.25), Félix se espantó. Pablo escribió
en 2a Corintios 5.10, lo siguiente: «Porque es
necesario que todos nosotros comparezcamos ante
el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba
según lo que haya hecho mientras estaba en el
cuerpo, sea bueno o sea malo». Son muchos los
pasajes que hablan del Día del Juicio.
Terry Rush, un predicador de Tulsa, Oklahoma,
refirió una experiencia de una terrible
tormenta que dejó sin energía eléctrica a parte de
Tulsa. Como esto sucedió un domingo, y estaban
sin energía eléctrica en el edificio donde él predica,
tuvo que quedarse en casa. En su casa había
electricidad, así que decidió encender su televisor.
Lo que vio fue una entrevista que le hacía Morley
Safer, en el programa «60 Minutos», al gran
comediante Jackie Gleason. Safer le preguntó a
Gleason si él creía en Dios. Gleason, casi al final de
su vida, afirmó con absoluta certeza que él creía en
Dios y en que habrá un Día del Juicio. Safer le dijo:
«Seguramente crees que te las arreglarás para
librarte de ello». Gleason, con gran seriedad,
respondió que nadie podía evitarlo. Con lágrimas
en sus ojos, le dijo a Safer que deseaba conocer a
Dios.
Rush trató de llamar a Gleason. Al final le
escribió una larga carta y le envió una copia de su
último libro. Unas semanas después Gleason murió.
Su familia le envió una carta a Rush agradeciéndole
a éste el envío del libro, y le dijeron que su
preocupación significó mucho más de lo que podían
expresarle en palabras. Gleason estaba consciente
de que hasta él mismo tendría que enfrentarse a ese
día de ajuste de cuentas, estuviera preparado o no.
EL JUICIO DE DIOS ES IMPARCIAL
Cuando el ángel de la muerte hirió a Egipto,
nadie estuvo exento: ni el pobre, ni el esclavo, ni
siquiera la casa de Faraón. Moisés dijo: «Jehová ha
dicho así:… y morirá todo primogénito en tierra de
Egipto, desde el primogénito de Faraón que se
sienta en su trono, hasta el primogénito de la sierva
que está tras el molino, y todo primogénito de las
bestias» (11.4-5).
Cuando Cristo venga y el juicio se lleve a cabo,
todo mundo estará allí. Una de las más vívidas
imágenes que se nos da del Día del Juicio delante
del trono de Dios, es la que se encuentra en
Apocalipsis veinte:
Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie
ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro
libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y
fueron juzgados los muertos por las cosas que
estaban escritas en los libros, según sus obras
(Apocalipsis 20.12).
Todo mundo estará allí: los presidentes, los líderes
mundiales, las estrellas de cine, los presidentes de
las juntas directivas de las compañías, los grandes
y los pequeños. Los predicadores de todas las
confesiones religiosas estarán allí, y también estará
usted. No importará cuán grandes se nos consideró
3
ante los ojos del mundo. Estaremos de pie por
respeto a Dios y seremos juzgados.
No se tratará de modo especial a los pobres; ni
gozarán de favores los ricos. La justicia de Dios
será pura, santa y perfecta. Dios no nos juzgará por
lo que tuvimos, sino por lo que hicimos. No nos
juzgará por lo que poseímos, sino por lo que
fuimos.
EL JUICIO DE DIOS ES PRECEDIDO
DE ADVERTENCIAS
Durante los días anteriores a la noche que el
ángel de la muerte vino, Moisés le impuso una
plaga tras otra a Egipto. Cada plaga fue una
advertencia del poder y del juicio de Dios. Faraón
no estaba escuchando. Noé predicó durante el
tiempo que estuvo construyendo el arca. Se le
llamó «pregonero de justicia» (2a Pedro 2.5). Solamente
su familia escuchó, pero la generación que
murió en el diluvio no puede decir que no se le
advirtió. Hoy día la misma clase de advertencias
son proclamadas por la iglesia. ¡El juicio viene! La
iglesia debe hacerse visible y audible para el mundo.
Si somos la luz del mundo, debemos alumbrar.
Tenemos amigos, familiares y compañeros de
trabajo, que necesitan oír el mensaje en el sentido
de que el Día del Juicio viene. Esto es lo que se nos
dice: «Y el que no se halló inscrito en el libro de la
vida fue lanzado al lago de fuego» (Apocalipsis
20.15).
A Dios no le agrada condenar pecadores al
infierno. Él pagó un alto precio, su propio Hijo
unigénito, para evitar que fuéramos al infierno. Él
no desea «que ninguno perezca, sino que todos
procedan al arrepentimiento» (2a Pedro 3.9).
El juicio es inevitable. El saber que viene,
debería hacernos actuar ahora mismo. Un día
enfrentaremos a Dios. No habrá excusas ni se podrá
culpar a otro. Estaremos de pie y daremos cuenta
de nosotros mismos, y de nadie más que nosotros.
¿Qué más podrá hacer Dios que nos mueva a
prepararnos para tal día?
EL JUICIO DE DIOS HACE DIFERENCIA
Dios le dijo a Moisés: «Pero contra los hijos de
Israel, desde el hombre hasta la bestia, ni un perro
moverá su lengua, para que sepáis que Jehová hace
diferencia entre los egipcios y los israelitas» (11.7).
Aquella solemne noche, el ángel hizo diferencia.
Israel fue perdonado. No tuvieron luto, ni lágrimas
-sólo un festín de cordero y la sangre untada en
los postes de las puertas. El Día del Juicio, Dios
también hará diferencia.
Cuando el Hijo del Hombre venga en su
gloria, y todos los santos ángeles con él,
entonces se sentará en su trono de gloria, y
serán reunidas delante de él todas las naciones;
y apartará los unos de los otros, como aparta el
pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las
ovejas a su derecha, y los cabritos a su
izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su
derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad
el reino preparado para vosotros desde la
fundación del mundo… Entonces dirá también
a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos,
al fuego eterno preparado para el diablo y sus
ángeles (Mateo 25.31-41).
Mientras el resto del mundo se aterrorizará por
la grandeza y la santidad de nuestro Dios, y por la
insensatez de su incredulidad, los cristianos podrán
acercarse al juicio con confianza: «En esto se ha
perfeccionado el amor en nosotros, para que
tengamos confianza en el día del juicio; pues como
él es, así somos nosotros en este mundo» (1era Juan
4.17).
En el juicio, el cristiano fiel será juzgado con
misericordia, no con justicia, por causa de Cristo,
nuestro Cordero Pascual, el cual derramó su sangre
por nosotros.
Porque también Cristo padeció una sola vez
por los pecados, el justo por los injustos, para
llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en
la carne, pero vivificado en espíritu; en el
cual también fue y predicó a los espíritus
encarcelados, los que en otro tiempo desobedecieron,
cuando una vez esperaba la
paciencia de Dios en los días de Noé, mientras
se preparaba el arca, en la cual pocas personas,
es decir, ocho, fueron salvadas por agua. El
bautismo que corresponde a esto ahora nos
salva (no quitando las inmundicias de la carne,
sino como la aspiración de una buena conciencia
hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo,
quien habiendo subido al cielo está a la diestra
de Dios; y a él están sujetos ángeles, autoridades
y potestades (1era Pedro 3.18-22).
CONCLUSIÓN
¡Qué gran diferencia! ¡Mientras el mundo se
encoge de temor por el Día del Juicio, los cristianos
pueden tener seguridad y esperanza!
Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para
con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo,
por quien también tenemos entrada por la fe a
esta gracia en la cual estamos firmes, y nos
gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios
(Romanos 5.1-2).
Una de dos, o está usted preparándose para el Día
del Juicio o está haciendo caso omiso de él. ¿Cuál
de las dos afirmaciones se refiere a usted?

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